Pablo Pizarro G.

Del teleférico a Caraparí

lunes, 15 de febrero de 2021 · 05:10

El boom del gas marcó un tiempo y una historia para Bolivia. El gas representó para la población una marcada desigualdad en la distribución de la riqueza. Mientras algunos se quedaron con las fotos turísticas. Otros, sólo con la foto del abandono. 

Veamos.

Pasear por el teleférico se convierte en una experiencia singular. Te deja sin aliento contemplar desde la altura la ciudad de La Paz. Descubres paisajes surrealistas. Más cerca de la ficción. Sobre las laderas de los cerros, a 3.600 msnm, las calaminas de las casas a medio construir reflejan el sol del día. Durante la noche, las luces parecen focos del árbol de Navidad. De ida a El Alto, las gradas simulan una víbora cascabel que se van enrollando por sitios inimaginables. 

Más allá del atractivo turístico, corresponde señalar que la construcción de 10 líneas de teleférico con una extensión de 32 kilómetros y 35 estaciones costó al Estado boliviano, durante la administración de Evo Morales, alrededor de 752 millones de dólares. Según estimaciones cada kilómetro valió como 23,5 millones de dólares. Al respecto, se conocieron denuncias de sobreprecio cuando compararon que por el mismo trabajo la empresa austriaca Doppelmayr ofertó un precio más bajo a la ciudad de México.

Distante al otro lado, en sur del país, en el departamento de Tarija, se ubica el municipio de Caraparí. Aquí nacieron los fondos para financiar Mi Teleférico. El sitio desde donde se extrajo la mayor cantidad de gas que se exporta y exportó al Brasil y Argentina. Cuna del pozo gasífero San Alberto, que está a punto de agotarse. 

Caraparí vive una desolación y abandono, donde se multiplican los letreros de compra y venta de casas. Crece la inmigración e informalidad. El centro de salud no cuenta con especialistas. Carece de suficientes ítems para los profesores y profesionales en salud. Las madres migran a parir sus wawas en la Argentina. Donde hubo campamentos gasíferos, sólo quedan explanadas de cemento en medio del monte adolorido. Como dice mi buen amigo carapareño, Noel Soraide, “se nota una pobreza franciscana en sus calles y en el rostro de los paisanos”. Si, en el municipio que tenía más ingresos por habitantes.

José Luis Roca (+), cientista social boliviano, pensó que la falla país radica en la historia de las luchas regionales y no en la lucha de clases. Y para ello, estudió una serie de hechos históricos que refuerzan su tesis. 

El correlato: 

Bolivia ha transitado una serie de luchas regionales históricas hacia la conquista de una descentralización del Estado. Bajo la consigna de federalización, La Paz arremetió en una guerra civil (1899) contra Chuquisaca. Luego ignorada. En 1931 pasaron por encima un referéndum sobre la descentralización. En 1993 archivaron una ley aprobada para la creación de los gobiernos departamentales. En el siglo XXI se truncó la autonomía por las decisiones centralistas de siempre.

Actualmente, la Plaza Murillo continúa siendo el punto neurálgico de un centralismo tradicional, ya que como región detenta la omnipotencia del poder político. Fenómeno que sucede desde el siglo XIX, cuando florecen los barones del estaño soportados por la construcción de una infraestructura, como los ferrocarriles. 

Y esto se evidenció aún más durante el gobierno de Morales, quien durante su gestión recentralizó y personalizó las decisiones públicas. Es más, durante 14 años de poder administró alrededor de 310 mil millones de dólares, cifra nunca antes vista en la historia. De ese monto, las regiones sólo recibieron el 14%, entre regalías e IDH. 

Este abultado presupuesto público, engordó el aparato burocrático del Estado, enclavado en la sede de Gobierno. Según datos de Jubileo, los gastos corrientes, sueldos y salarios, desde el 2005 crecieron cinco veces más. Como corolario: el presupuesto asignado al Ministerio de la Presidencia el 2018, bajo el mando de Quintana, fue de 3.094 millones de bolivianos, respecto a los 2.149 de las administraciones regionales. 

En ese contexto, los que detentaron el poder en Bolivia -caudillos, militares, demócratas- enterraron los anhelos, manifiesto y latente, de las regiones para alcanzar mayores derechos políticos. A pesar de la situación, el himno a Caraparí canta: “Fecunda tierra de hombres libres, sangre mataca, toba y chiriguana, Campiña fértil y acogedora donde el progreso busca un nuevo amanecer”.

 


Pablo Pizarro  es periodista.  (Columna en homenaje a Óscar Farfán Mealla) 
 

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