Julio Ríos Calderón

El día de las tantaguaguas

miércoles, 3 de noviembre de 2021 · 05:09

La muerte está siempre cerca de nosotros, a pesar de ello solemos vivir como si fuésemos eternos.

El Día de los Muertos o Todos Santos, se conmemora desde los albores de la humanidad en todos los rincones del planeta, así como el “reencuentro” con los espíritus, impulsado a la luz de la esperanza. Ni lágrimas ni tristezas, tampoco miedo, sino, recogimiento y plegarias de gratitud por la fugaz presencia de los que ya han dejado el mundo terrenal.

En las horas de silencio en que meditamos sobre los secretos de la vida y la muerte recordamos a quienes nos acompañaron en el tránsito de la existencia. Esa evocación nos conduce hacia las páginas indelebles del pensamiento humano sobre los arcanos de una vida después de la muerte. A veces sonreímos ante las costumbres de pueblos milenarios, cuyas ceremonias son transmitidas de generación a generación.

En Bolivia y otros países andinos también se “come” a los muertos. En el caso nuestro, son las tradicionales tantawawas las más representativas de la muerte, pero también se encuentran referencias funerarias sobre otros comestibles. En las ceremonias para recordar a los difuntos no faltan la comida ni la bebida preferidas del finado.

Si hay música, ésta no necesariamente es lúgubre, pues también se acostumbra poner o entonar, con guitarras u otros instrumentos nativos, melodías que agradaron a sus difuntos. Después de cumplido homenaje, la bebida sigue consumiéndose en los hogares durante 24 horas hasta el segundo día de noviembre. Se cree que estas prácticas también contribuyen a un acercamiento con las almas. Aquí no hay esperanza alguna de resurrección o reencarnación. Antonio Skarmeta rescata otra práctica: “Lloro a mi padre porque el llanto lo integra a mi cuerpo. Yo tengo muchas muertes en mí. No se puede dejar solos a los muertos, ellos tienen que estar con nosotros, por eso los lloramos”.

Son ellos, ellos, los que vivieron su vida y los que mueren su muerte. Los que desde las tinieblas nos hablan, nos acompañan y nos orientan porque hay respuestas que surgen entre lobregueces como, también, en medio del silencio que envuelve el ámbito en que vivimos, muy cerca de los que murieron.

Nos basta un recuerdo cercano al latido de sus corazones, porque así compartimos con ellos nuestras horas de amor o tristeza, a fin de acercarnos pronto a sus caricias y contemplar una aurora naciente.

A la sombra de sus tumbas compartimos momentos de incertidumbre concedidos a nuestras preguntas, a nuestras creencias, a lo que sabemos nunca tendrán respuestas. Compartimos esos momentos con los que dicen se fueron, cuando lo cierto es que siempre están cerca nuestro

La esperanza de la resurrección se desprende de las promesas bíblicas. A su vez los esotéricos hablan de reencarnaciones, de muerte y de resurrecciones continuas, en un ciclo que va camino a la perfección. Para muchos la muerte es solo un descanso previo al retorno a la vida. Para otros, muere la materia y el espíritu vaga eternamente. No se alegran por la muerte de quien va a ser sepultado en un cementerio, lo que celebran es que haya vivido 99 años.

Las tantaguaguas el día de difuntos son adornadas con caretas de yeso representando al difunto e intercambiadas por rezos. Si representan personas mayores o “Achachis” se les llama “tanta achachis” (abuelos de pan) que en comunidades aimaras (principalmente del Departamento de La Paz) de las orillas del lago Titicaca se usan frecuentemente para construir altares o “apxatas”.

La esperanza de volver a vivir en un renacimiento continuo tiene su fundamento en los ciclos agrarios, pues las plantas nacen, crecen, se multiplican, mueren, se descomponen y de allí vuelven a nacer. Este principio de renacer también está ligado a los aztecas, en tanto que los quechuas y aymaras nos hablan de vida y muerte enlazada a la astronomía. La muerte está siempre cerca de nosotros, sin embargo, curiosamente solemos vivir como si fuésemos eternos.

 

Julio Ríos Calderón es escritor y consultor.

 

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