Juan Cristóbal Soruco Q.

Una larga Cuaresma

lunes, 22 de febrero de 2021 · 05:11

Con la pandemia, el tránsito del carnaval a la Cuaresma no ha sido difícil. De una u otra manera, por el coronavirus estamos viviendo una Cuaresma de largo aliento. Guardando un racional encierro, relativamente ajenos a las tentaciones pecaminosas, cada jornada nos surgen preguntas sobre cómo hemos llegado a esta situación y cuál será nuestro destino. Y por los testimonios que se recogen, no es fácil encontrar respuestas.

En el calendario católico, la Cuaresma aparece al medio de dos eventos contrarios en sí mismos. Las carnestolendas, en las que se da vía libre al desenfreno y el miércoles de ceniza, cuando se comienza a expiar por los excesos cometidos. Algo así como el tiempo para olvidar los avatares de la vida y el reingreso, con bríos nuevos, a la rutina de la existencia cotidiana.

Cuaresma es, además, la celebración por excelencia del cristianismo. El miércoles de ceniza se rememora el ingreso de Jesús al desierto por 40 días cuando, ayunando y rezando, diseñó el proceso de su predicación de la “buena noticia”, predicación que lo lleva a ser condenado y crucificado por los entonces representantes del poder terrenal, y resucitar el tercer día para rescatar a la humanidad del pecado y validar su esencia divina.

Por esa conmemoración, tradicionalmente el Papa emite un mensaje a la cristiandad, pero, dada la vocación ecuménica de Francisco y su voz clara en este tiempo de pandemia, trasciende a la grey católica y se convierte en un referente universal. 

Para esta Cuaresma, el papa Francisco nos recuerda que la “vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”. 

El ayuno, dice, “significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones –verdaderas o falsas– y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador”.

“En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos” y nos explica que en “el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura”.

Y en cuanto a la caridad, nos recuerda que vivir “una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19 (…) En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo”.

Como dijo el propio Jesús, el que tenga oídos que escuche, el que tenga ojos que vea. En estos tiempos de pandemia se puede observar que han surgido nuevas formas de solidaridad entre los seres humanos, pero también quienes en función de sus propios intereses (sean políticos, económicos, culturales…) no dudan en utilizar sus pequeños o grandes espacios de poder para el beneficio individual o sectario.

En el país, además, se realizarán, en medio de la Cuaresma, las elecciones subnacionales, en las que elegiremos a las autoridades del Estado más cercanas a nosotros. Ojalá que no sólo el hígado defina nuestras decisiones, sino que votemos por quienes creemos que además de cumplir con sus ofertas de campaña tengan la capacidad de responder a los desafíos que nos lanzan la crisis económica que ya estamos viviendo y sobre todo sintiendo, la crisis de salud que desgarra y la crisis de confianza que está a la base de la anomia social que se expande en Bolivia.

Es que la nueva realidad que enfrentamos exige crear una nueva forma de convivencia social. Por ahí, las opacadas carnestolendas y la cuaresma que se extiende nos permitan avizorar nuevos horizontes.

Juan Cristóbal Soruco Q.  es periodista.

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