Carlos Armando Cardozo Lozada

Economía 101

miércoles, 15 de diciembre de 2021 · 05:09

Tras la aprobación en Diputados del Presupuesto General del Estado 2022 y el silencio sepulcral de los principales entusiastas como es el caso del m inistro Marcelo Montenegro o el propio presidente Luis Arce Catacora, variados expertos manifestaron su preocupación en relación al comportamiento del Gobierno para la próxima gestión.

Una columna publicada el pasado 11 de diciembre titulada “Analistas Terroríficos” pretende refutar el contundente análisis de Antonio Saravia publicado más temprano en la semana. Más allá de hacer hincapié en los “justificativos” del colega Miguel Ángel Marañón Urquidi, funcionario del Ministerio de Economía y Finanzas, pretendo exponer los errores conceptuales básicos del burócrata promedio.

Existe una total confusión entre dos conceptos: crecimiento y desarrollo. Dentro de la lógica del autor manifestar que sería pertinente comparar los seis años cuando Bolivia lideraba los rankings de crecimiento económico en tono sarcástico para equilibrar el escenario que Saravia proponía al utilizar como referencias los niveles de gastos en otros países, es una forma irrefutable de negar la validez de la comparación. Curiosamente Marañón, en su afán de fanfarronear las medallitas que la “economía boliviana” se ganó gracias al modelo señala que es un despropósito comparar a Bolivia con países “desarrollados” en el mundo y en Sudamérica.

Valdría la pena preguntarse ¿de qué sirvió tener los niveles de crecimiento top en la región si aún no logramos desarrollar el país? El diablo se esconde en los detalles, bueno cualquiera puede crecer a ritmos acelerados, si uno financia este tipo de crecimiento en el modelo keynesiano de la demanda agregada, bastará simplemente con que el gasto público se incremente. “Abrir zanjas por la mañana y cerrarlas por la tarde”, cualquier motivo es lo suficientemente patriótico o revolucionario para agigantar el gasto.

Claro, el problema es que los burócratas piensan en el corto plazo y anteponen los intereses del Gobierno ante el resto. Los ingresos fiscales para este tipo de “economistas” son fuentes inagotables que surgen naturalmente consecuencia del contrato social suscrito con la ciudadanía. Sin embargo, prescinden del elemento innato de la economía, la escasez, tal el caso que, si los ciudadanos pagan más impuestos, sacrifican una proporción más grande de su ingreso, que no le permite consumir en la cuantía que desearía hacerlo ni ejercer control sobre esos excedentes que pueden tener un destino de largo plazo a partir del ahorro.

En resumen, si la economía boliviana se enfoca solamente en crecer para satisfacer el ego del burócrata promedio, el ciudadano puede esperar mayor presión sobre sus ingresos vía impuestos directos o indirectos vía precios en el presente y en el futuro. Bolivia sigue siendo un país en vías de desarrollo, pobre, pero saben que, líder de crecimiento económico durante seis años seguidos en la región. 

Otro elemento diametralmente reñido con la economía básica es que toda inversión financiada a partir de deuda es justificable. Bueno si los privados lo hacen ¿por qué no el Gobierno? Justamente porque el privado toma estas decisiones en base a información proveniente del mercado, asume los costos de inversión con un riesgo que es menor a los posibles ingresos que puedan generarse proyectados por el propio inversor. Regla simple: si se equivoca pierde todo, si acierta, gana.

Alguien en su sano juicio cree que en el Gobierno tienen los mismos incentivos que un privado cuando de invertir se trata, para nada, es más el Gobierno puede darse el lujo de asumir riesgos desmesurados sin ningún tipo de información del mercado. ¿Qué tipo de información utiliza? Ninguna, es un análisis superficial del tipo político, inversión medida a través de rentabilidad electoral, ¿cómo defino que ruta caminera debo asfaltar, mejorar o abrir? simple aquella que mayores favores políticos otorgue.

La demanda agregada depende cada vez más de esa economía ficticia que trata de posicionar el Gobierno como el resultado del triunfalista y victorioso modelo refrito de Luis Arce Catacora. El desarrollo en el largo plazo se sostiene en el tejido empresarial privado, en los clusters y en un ambiente de mercado en competencia donde el sistema de justicia hace valer los derechos a la vida, libertad y propiedad privada.

Finalmente, Marañón tiene un optimismo que fácilmente puede ser confundido con una fe ciega hacia el todopoderoso Gobierno omnipotente. Cuando la evidencia de su propia capacidad de administrar las famosas empresas públicas nacionales (ninguna regional, ninguna municipal, ninguna indígena) da cuenta de la ausencia de transparencia en su gestión, el constante refinanciamiento de las mismas a partir de aportes de capital caídos del cielo, mejor dicho, caídos del Banco Central de Bolivia, en sí tratan de maquillar lo aberrante de su existencia al engordar los ingresos fantasmas de empresas irrelevantes en la economía nacional. El trabajo de Julio Linares titulado “Más Ruidos que Nueces” (CEDLA, 2018) detalla el fracaso en la gestión empresarial del Proceso de Cambio, coincidiendo con la gestión en la cartera de Economía y Finanzas del ahora “presidente” del Estado.

Cierro con una frase notable de Javier Milei: “En la cárcel te dan casa, comida, salud de calidad, la posibilidad de estudiar y hasta llevar a cabo tareas recreativas. Eso sí no tenés libertad. Para los zurdos de mierda y los mediocres eso es un paraíso. Para el que ama la Libertad es el mismo infierno”

Bolivia se ha convertido en una gran cárcel, donde algunos ciudadanos siguen besando la mano del carcelero agradeciendo el plato frío de sobras que se les otorga como “derecho”.

 

Carlos Armando Cardozo Lozada es economista, máster en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático y presidente de Fundación Lozanía

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