Antonio Araníbar Quiroga

No manoseen los símbolos patrios

viernes, 26 de febrero de 2021 · 05:10

El rojo, amarillo y verde de nuestra Tricolor y de nuestro Escudo Nacional contienen y  condensan la suma de nuestras aptitudes y límites como Nación.

Forjados desde niños en la fragua del amor patrio, los años y la experiencia de vida nos han permitido desentrañar las luces y sombras de nuestra identidad, mancillada por el racismo excluyente y la explotación inclemente del indígena con el que transcurrió la mayor parte de nuestra historia. Esto, hasta que las gloriosas luchas de nuestros campesinos, obreros y clases medias urbanas y rurales, motivadas y convocadas por la defensa de nuestra integridad territorial, mostraron en las arenas del Chaco que la conjunción policlasista podía y debía enrumbarnos a la consagración de nuestra construcción nacional y a la superación de nuestra arcaica organización semifeudal.

Hito clave de esa lucha se logró con la victoria de abril de 1952 y la aplicación de concretas políticas que pusieran en práctica las medidas fundamentales que galvanizaron ese peregrinaje glorioso, condensado en la década de 1930, en la poderosa consigna de “minas al Estado y tierras al indio”.

La Nacionalización de las Minas, la Reforma Agraria y el Voto Universal derrumbaron los cimientos de ese pasado semifeudal y constituyeron los pilares de un nuevo orden.

A pesar de que la Revolución Nacional cambió los roles económicos y sociales de los actores en pugna, permitiendo el empoderamiento de campesinos y clases medias, a tiempo que sellaban la cinco centenaria condición de parias y excluidos para el indígena, éste no fue tomado en cuenta con la integralidad de sus atributos étnico culturales de profunda y ancestral raigambre, ni le ayudó a superar su condición de subordinación y/o exclusión en la vida y en el diseño de nuestra nacionalidad.

Peor aún, la corruptela y arribismo políticos hicieron de la  voracidad cleptocrática y el vaciamiento de las arcas del gobierno un remedo policlasista del pasado oligárquico derrumbado.

En la reflexión sobre nuestros símbolos identitarios, no podemos pasar por alto que el proceso democrático instaurado en la épica victoria del 10 de octubre de 1982  nos ha permitido, a estas alturas disfrutar del legado de construcción democrática que, a no dudarlo, es el más duradero y el más fructífero de nuestra historia.

Que sea precisamente en él que se intente borrar de nuestra simbología identitaria, nuestro Escudo Nacional, parece una broma de mal gusto antes que lo que realmente es: un intento de usurpar nuestra memoria histórica, que debemos honrar y  preservar por encima de cualquier otro tipo de impulsos non  sanctos.

Por eso nos unimos a las voces, que esperamos sean mayoritarias de nuestra población,  que se oponen a tan insólita pretensión del actual Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia,  parafraseando al héroe del Topáter al  grito de: ¡Los signos identitarios de la Patria no se manosean, carajo!

Antonio Araníbar Quiroga es excanciller de la República.

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