Rafael Loayza Bueno

Des-anclaje

jueves, 25 de febrero de 2021 · 05:10

Antes del Covid la educación estaba fondeada en el aula por un ancla, harto pesada, que impedía el movimiento del proceso educativo: el magisterio. No estoy hablando de la institución educativa ni de su sindicato o afiliados, sino del modelo de enseñanza que define a la magistralidad como el “gobierno que el maestro ejerce sobre sus alumnos” (RAE). 

Previo a las clases virtuales, la magistralidad sujetaba la potestad del docente sobre sus estudiantes en la calidad incontestable de su conocimiento y, también, en su locación en la clase misma. La presencia del profesor gobernaba a los “discípulos” a partir de la edad y las credenciales académicas, cualidades que concentraban física y moralmente el privilegio de la autoridad magistral. Así, la “presencia” del profesor normalizaba (disciplinaba en el sentido focaultniano) a los estudiantes, echando mano a reglas intimidatorias que limitaban sus movimientos físicos y cognitivos: “no se habla, no se come, no se duerme, no se chatea en clases”. Hoy, en la efervescencia de la virtualidad, todas esas prácticas se cometen en las narices de los docentes que parecen extraviados en las paredes borrosas del zoom. 

Los estudiantes chatean con sus condiscípulos sin sentimientos de culpa, almuerzan mientras se imparte la lección y pasan clases en pijamas y en lugares poco convencionales, (minibuses, playas, restaurantes y otros). Ciertamente, cuando apagan sus cámaras se invisibilizan y entran en un espacio de movilidad social y cognoscitiva que está fuera del dominio el docente y que los desata de la magistralidad y sus reparos. 

El distanciamiento social, producto de la irrupción del Covid, ha hecho que el proceso educativo pierda el ancla (pierda el magisterio) y flote (muchas veces a la deriva) en la ambigüedad “líquida” de la sociedad moderna (diría Bauman). Las clases “des-ancladas” han estirado las relaciones espacio-temporales más allá de aquel terreno que situaba la autoridad y jerarquía del docente al frente de la pizarra. Las lecciones virtuales transcurren en ninguna, y al mismo tiempo, en todas partes y fuera del foro que alineaba la atención con la autoridad magistral.

 Ciertamente, el escenario de la virtualidad es hoy dominado por el otrora subalterno; el estudiante que maneja los lenguajes digitales con más carácter que sus docentes. Y mientras los alumnos gobiernan el aula virtual, los docentes florecen penosamente en giffs, stickers y tik toks, como víctimas e incompetentes objetos de conocimiento, pues están distantes, dado el amarre “magistral”, del mundo digital.

Dejemos de pensar que la virtualidad es un desarreglo temporal sujeto a reparación y que la “presencialidad” es la normalidad añorada, pues estamos frente a un espacio con potencialidades excepcionales. Felizmente, la procastinación de la presencia del docente en las clases podría ser la herramienta que liquide, de una vez por todas, el sentido magistral del modelo educativo y nos permita emprender nuevos caminos para la generación de competencias. 

El distanciamiento social y el des-anclaje, que parecen ser errores nocivos que exaltan las sensación de riesgo y la incertidumbre, han traído por el contrario la utopía de la democratización del proceso educativo al aula. Es el momento de verdaderamente construir un modelo académico en el que la generación de saberes (la producción del conocimiento y competencias) sea un ejercicio transaccional entre el profesor y el alumno. En hacer de la enseñanza una herramienta de construcción conjunta de la Bolivia moderna.

 

Rafael Loayza Bueno es  investigador social.
 

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