Nadia Guevara Ordóñez

La deshumanización de “el otro”

miércoles, 1 de diciembre de 2021 · 05:09

Desde la antigüedad, los discursos sobre los contrincantes, ya sean políticos, religiosos o geopolíticos, se constituyeron en un pilar fundamental para la justificación de acciones que no hubieran sido posibles si se pensaba en esas personas como iguales. Desde los griegos sobre los “bárbaros”, pasando por la Europa católica contra “bárbaros” nórdicos y musulmanes, aterrizando en discursos de construcción de otredad desde la Colonia, hasta hechos desgarradores como el genocidio judío y el ruandés, el discurso de diferencia fue la piedra fundacional de acciones inhumanas.

De eso se trata, de la pregunta básica sobre la humanidad de aquel que veo como diferente. ¿Aquel que habla otro idioma, tiene otra cultura, adora a otros dioses, puede ser considerado humano?, o ¿aquel que pertenece a otra posición política, apoya a otros líderes, defiende otras ideas, es mi igual? A pesar de que la respuesta pueda sonar obvia, sobre todo en sociedades en las que la democracia y el Estado de Derecho se sobreentienden. Pero no es tan obvia, cuando los mismos operadores políticos, que tendrían que ser conscientes de los peligros discursivos, se empeñan en utilizar una fórmula bastante efectiva de creación de diferencias para justificar sus acciones.

En estos discursos, los primeros pasos están establecidos alrededor del énfasis en las diferencias, puntualizar en qué se diferencian “los buenos”, es decir, los propios, de los “malos”, es decir, los otros. En esta etapa es difícil reconocer el fin de la retórica. Aparentemente, tratan las diferencias de forma racional para mostrarse como alternativas, no obstante, las diferencias no son racionales, sino que se basan en juicios de valor sobre lo que se considera bueno o malo, moral o amoral, etc. En la segunda etapa, cuando la primera no encontró ningún obstáculo en su implantación como discurso legítimo, comienza la extirpación de la humanidad. Los supuestos oponentes son vistos como seres sin pensamiento propio, sin identidad individual. El otro es visto como parte de una masa que aglutina todo aquello que se conformó como indeseable o incluso amenazador, monstruoso. El otro pasa a ser todo aquello que causa rechazo y miedo. El otro es todo aquello que debe ser combatido y eliminado.

Es habitual la justificación de acciones contra los individuos identificados con la otredad. Porque en el fondo, no se piensa que se actúa contra individuos, sino contra una masa amenazadora. En la historia contemporánea existen ejemplos aterradores. El nacionalsocialismo alemán se refería a los judíos como ratas, los retrataban como seres bestiales. En el genocidio en Ruanda, los hutus se referían a los tutsis como cucarachas. Arrebatar las características humanas y utilizar epítetos de animales para referirse a los contrincantes tiene como último fin borrar la empatía e incluso la misericordia cuando se actúa en contra de los grupos que son deshumanizados.

Si bien el sistema de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y una serie de políticas sobre el tema, buscan eliminar este tipo de acciones, también es cierto que, en el pasado reciente, gracias a confrontaciones de índole religioso y político a nivel mundial, se siguen dando persecuciones en razón de raza, religión, orientación política, etc.

Sin ir muy lejos, el discurso: amigo – enemigo, pueblo – anti pueblo, etc., generó en los últimos años innumerables hechos de violencia tanto simbólica como física. En Bolivia, la retórica homogeneizante tanto del oficialismo como de la oposición están logrando crear bandos irreconciliables, ya que, cada vez es más difícil encontrarse y verse en el otro. Con las consecuencias fatales que esta situación puede traer: la incapacidad de ver al otro como humano, es decir, como un igual, lleva a la pérdida de lazos de solidaridad y empatía, lo que termina con la ruptura del tejido social. Se llega a la justificación de la violación de los derechos humanos a partir de la lógica de castigo ejemplificador contra el otro que, supuestamente, atentaba contra el colectivo. Sobre todo, se pierde la noción de universalidad de los derechos humanos y de la no discrecionalidad de la aplicación de leyes de acuerdo de quién es juzgado. En fin, se llega a la ruptura de un sistema de derecho en el que todos los ciudadanos deberían ser considerados humanos.

Así como en otros casos del pasado, las señales están en cada discurso y acción de los principales actores políticos. Cada uno de ellos encuentra réditos políticos en la utilización del discurso de diferenciación, pero ninguno de ellos calcula las consecuencias a largo plazo que puede traer la fractura de una sociedad que lentamente ya no es capaz de verse a sí misma como una unidad en la diversidad.

 

Nadia Guevara Ordóñez es Dra. en Estudios Culturales de la Universidad Humboldt de Berlín.

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