Carlos Guevara Rodríguez

El litio y el síndrome del perro del hortelano

martes, 21 de diciembre de 2021 · 05:12

El 2019 el mayor exportador de litio del mundo fue Chile, exportando   834 millones de dólares de ese mineral. Ese año Argentina exportó esa materia prima por valor de  166.5 millones de dólares. En cambio, Bolivia el 2019 exportó un gran total de  1.800 dólares, esto a pesar de que Bolivia tiene depósitos de litio de 21 millones de toneladas, las más grandes del mundo, superando a las reservas de Argentina, con 17 millones de toneladas, y Chile, con nueve.

¿A qué se debe tal resultado?

Bolivia sufre del síndrome del perro del hortelano, que en este caso es un can de raza izquierdista rabiosamente antiimperialista. El gobierno de Evo Morales a toda costa quiso evitar, y ahora el de Luis Arce, que los grandes depósitos de litio sean saqueados por imperialistas a través de multinacionales depredadoras. Aún ahora, fuera del poder, Morales culpa a la codicia del largamente fenecido imperialismo de Gran Bretaña por causar el supuesto golpe en noviembre del 2019 con el propósito de hacerse de nuestro litio.

El problema de este síndrome es que tampoco deja que estos recursos sean aprovechados por el país. Los gobiernos del MAS, en quince de los últimos dieciséis años en función de gobierno, no han logrado que Bolivia se beneficie con la explotación del litio, a diferencia de lo que ha pasado con otros países como Argentina y especialmente Chile, el cual, dolorosamente, explota litio en el anteriormente boliviano desierto de Atacama, perdido en la Guerra del Pacífico.

El litio representa potencialmente una bonanza para Bolivia. La demanda de litio en el mundo se ha disparado en los últimos años a raíz del gran aumento en la venta de vehículos eléctricos (VE), los cuales necesitan baterías que tienen como componente principal el litio. La demanda cada vez en aumento de estos vehículos se debe a la necesidad de disminuir el calentamiento global causado por la emisión de dióxido de carbono, el cual es emitido en grandes cantidades por automóviles convencionales que tienen como fuente de energía el petróleo.

El 2020 se produjeron 3,4 millones de VE y se estima que el 2024, apenas en tres años más, lleguen a producirse 12,7 millones. El 2020 la demanda de litio fue de 360.000 toneladas, el doble del 2015. Considerando que el 2019 se produjeron más de 91 millones de automóviles, y que el mundo está en un proceso acelerado de reemplazar los autos a gasolina con VE, el potencial para el crecimiento de la demanda de litio es muy grande.

Es verdad que históricamente países pobres ricos en materias primas no han logrado beneficiarse de la explotación de dichos recursos acorde con el valor de los mismos. Sin ir más lejos, el caso de Bolivia es ilustrativo y extremo. Su principal fuente de riqueza el siglo pasado, el estaño, hasta 1952 no benefició a Bolivia sino en una mínima proporción, en cambio logrando que terceras y cuartas generaciones de los descendientes de Simón I Patiño sigan disfrutando en Europa y Norteamérica de los beneficios de las fabulosas riquezas provenientes de la explotación del mismo.

Dos son las principales razones para que los socios extranjeros, proveedores de imprescindible tecnología y financiamiento para poder explotar materia prima a gran escala en países como Bolivia, se lleven la tajada del león: contratos leoninos a su favor y fiscalización deficiente.

Un gobierno que no sea corrupto y mínimamente capaz, puede lograr, primero, negociar, y segundo, hacer cumplir los términos acordados para lograr la obtención de beneficios razonables de la explotación de aquellos recursos naturales no renovables que sean altamente rentables a nivel mundial. La alternativa es contemplar, ensimismados, cómo estos recursos aumentan su valor potencial exponencialmente en mercados mundiales, pero recibiendo virtualmente nada por ellos al mantenerlos bajo tierra, mientras otros se benefician enormemente al explotarlos en su territorio.

 

Carlos Guevara Rodríguez es columnista circunstancial

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