Juan Pablo Guzmán

Choquehuanca, el “último inca”, ¿quiere decapitaciones?

lunes, 22 de noviembre de 2021 · 05:13

Cuentan los historiadores que cuando los incas encontraban pueblos o regiones que se resistían a su dominio, no titubeaban un segundo en aplicar implacables acciones que iban desde la masacre hasta, incluso, ensartar en picas las cabezas cercenadas de sus enemigos, para advertir del horror que se desencadenaría por cualquier acto de rebeldía.

Como todo imperio, el de los incas tuvo luces y sombras: ingenio y organización territorial admirables, pero también bajezas que fueron parte de toda estructura jerárquica de dominio, siglos atrás. Nada más desubicado, entonces, que ver a ese imperio como el ideal de la igualdad y la justicia, porque sus líderes chapotearon con frecuencia en el lodo de los bajos instintos de la condición humana.

De acuerdo a la BBC, una reciente búsqueda del arqueólogo Francisco Garrido y la antropóloga física Catalina Morales, del Museo Nacional de Historia Natural de Chile, halló cuatro cráneos en la zona del Valle de Copiapó, norte de Chile. Tras un profundo estudio  de esas piezas, la conclusión de los expertos  fue escalofriante: las cabezas decapitadas  “fueron montadas (por los incas) como ‘trofeos de guerra’ y utilizadas como despliegues de poder sobre los súbditos locales de las nuevas provincias imperiales posiblemente para controlar la tensión social”.

“El uso de impactantes y poderosos despliegues de violencia pudieron haber ayudado a demostrar el control político y garantizar el sometimiento al régimen incaico”,  destacaron ambos investigadores. Además, para   Garrido,  el caso específico de las cabezas cercenadas como señal de advertencia de los incas a los rebeldes  es una  “demostración ideológica de poder” y expresa también “una demostración concentrada de violencia que tiene obviamente un efecto poderoso”. En otras palabras: ira procesada.

¿Es a ese tipo de terror al que se refiere el vicepresidente David Choquehuanca en su desgastado estilo de pitoniso andino cuando  asegura  que todo “tiene su límite”, para advertir luego que “no despierten la ira del inca”?

La ira no fue el ánimo que llevó a los egipcios a construir sus fabulosas pirámides, ni a los romanos a edificar el mayor coliseo de la historia, como tampoco a los incas a elevar casi hasta el cielo la ciudadela de Machu Picchu. La ira está casi siempre asociada con la guerra y la destrucción, con la aniquilación del enemigo y el reino de los muertos; jamás con la inspiración creativa que transforma a los hombres en hermanos, unos de otros.

¿Con qué tipo de ira advierte entonces el Vicepresidente, específicamente, al señalar que “cuando el pueblo se levanta no hay quién nos pare”?  ¿La ira acaso puede ser conciliadora? La metáfora de Choquehuanca de que “el cóndor levanta vuelo sólo cuando su ala derecha está en perfecto equilibrio con su ala izquierda”, ¿comulga en algo con la ira incaica a la que ahora evoca? ¿Estamos ante la metamorfosis del cóndor en lobo?

¿O quizás habrá que considerar al Vicepresidente con un sentido refinado del humor, para no tomar en serio sus palabras? En ese caso, quizás las reflexiones de la segunda autoridad del país tengan que ver con cierto desorden cósmico que genera en sus ideas la proximidad de fin de año y la Navidad. Recordemos que hace siete  años, el 24 de diciembre de 2014, Choquehuanca, entonces canciller,   lanzó otra memorable frase, asociada también con el  imperio incaico, cuando dijo: “Yo soy el último inca, de verdad, investiguen. Yo soy descendiente de incas”, para luego dejar perplejos a los reporteros que lo escuchaban al asegurar que en las bibliotecas de  Perú lo “quieren harto” por ser el lugar donde están sus orígenes. “Si ustedes estudian allí en el internet, van a llegar”, sentenció.

En cualquier caso, sea cual fuera la ira a la que alude “el último inca”, ninguna de las manifestaciones de esta actitud beligerante es benigna, porque sus raíces están en el descontrol de las emociones y el sinsentido de lo irracional.  Por algo el sabio San Agustín decía: “La ira engendra el odio y del odio nacen el dolor y el temor”.

 

Juan Pablo Guzmán es periodista

 

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