Hernán Cabrera M.

Alimentar el racismo para dividir, polarizar y confrontar a bolivianos

miércoles, 24 de noviembre de 2021 · 05:11

“Que los líderes políticos y sociales se abstengan de utilizar la problemática del racismo para generar discursos de odio, estigmatización o violencia” fue una de las conclusiones del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), presentado el 23 de julio de 2021, el mismo que recibió amplia cobertura y promesas de unos y otros para el cumplimiento de las recomendaciones.

Pero, en los hechos, el Estado Plurinacional de Bolivia ha sido conducido a niveles de tensión política y de enfrentamiento racial entre bolivianos, así lo señalan los discursos y posiciones violentas desde los espacios del poder y de las dirigencias.

Recordemos tres declaraciones de alto calibre racista:

Rómulo Calvo, presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz:  “Un trapo no hace nada, un trapo no nos representa”. “Con estas normas (como el proyecto de ley antilegitimación de ganancias ilícitas) las cosas van a cambiar, ya no va a haber un pueblo agradecido, ya no va a haber un pueblo que respalde todas esas cosas que ustedes están haciendo (como el wiphalazo) en contra de los cruceños, en contra de la tierra que les da de comer, no sean cuervos” (12 de octubre de 2021).

David Choquehuanca, vicepresidente de Bolivia: “Todo tiene su límite. Que no despierten la ira del inca. Cuando el pueblo se levanta, no hay quién nos pare, y nosotros vamos a levantarnos para defender la democracia, para defender nuestros recursos naturales. Seremos fieles a nuestro proceso de cambio y para eso tenemos que despertar” (14 de noviembre de 2021).

Maria Nela Prada, ministra de la Presidencia: “Soy de Santa Cruz y la verdad es que muchas veces les pido perdón por lo que muchas hermanas y hermanos míos, cruceños, dicen todavía, sembrando odio, racismo y generando desestabilización, violencia;  queriendo nuevamente generar confrontación. Como cruceña, les pido perdón”. (20 de noviembre de 2021).

Esas tres declaraciones, además de muchas otras, generaron miles de reacciones a favor y en contra. Los bolivianos nos enfrentamos con memes, comentarios,  debates, insultos y dibujos de todo nivel que en el fondo desnudan la polarización en la que estamos navegando, sosteniéndonos a fuerza de voluntades en este mar de contradicciones y en el que, poco a poco, desde el poder y los liderazgos nos empujan para ahogarnos.

Precisamente lo que han hecho y probablemente seguirán incentivando es cultivar el odio racial entre los que trabajamos, nos esforzamos, convivimos, luchamos el día a día por nuestra sobrevivencia, en contra de lo que mandan la Constitución Política del Estado, la Ley 045 y los tratados internacionales de derechos humanos, como del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que en su Art. 20, señala:  “Toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituya incitación a la discriminación, la hostilidad o la violencia estará prohibida por ley”.

Cuando está a punto de concluir  2021, otro año más de pandemia del covid, pero también otro año de la presencia de las bestias del racismo y la discriminación, que han sido utilizadas como armas ideológicas en la pugna por el poder, alimentando en las bases sociales, en las “masas”, el odio racial entre campesinos vs. citadinos; entre indígenas vs. q’aras; entre masistas vs. pititas; entre pobres vs. ricos; entre interculturales vs. indígenas, es bueno recordarles a los que administran el poder, a los que ejercen liderazgos sindicales, cívicos, a los periodistas, a los opinadores, que el racismo no es propio ni nació en estas tierras libres del yugo español, sino que el racismo llegó con los compañeros españoles allá en 1542. El intelectual indigenista y autor de varios libros Fausto Reinaga nos enseña datos muy importantes:

“El racismo, como la sífilis, fue traído de Europa. En el Nuevo Mundo, ni como pensamiento ni como locución ni como acto se conocía el racismo. Ni el maya ni el aymara ni el quechua tienen la palabra raza.  Las legiones de Atawallpa recibieron con los brazos abiertos a los soldados de Pizarro. Cuando el corregidor Alós cayó en manos de las huestes de Tomás Katari, y cuando sufría al caminar descalzo, su captor indio le dio sus ojotas. Y el arzobispo Mozó y Franjolí en su huida recibió en una choza india, comida y bebida de indios.

El racismo indio no es odio al blanco, no es odio al color del cuero, al color del mestizo. No. El racismo indio es odio a la opresión. Es el amor a la libertad; a su libertad”. (El pensamiento amáutico).

Qué tan difícil se le hace al poder generar las condiciones para convivir en este país múltiple y diverso, reflejado en “verdaderas densidades temporales”, decía René Zavaleta y agrega “mezcladas no obstante entre sí del modo más variado sino también con el particularismo de cada región, porque aquí cada valle es una patria, en un compuesto en el que cada pueblo viste, canta, come y produce de un modo particular y habla todas las lenguas y  acentos diferentes sin que unos ni otros puedan llamarse por un instante la lengua universal de todos”. (Las masas en noviembre).

El camino está ahí. Ya lo señaló el grupo GIEI: “Que los líderes políticos y sociales se abstengan de utilizar la problemática del racismo para generar discursos de odio, estigmatización o violencia”.

El demonio del racismo anda suelto, es hora de ponerlo entre rejas para siempre.

 

Hernán Cabrera M. es  periodista y Lic. en Filosofía

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