Daniela Murialdo

Una prensa que comprime la libertad

domingo, 5 de diciembre de 2021 · 05:08

En medio de noticias y artículos de opinión que reviso cada día, se cuela el editorial que los argentinos Eduardo Feinmann y Jonatan Viale emiten a través del canal de La Nación. Lo sé, son tiempos de seguir otros medios como Página12, pero mi apuro, es que le tengo poca fe al kirchnerismo (aunque Alberto Fernández me parezca buen tipo; como persona, no como político).

El hecho es que los escucho –sobre todo- por la fruición de reafirmar la idea de que la nuestra es una sociedad híbrida: así como cultiva virtudes que no llegan a la máxima elevación, adolece de vicios que no siempre alcanzan los extremos. 

Una de esas virtudes labradas a medias, es la libertad de prensa. Entendida como la manifestación libre de los medios de comunicación, que implica la ausencia de interferencia del Estado y la prohibición de censura previa, en Bolivia esa libertad no es irrestricta. Hace unos días el titular de uno de los periódicos nacionales apuntaba que en 11 meses, la prensa había sufrido al menos 29 ataques de todo tipo.

Las agresiones a los medios provenientes de los propios ciudadanos ocupan, o deben ocupar, mucha atención (nadie merece atentados como el de la revista satírica Charlie Hebdo, y no podemos dedicarnos a contar reporteros baleados como sucede en México). Pero hoy me concentro en la precaria libertad de prensa frente a las esferas gubernamentales en general, no solo a las que ahora les toca relamerse.

En Bolivia persiste una libertad de prensa limitada, híbrida. Así como recibimos desde Santa Cruz y Tarija, mensajes en altavoz con tono claro y vehemente, saturados de críticas al gobierno, tenemos a los periodistas que, en conferencias de prensa brindadas por autoridades públicas, nos dejan rumiando preguntas que jamás llegan a su destinatario. Frente a una declaración contradictoria, el silencio en la sala. Y es que esos enviados tienen bocas que alimentar y un medio de comunicación por escudar, que podría venirse a menos por culpa de una consulta “inoportuna”. De ahí que para evitar la visita de algún funcionario del Servicio de Impuestos o el retiro de publicidad, lo mejor sea mantener una práctica de autorregulación y autocensura.

En ese conteo de agresiones de la nota periodística de la que hablo, se mencionan restricciones de cobertura, censuras, requerimientos y citaciones fiscales, y arrestos. Una de esas citaciones fiscales se formuló contra un periodista de El Deber, que osó revelar que encapuchados habrían utilizado camionetas incautadas al narcotráfico para desbloquear los caminos que, en días pasados, dominaban algunos comités cívicos opositores y sus adeptos. Ese periodista extraviado, olvidó que ejercía su profesión en Bolivia. Ya aprenderá.

Argentina –por hablar de un país próximo- tiene sus instituciones igual o más debilitadas que las nuestras. Montesquieu (y su separación de poderes), parece tan solo un espectro que recorrió alguna vez algún palacio legislativo latinoamericano, sin que muchos lo vieran. Sin embargo, la prensa preserva el vigor necesario para mantenerse independiente y asumir su responsabilidad cuestionadora y hasta confrontacional con el Estado. En esa medida, el periodismo argentino, suelto de cuerpo, interpela, denuncia, se burla y pone en evidencia las imposturas de sus gobernantes. Y lo hace de frente, sin complejos, sin miedo.

No sé cuánta autoconciencia posean de ese privilegio democrático sin reservas. Que permite recordarle al poder estatal que hay ojos y oídos detrás de sus paredes. Y que ellos se encargarán de exhibir no solo sus actos de caridad, sino también sus fechorías. 

Tuve en el colegio una profesora de Psicología que el primer día de clases nos previno de que en su aula estaba permitido copiar o revisar chanchullos durante los exámenes, pero que por ningún motivo ella podía enterarse. Lo contrario, supondría un castigo inmisericorde.

Nuestros gobiernos, dados a éticas muy particulares, suelen ejercer el poder como un obeso insaciable. Si para colmar su apetito tienen que hipotecar sus valores y embargar sus ideas, pues adelante. Pero ahí está la prensa libre -como mi profesora- diciéndoles “hagan lo que quieran, solo que no me entere”.

Cuando hay libertad de prensa, los súbditos podemos saber del comportamiento de los de arriba y calibrar el nivel de lodo que estamos dispuestos a soportar. De ahí que surjan los reparos a la difusión de la verdad o la formulación de críticas y se opte por la sanción, la censura o, peor, la clausura. Como le pasó al “Compadre” Palenque a finales de los ochenta, cuya entrevista al narcotraficante Roberto Suárez -en la que este afirmaba que el Rey de la Cocaína era Estados Unidos y el Virrey, el presidente Víctor Paz-, le costó la clausura de su canal, RTP. Hay que recordar que Palenque era crítico de la administración de Paz Estenssoro…

La libertad es una sola, pero se aparece con múltiples rostros. Uno de ellos es la libertad de la prensa. Sin amenazas sobrentendidas, sin obsecuencias. Esa que puede denunciar un sobreprecio en la compra de ventiladores para pacientes con Covid19; volver caricatura el embuste de algún aliado del oficialismo; o simplemente opinar que no hay cómo sentirse cómodos con ministros de Gobierno temerarios con aspiraciones cinematográficas.

No soy comunicadora y no sé si uno de ellos podría identificar algún período de la historia reciente en “democracia” en el que hayan respirado plenamente esa libertad. Mientras no encuentre esa referencia que me dé optimismo, seguiré revisando prensas como la argentina, sabiendo que el sacramento de la confesión dominical limpiará mi reincidencia en el pecado de la envidia.

 

Daniela Murialdo es abogada

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