Sonia Montaño Virreira

La marcha del millón

domingo, 5 de diciembre de 2021 · 05:11

En medio de los desafíos  que debe enfrentar el país: crisis económica, fracaso escolar, violencia machista, pandemia, paros, aparece “un hecho noticioso” irrelevante como fue la marcha organizada por Evo Morales aparentemente en apoyo a su hermano presidente y contra otro “golpe de Estado” imaginario. En  realidad la movilización con recursos del Estado era para mostrar el poder del expresidente, probable candidato, y fortalecer el cuento del golpe adornado con un lenguaje verbal y simbólico  patriotero, propio de los movimientos fascistoides.

Uno de los protagonistas de la marcha gubernamental fue  Juan Carlos Huarachi, de la  central obrera boliviana, así con minúsculas, que ya no es ni central ni obrera. Luego de marchar por siete días y llegar más fresco que una lechuga a la plaza de San Francisco, donde lanzó varios carajazos alevosos y nacionalizadores,  Huarachi ha anunciado eufórico que la marcha está a punto de formar parte de los récord Guinness porque de acuerdo a la información que sólo él maneja, allí se habrían reunido  nada menos que un millón de “defensores de la patria” y de esa hermandad tan sospechosa en que ha devenido el Movimiento Al Socialismo.

Bolivia figura en el Guiness como sede  de los mayores conjuntos de zampoñistas, de trompetistas y charanguistas, que son motivo de orgullo nacional, además de otros hechos menores. Falto de una causa que justifique la marcha, Huarachi busca mitigar los complejos nacionales de inferioridad, pero sobre todo ganarse la buena voluntad del jefe del MAS, a quien hace poco nomás le pedía renunciar. Ese anuncio marca el tamaño de su agenda, tan ajena a las necesidades de la gente. El mensajero es un líder forjado en las sinuosas arenas de las comisiones sindicales, cuenta en su haber el pedido de renuncia a Evo Morales y ha demostrado una enorme capacidad para cambiar sus ideas sin necesidad de autocrítica. No solo eso, ha mostrado una capacidad de reciclaje que le ha permitido eludir la purga, apareciendo como cola de ratón. La cabeza es claramente el  expresidente, quien en estos días no ha ahorrado los elogios a quien pidió su renuncia en 2019.  El lunes, durante la concentración millonaria -no por la cantidad de gente- dijo amenazante: “nuestro gobierno, este pueblo somos los nacionalizadores y vamos a nacionalizar todas las industrias, todas las empresas en Santa Cruz, compañeros que no nos provoquen, carajo”.

Puso tanta rabia en su discurso que me hizo pensar en esos pastores pentecostales que hablan en lenguas, se arrastran por el suelo, exorcizan a satanás y juran amor eterno en este caso al hermano Evo; hubo un momento en que luego de sus expresiones de lealtad dudé si el pobre hombre se merecía la desconfianza de algunos masistas. El  vocero Richter le lanzó un salvavidas, diciendo con aire de condescendencia, que sus excesos eran  “las expresiones de los movimientos sociales”; entendí además que con esas contorsiones verbales Huarachi estaba ganando las necesarias indulgencias de su partido, luego del traspié que lo puso como sospechoso del inexistente golpe en 2019.

A partir de ahora, pensé, Huarachi será al autoflagelante necesario cada vez que el gobierno necesite mostrar un arrepentido, como amenaza velada de las humillaciones y sancione que les esperan a quienes osen desafiar las órdenes de sus jefes. El discurso de Huarachi sirvió también  para que, cual Aladino criollo, levante una cortina de humo para que no nos ocupemos de la salida de Gabriela Zapata de la cárcel de mujeres y la represión ilegal  a Janine Añez con un nuevo juicio. Estos dos últimos casos, cada uno por distintos motivos, no irán al Guiness, sino a la historia de la infamia. Pero sobre eso volveremos.

 

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista

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