Crisis de las ciencias latinoamericanas, la educación y la persona

miércoles, 10 de febrero de 2021 · 08:39

Martin Mercado Vásquez, flósofo 

Me parece hallar menos ignominia en ignorar algún dato que en el fatal error de no indagarse a sí mismo y a los otros. No obstante, la tendencia generalizada apunta a pensar que la actual catástrofe educativa se debe al analfabetismo digital de los profesores, a la carencia de máquinas y conexión a internet. Esta tendencia marcadamente superficial supone que con máquinas, internet y alfabetización digital se podría remediar el problema educativo boliviano. Tal idea forma parte del repertorio de escenarios maravillosos que las personas inventan para no asumir lo que bien podría depender de su decisión, voluntad y acción. Sea en tiempo de crisis o de normalidad, la educación depende de una relación interpersonal plena y no de los escenarios ideales.

La crisis del actual sistema educativo es, en gran medida, el resultado de la crisis de las ciencias y la crisis de estas se debe a una radical crisis vital de la humanidad. Dejando de lado los circunloquios sobre la etimología de crisis, significo este término de manera doble; no solo como un cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación en la manera en que estos son apreciados, sino, además, como la intensificación brusca de los síntomas de una enfermedad (Cf. DRAE).

Así, la mórbida transformación del sistema educativo encuentra como uno de sus contextos próximos la crisis de las ciencias latinoamericanas. Considerémoslos buenamente, pues, como ciencias latinoamericanas, dado que se prodigan en nuestras universidades, al marxismo, postestructuralismo y descolonialismo.

Estas tres formas de saber sobre el mundo han difundido, como respuesta desesperada al liberalismo, positivismo y eurocentrismo, las ideas de determinación social, de relativismo histórico y la dicotomía cultural entre los malos racionalistas y los buenos no-occidentales.

No solo el Socialismo del Siglo XXI, el relativismo y escepticismo científicos, sino también la renovación del esencialismo cultural (recuerde Ud. el uso permitido del término “raza” en la política boliviana) nos han mostrado que la corrupción, la creación de élites incapaces, el desprecio del pensar y el uso bruto de la violencia estatal o para-estatal son resultados comunes para estos dos grandes grupos de mentalidades.

Considerando los logros que nos otorgaban hasta hace apenas dos años las ciencias y el culturalismo relativista, ¿podíamos haberles acusado con claridad de la profunda crisis de sus fundamentos? El tipo de ciencia y el uso de la tecnología que producen estos tipos de concepciones de mundo resultan peligrosos en la medida en que se concentran en la reproducción de sus programas ideológicos, dejando de lado la pregunta por el tipo de vida que presuponen.

También puede leer: En El Alto, 6 de cada 10 alumnos no logran conectarse a plataformas educativas

Si bien el proyecto de la Ilustración y los avances del siglo XIX nos heredaban una concepción naturalista de la ciencia, el siglo XX nos trajo con mucha fuerza la tendencia relativista y escéptica del pensamiento. Bien podríamos ahora comprender que la crisis de la educación no se resolverá volviendo sin más a los modelos de la ilustración cientificista y mucho menos con saltar del sartén al fuego del escepticismo y relativismo culturalista.

En este sentido, ni la noción de individuo, centro del pensamiento liberal, positivo y eurocéntrico ni el de estructuras, determinaciones o aparatos ideológicos de una comunidad para el marxismo, postestructuralismo y de(s)colonialismo resultan suficientes para superar la crisis actual. Ninguna de esas dos mentalidades extremas, tan similares en sus resultados prácticos, son capaces de preguntar correctamente por el mundo de la vida en el que se desarrollan los sujetos que deberían llevar a cabo los proyectos civilizatorios.

La pandemia de la Covid-19 es sublime, pues en medio de su tormentoso desarrollo también nos ha permitido ver la crisis que anidaba en nuestra pasada ‘normalidad’. Ella nos permite apreciar ‘en vivo y directo’, por una parte, cómo la ciencia todavía se mueve en el ejercicio del ensayo y error y, por otra, cómo nuestras concepciones culturales, por muy queridas y exóticas que sean, tampoco logran dispensarnos de la vulnerabilidad del organismo humano.

La experiencia de vivir una pandemia nos demuestra que la crisis de las ciencias no proviene de la pugna de diferentes programas científicos o de paradigmas que pugnan por un puesto oficial o porque los saberes culturales sean inconmensurables y estén en guerra y pugna, tal como les gusta recitar en jerga a los relativistas y culturalistas de moda. La crisis de las ciencias no reside en la (neo)hobbesiana guerra de individuos y modelos de ciencias, sino en el abandono de la discusión crítica sobre un ideal universal de convivencia humana.

El inicio de la discusión crítica de la convivencia humana surge, sin necesidad de máquinas, internet y presupuestos educativos, de la sincera pregunta por el sentido de la vida humana. Las ciencias, en su forma naturalista o relativista, se han concentrado en reproducir sus modelos de investigación sin ahondar en el modelo de ser humano que las debería impulsar. Ellas han buscado ser modelos de conocimiento sin sujeto (Cf. Enfermedad y persona encarnada.

Reflexión sobre el sujeto de la enfermedad en el contexto de la pandemia Covid-19, Instituto de Estudios Bolivianos, 2020). En ese sentido, la crisis de las ciencias implica una crisis vital. Esa crisis ha modelado la crisis educativa. A muchos padres no les interesa el contenido educativo de las mallas curriculares, a gran parte de los maestros, menos; a unos les interesa el renombre y el costo del colegio y a los otros, el cumplimento del cronograma y los medios para la fatua didáctica. Se debe transmitir la clase, se debe llenar el libro, se debe repetir la lección mientras el mundo fuera de la pantalla se cae a pedazos.

Ni para el individuo ni para la sociedad, si queremos comprender mejor esta crisis, necesitamos una educación orientada en la persona humana. La crisis no es por falta de computadores e internet, es por deformaciones en la relación interpersonal. Considero que la educación es una relación interpersonal, cuya finalidad consiste en ayudar a que los individuos se conviertan en personas plenas, con dominio de sí, sentimiento de responsabilidad y la fuerza de voluntad necesaria para ayudar a los otros.

La educación radica en el llamado a fortalecer las capacidades del otro, siendo su manifestación la práctica del co-descubrimiento personal. Hoy más que ayer, necesitamos pensar cómo estamos ayudando a que la siguiente generación comprendan cuál es el sentido de su vida personal y las responsabilidades que los unen entre sí.

Una respuesta posible a esta crisis implica volver a preguntar por la persona, la personalidad y las etapas de la vida, por los modos en que la voluntad se fortalece y se cuestiona la orientación de los deseos. Esto implica, como diría Edmund Husserl, aprender a configurar la existencia humana como “una vida vivida con perfecta conciencia moral, como una vida que su sujeto sea capaz de justificar ante sí en todo momento y por completo […]: como una vida que traiga contento puro y duradero” (Husserl, 2012: 34). Debemos aprender a vernos a los ojos y tomar el destino en nuestras manos.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

175
2

Otras Noticias