Erick Fajardo Pozo

Peripecias del evismo en tiempos del Pacto de Unidad

jueves, 18 de febrero de 2021 · 05:10

En noviembre de 2020, mientras Evo Morales cruzaba el puente binacional de La Quiaca hacia territorio boliviano, en compañía de Alberto Fernández, él ya contaba las horas y calculaba los pasos a dar para su retorno a Palacio Quemado.

En su mente, su mito político permanecía incólume e impermeable a cualquier realidad discrepante: él había sido derrocado por un golpe de la derecha y volvía del exilio en México y Argentina a concluir la epopeya antiimperialista del “primer Presidente indígena del continente”, monólogo del que no sólo fue el eterno protagonista, sino también su único personaje.

De nada habrá servido que intentaran explicarle que la rebelión postelectoral de 2019 sólo pudo suceder con la participación de su partido; que fue un “trabajo interno” y que al menos una facción del Movimiento al Socialismo se coludió para su salida.

Intoxicado de su propia narrativa, menos habrá aceptado que durante su destierro, su partido tuvo que reinventarse para sobrevivir; curar las heridas internas infligidas por las conjuras de su politburó de celotas; hacer concesiones y firmar acuerdos, cuya condición de fondo fue su alejamiento definitivo del poder.

Un año después de la salida de Morales, el MAS capitalizaba la fallida transición conducida por la deficitaria Jeanine Añez, recapturando electoralmente el gobierno sobre un pacto político que logró reunificar a sectores, intelectuales y líderes que habían ido desertando del proceso de cambio, según se tornaba en culto al caudillo. El Pacto de Unidad recompuso el rol político del MAS como argamasa de lo rural-subalterno, rearticulando incluso a sectores que desde dentro del gobierno de Evo habían filtrado información estratégica conducente a su caída.

Entre esos grandes disidentes estaba el campesinado aymara, cuyo líder, el excanciller David Choquehuanca, fue purgado de la carrera vicepresidencial en 2014 por las tramas de Álvaro García Linera y Juan Ramón Quintana, igual que hicieran antes con Abel Mamani y Félix Patzi. 

Llevar a Choquehuanca a la Vicepresidencia fue el costo mínimo que aceptó en 2020 el mundo aymara para desagraviar afrentas pasadas y asegurar la candidatura presidencial del exministro de Hacienda y albacea de Morales, Luis Arce.

Pero a su retorno Morales no cruzó el puente a esta nueva realidad, sino a una alterna, en la que un partido de masas y leales devotos le aguardaban para restituirle lo que le fue arrebatado. En su mente, Evo era Ulises, listo a retomar Ítaca, echar a los usurpadores y reclamar su reino.

La tensión entre las narrativas dicotómicas del nuevo MAS y el evismo no tardó en traslucir y, luego de un cruce de ironías entre la plaza Murillo y Lauca Ñ, el secreto mejor guardado de la izquierda se convirtió en un secreto a gritos. Choquehuanca sentenció “el afán de perpetuación en el poder como la peor forma de corrupción” y Morales replicó con un lacónico “el proceso no puede prescindir de sus fundadores”, mientras reintroducía en escena al verdugo de Choquehuanca, el exministro Quintana.

Ya completamente en negación, Morales abrió en enero una accidentada gira nacional para imponer sus candidatos a gobernadores y alcaldes. Y aunque la dictadura de su dedo índice crispó y dividió a las bases masistas, que replicaron con sillazos de oriente a occidente, fue con su negativa a aceptar la postulación de Eva Copa a la Alcaldía de El Alto que la guerra verbal se tornó en guerra de posiciones. 

Con el respaldo del MAS alteño y – dicen algunos – con la venia vicepresidencial, Copa lanzó su candidatura bajo la sigla de Jallalla de Felipe Quispe, El Mallku.

El epílogo lo escribió la encuesta de intención de voto de Ciesmori: Eva Copa – mistificada por el deceso del histórico Mallku – cosechó una intención de voto que supera por 10 puntos el histórico 55% del MAS en 2020, dejando al candidato impuesto por el cocalero con menos de 10% de intención de voto; mientras sus candidatos en las ciudades del eje quedan a la saga de los históricos Manfred Reyes Villa, en Cochabamba, y Johnny Fernández, en Santa Cruz.

El Pacto de Unidad percibió en el afán cocalero de imponer alcaldes, así como en un inédito fallo del Tribunal Constitucional que lo rehabilitó subrepticiamente para ser candidato, que Evo no sólo aspira a retomar el poder, sino que no está dispuesto a esperar cinco años. No obstante, con el altiplano aymara dándole la espalda y el Pacto de Unidad sin interés en ayudarle a inhabilitar a sus rivales o posponer comicios, su regreso a Palacio Quemado parece más lejano que el día que cruzo el puente Guzmán, pensado en milicias y en borrar de un plumazo un año de historia.

 

Erick Fajardo Pozo es master en comunicación política y gobernanza por la GWU.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

104
1

Otras Noticias