Carretera de lápidas

sábado, 6 de noviembre de 2021 · 06:39

Al salir de La Paz, las cosas que un conductor puede ver en el camino no son muchas. La atención del chofer está cooptada por la apremiante necesidad de evitar colisiones, animales y baches.  La seguridad de la familia yace en la firmeza del volante y la velocidad moderada.  

Una vez pasado el enjambre de la ciudad del El Alto.  La confianza toma posesión, el alma se recompone y la mente deja vislumbrar el entorno.  La magnificencia de las montañas en el altiplano infinito es una invitación para pensar en nuestro Creador. La comunión del cielo con el horizonte gris-cobrizo, nos hace olvidar brevemente la distancia con nuestro anhelado mar.   Absortos por las olas de las colinas y los peces de pajonales misteriosos, navegamos en la inmensidad de los Andes.

Amar la tierra que nos vio nacer es inevitable.  Así, abstraído en aquella renovación de amor, me encontraba una vez más guiando un motor japonés de 3.000 cc de cilindrada que me conducía desde La Paz a Cochabamba y luego a Santa Cruz.  

Viaje en auto el Día de los Difuntos.  Todo comenzó casi como un juego, mi pequeño niño empezó a contar el número de lápidas y cruces que se veían al borde de la carretera.  Cuando contó 50 de ellas, me sorprendí.  Peor aún, me horroricé. 

Tal vez es la influencia de las películas por el día de los muertos, cavilé.  Pero, casi al instante, involuntariamente se me ocurrió asumir la tragedia de aquellas personas que perdieron la vida en los sitios que a medida que avanzábamos se multiplicaban en el camino.

Muchas de estas lápidas simulaban casitas pequeñas, otras tenían cercos de metal, y algunas hacían gala de azulejos e imágenes de santos y Cristos con brazos abiertos.  Estos pequeños mausoleos eran humildes, aunque expresaban, a través de flores depositadas en el suelo, la riqueza infinita del amor.

Transitar las Rutas Nacionales 1 y 4 significa recorrer la columna vertebral de la economía boliviana. El “eje troncal”debería servir para lograr la integración de todo nuestro territorio.  Sobre esta extensa capa asfáltica superior a los 850kilómetros, circulan camiones y trailers de carga pesada,llevando toneladas de víveres, materia prima y todo lo que uno pueda imaginar. 

La primera parte del viaje sobre la carretera “doble vía La Paz - Oruro” es una experiencia muy interesante, a una velocidad y seguridad aceptables, hasta el momento en que la misma deja de contar con dos carriles de ida y dos de vuelta, y se convierte en un carril por cada vía.  La gran carretera moderna y optimista, retorna a su estado original del siglo pasado.  

Literalmente, miles de automóviles se enfrentan al azaroso trabajo de completar su recorrido a través de un embudo de la muerte.  El inconcebible viaje sobre una carretera con tan sólo “un carril de ida y uno de vuelta”, se torna en un juego macabroy peligroso.  Sobrepasar camiones de doble troque, que en ciertos lugares avanzan a menos de 10 kilómetros por hora, es una verdadera lotería, en la que uno se juega la vida.

Estos vehículos de transporte, muchas veces con remolques enganchados en la parte de atrás, superan los 16 metros de largo.  No es extraño que estos vehículos se alineen uno tras del otro, formando muros de metal de varios metros de largo, que por razones obvias recorren las Rutas a una velocidad muy reducida, obstruyendo físicamente el carril donde se encuentran.

El resto de los vehículos, no tienen otra opción que rebasar esas lerdas filas de camiones, con el inminente riesgo de colisionar de forma frontal con vehículos que vienen en sentido contrario, cuyo peligro se multiplica por la gran cantidad de curvas en el camino. 

Cada vez voy más despacio. Tal vez las almas del camino me susurran que han perdido la vida por intentos de rebasar automóviles.  Casi escucho palabras que me suplican ser aún más prudente.  Me pregunto, ¿cuántas lápidas en la carretera podrían haberse evitado con una vía más amplia?

Gritos, sustos, maldiciones y bocinazos, son los efectos especiales de estas películas de terror en las que los bolivianos somos protagonistas, apostando la vida de nuestras familias en una carretera que se constituye en una verdadera invitaciónforzada al suicidio, y a la transgresión del Código de Tránsito.

Muchos saben que dos líneas amarillas sobre la ruta significan la prohibición de adelantar automóviles. Sin embargo, esta regla es imposible de cumplir en estas autopistas.  La desesperación, el cansancio y la frustración se apoderan de los conductoresquienes hacen lo inaudito para avanzar a través del embudo de la muerte.

Decido que mi viaje tome varias horas adicionales. No quiero que mi nombre se recuerde en una lápida polvorienta en una curva del kilómetro 444 o en cualquier otro.  El Día de los Difuntos es triste, recuerda el ciclo de la vida.  Pero no debe ser, además, una muestra adicional de la vulneración a la dignidad de un país que pide respeto a la vida.      

La Constitución determina que son fines esenciales del Estado proteger la vida, garantizar el bienestar, el desarrollo, la seguridad y la protección e igual dignidad de las personas.  Las autoridades tienen la obligación de precautelar la seguridad básica en la infraestructura vial más importante del país.  Si estas notas encuentran resonancia, es probable que mis futuros nietos ya no tengan que contar innumerables lápidas al borde de los caminos, como lo hizo mi pequeño niño este pasado 2 de noviembre. 

 

Marco Lazo de la Vega D. es abogado y árbitro comercial

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

Otras Noticias