Martin Mercado Vásquez

La frustración de los padres y la educación de nuestros hijos

viernes, 19 de febrero de 2021 · 05:08

Mientras escribo estas líneas se repite la triste escena. La madre grita al niño para que presurosamente haga la tarea. No sólo le grita, le insulta. El sonido de golpes secos, golpes repetitivos, rompen el tenso silencio. No puedo ocultar que algo en mí, mi carne, mi cuerpo sentido, se estremece y se anuda la garganta. La memoria es carnal, lo demuestran las magdalenas de Proust y el refrescante recuerdo de aquel Buendía frente al pelotón de fusilamiento. Lo recuerda también mi carne que trema al escuchar la escena.

En estas dos últimas semanas han sido publicadas dos estadísticas, sobre las cuales ningún “estadista”, por muy alivianado que sea, podría pedir calma. La primera de ellas resalta el bajo nivel de rendimiento académico de los escolares bolivianos, y a no dudarlo, que siendo la educación un asunto de relación, también dice mucho sobre nuestros maestros. La segunda ofrece información sobre el índice de consumo de drogas en la ciudad de El Alto, que -poco podríamos ponerlo a discusión- refleja bien la tendencia del resto de las urbes y nos dice demasiado bien qué pasa con los núcleos familiares en el país. Bajo rendimiento escolar, cada vez mayor facilidad de acceso a drogas, entre las que cuento con igual frialdad a la cocaína como a la cerveza, y un entorno familiar agresivo. Súmele a eso, estimado lector, la basura televisiva que bombardea las mentes juveniles con crónica roja, lunfardo, que vehemente loan a la ignorancia, la vulgaridad y se centran en el melodrama como si la vida fuera una tragedia bidimensional. La hagiografía de la vulgaridad es el tema de las epilépticas letanías de los medios masivos de comunicación, y en ellos están metidos por igual noticieros, series y telenovelas. ¿Tenemos acaso como sociedad algún respeto por la niñez y la infancia?

Si encontramos en los medios de comunicación alguna referencia a la niñez, suele ser para mostrarla como colegialas de pornografía barata, como personas disminuidas parecidas a las antiguas figuras de los interdictos, tontos de voces chillonas, de dicción torpe y gaga o carentes de razón. Claro, no falta la otra imagen deshumanizada del niño como un ángel u otro espectro ininteligible. ¿Tenemos acaso como sociedad alguna noción claramente difundida de nuestro desarrollo humano?  Parece que nuestra sociedad fuera la de los adultos que aparecen sin más en medio de sus problemas políticos, circos electorales, debates de género o diferencia cultural. ¿No arrastra este tipo de adultocentrismo uno de los más grandes impedimentos para la convivencia? ¿No habrá tal vez una relación entre nuestras frustraciones como sociedad y nuestra dificultad para comprender nuestra etapa de infancia, niñez y juventud?

Es verdad que las primigenias etapas de nuestra vida se revisten por un halo de oscuridad, de incertidumbre, que nos dificulta tenerlas presente con claridad a lo largo de nuestra vida. Pero eso no debería significar nuestra impía forma de malbaratar nuestro trato con las diferentes etapas de la vida. Debemos superar los extremos de la ignorancia y la violencia que desatamos cotidianamente en contra de nuestros más jóvenes. Todos los niños son en mayor o menor medida responsabilidad de todos los adultos. La frustración de los padres no puede ser la educación de nuestros hijos. Por ello, más importante que el reconocimiento de los símbolos patrios, himnos y demás juguetes de la pugilista simbólica de los adultos es la tarea de auscultar qué somos como seres humanos y cómo llegamos a ser personas. Es así que una tarea de tal importancia no se puede hacer sin volver a la mirada a la infancia existente y tratar de comprenderla y orientarla más allá de nuestras nimiedades.

Termino estas líneas y la escena de la vecindad se repite. Puse música para concentrarme la redacción. Se sobrepone la música a los gritos. La música es de Beethoven, de quien sus biógrafos concuerdan que fue un niño duramente golpeado por su padre. El autor de la Novena Sinfonía no fue brillante por la rudeza animal de su padre, lo fue pese a ella; así como Kafka, así como tantos otros. Espero que mi pequeño vecino, que ni ángel ni idiota, también sea genial, aún pese a nuestra torpeza como sociedad. Me pregunto si nos merecemos todavía el privilegiado derecho de tener a nuestro cargo nuevas personas.

Concluyo esta breve intervención con una apócrifa traducción de un poema del inglés William Wordsworth:

“Mi corazón salta cuando contemplo  

un arco iris en el cielo:

así fue cuando mi vida comenzó;

y asimismo es ahora que soy un hombre;

y que así sea cuando envejezca,

   ¡O déjenme morir!

El niño es padre del hombre;

y así quisiera que mis días sean

enhebrados, uno a uno, por una piedad natural.”

Martin Mercado Vásquez es filósofo.

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