Lupe Andrade Salmón

Deseos y desear

miércoles, 17 de febrero de 2021 · 05:11

Deseos. ¿Quién no los tiene, aún hoy?  Desear es una motivación humana primordial, una herramienta de superación y sobrevivencia.  El que no quiere nada, no hace nada.  Así de claro.  Pregunto: ¿qué quiere usted? ¿A quién quiere? Hablamos poco de esas emociones básicas: deseo y deseos, pero sabemos que sin ellas, vivir sería triste.

El deseo es primordial, esencial.  Los deseos son específicos en cuanto a ser, tener, recibir y sentir; son lo que nos permite gozar de la suavidad de la seda, del aroma del vino o la sensación indescriptible de una fruta fresca que resbala por el paladar, dejando apenas el recuerdo fragante de su paso.   Puede ser fugaz, pero es imprescindible para darle sabor a la vida.

Estamos constreñidos.  El Covid ataca, más que a la salud física, a nuestra capacidad de desear,  afectando lo emocional y mental.  No podemos soñar más allá de las máscaras y la cuarentena, no podemos desear lo que el maldito virus nos arrebata: la libertad de actuar de forma auténtica.  Privarnos de desear, reducirnos a la mera supervivencia con carencia o abstinencia, es cruel.  Hacerlo largo tiempo puede ser intolerable.  Estamos como monjes enclaustrados y sin vocación.  No se puede soñar; no se puede anhelar una escapada a playas deslumbrantes; no podemos mirar el mar azul.

Y, por si acaso,  aclaremos que no estoy hablando sólo del deseo físico, aunque ese beso que no se da, el abrazo que no se recibe y la caricia que no puede tocarnos, hacen falta y su carencia lastima el alma.  También están los deseos de libertad, de amistad y exploración.  Hace falta darse la mano, caminar por la calle, entrar a un café para conversar,  leer el periódico, tomar un helado o comer una salteña sin temor.  

Para el mundo y en especial los bolivianos, esto es terrible.  Nosotros éramos abrazadores por cultura y costumbre.  Sí, lo éramos; nos abrazábamos entre amigos palmeando espaldas, reiterando nuestro afecto y el agrado de estar juntos.  Antes abrazábamos al saludar y abrazábamos al despedirnos, pero ahora, todo se reduce a un mero ademán enmascarado que imita al abrazo, y aún eso es incómodo.  

Salvo por quienes viven juntos, el contacto mano a mano, piel a piel, es prohibido, y aún entre quienes conviven, ha perdido su espontaneidad, su deliciosa picardía.  Otros tipos de contacto ya no existen o involucran tanto peligro que pierden su naturaleza espontánea y grata.  

Hemos renunciado a, y estamos olvidando, el deleite de sentarnos juntos en un sofá mullido para mirar, codo a codo, un libro de bellas fotografías; hemos perdido la posibilidad de acomodarnos en un restaurant atestado, cuatro personas alrededor de una mesita redonda, compartiendo risas.  Hoy, como grupo humano, estamos olvidando el coqueteo, las miradas veladas en una fiesta, los piropos sutiles, el roce insinuador, la sonrisa invitadora.  

Tristemente, el romance se ha reducido -en gran manera- a mirar series en Netflix o leer novelas.  Ya casi no existe en las vidas de los bolivianos, o, seamos francos, en el mundo.  Nuevos noviazgos, matrimonios, flirteos y coqueteos... se limitan a recuerdos y cosas del pasado, películas, o para quienes tienen mucha suerte, a encuentros de trabajo que luego añaden algo más a su significado.  Y, los que desafían la prudencia, no son admirables, son tontos incautos.

Pese a que es necesario actuar con suma sensatez, no creo que debamos conformarnos con aplanarnos y vivir mansamente des-romantizados.  Luchemos contra esa desidia.  Los soldados en la guerra, los marineros en alta mar, los exploradores en travesía, todos extendieron una mano virtual hacia sus seres amados, manteniendo sus relaciones vivas mediante cartas, a veces no leídas en meses por sus anhelantes destinatarios.   Hoy tenemos celular, Zoom, Whatsapp, Email y una docena de otros canales para tender puentes a la distancia.  Un abanico de alternativas, algunas quizás demasiado livianas para el peso de nuestros sentimientos.

Es importante luchar por mantener nuestras almas vivas pese a nuestros pobres cuerpos encerrados.   Los sueños no deben decaer o morir de COVID.  Desear y querer son elementos necesarios para el alma y nuestra felicidad.  Quien extraña, ama, o quiere mantener sus sentimientos vivos, debe hacer un esfuerzo extraordinario para que no mueran junto a tanta otra cosa que hemos tenido que abandonar.

No se rindan.  Luchemos por sentir, querer y valorar.  Si suena sentimental, no me avergüenzo: esto es lo que quiero evocar: sentimientos, tristezas o alegrías compartidas.  ¡Hagamos el esfuerzo de vivir, además de subsistir! 

 

Lupe Andrade Salmón es periodista.
 

 

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