Daniela Murialdo

Buenas intenciones que se esfuman como negro humo

domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:08

Fernando Savater cree que para conocer la bondad o maldad de un acto, no hay que detenerse en el resultado o en las circunstancias de tal acto, sino que hay que escudriñar las intenciones que lo motivaron.

Me vino a la cabeza esta conjetura hace un par de meses mientras leía, incrédula, la noticia de que a un futbolista uruguayo del Manchester United lo habían suspendido  tres partidos y cobrado una multa de cien mil libras por un post en Instagram, que la Asociación de Fútbol inglés  habría considerado “insultante e impropio”.

Como ya no me fío de la corrección política, continué hasta llegar al mensaje del revuelo. El jugador charrúa le agradecía con un “gracias negrito” a un amigo que lo felicitaba en la red por haber marcado el gol de la victoria de un importante partido.

Luego de releer la nota, me quedé tranquila. Habíamos vencido otro obstáculo en este nuestro camino hacia la estupidez plena, en la que ya no caben los esfuerzos por razonar o averiguar qué hay detrás de las actuaciones humanas (lo que quizás serviría para comprobar que no todos estamos prestos a la discriminación y que no somos tan mezquinos como parecen estar convenciéndonos algunos). El delantero -que fue juzgado en un proceso sumarísimo- tuvo que arrodillarse ante la Federación de la Alta Moral y borrar su afectuoso mensaje. Luego debió asumir con humildad, la sanción impuesta. 

Entonces me pregunté cuál habrá sido la expresión del presidente de ese poderoso organismo -pese a no tener jurisdicción sobre asuntos de la realeza- al ver las fotografías del príncipe Guillermo y Kate Middleton en su visita a Tuvalu, en la que son llevados en hombros por más de veinticinco mujeres y hombres de raza negra en una reafirmación de su colonialismo. Quizás, por ser algo ambiguos los códigos de estos moralizantes tribunales, algunos no comprendimos que al tratarse de una “costumbre ancestral”, cualquier cuestionamiento a esas imágenes podría más bien haber sido vista como irrespeto a los orígenes y tradiciones de ese país de la Polinesia.   

Pero, ¿y si hubiéramos aprovechado ese reconocimiento cultural para contextualizar la frase del desafortunado jugador? La Academia Nacional de Letras de Uruguay tuvo que salir a denunciar la “pobreza de conocimientos culturales y lingüísticos” de la Federación y rechazar enérgicamente la sanción, que incluía –me olvidaba- asistir a un curso de formación de sensibilización. Sí, la asociación enviaba al deplorable futbolista a una de esas terapias de conversión en la que presumo lo pusieron a trabajar en ejercicios de autocontrol de sus emociones afectivas.

En la novela La mancha humana, de Philip Roth, la vida de Coleman Silk, un profesor universitario de literatura clásica empieza a demolerse tras mostrar interés por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases. Se derrumba el instante mismo en que consulta en el aula si alguien conoce a esos alumnos. “¿Tienen existencia o se han desvanecido como negro humo?” pregunta. Desafortunadamente para Silk, uno de esos alumnos es afroamericano y se da por aludido con lo que interpreta como un ataque racista. Aunque el catedrático (años después interpretado estupendamente por Anthony Hopkins en el cine) demuestra que no hay ninguna intención ofensiva, pues jamás ha visto a ninguno de los dos jóvenes, es acusado de racismo y expulsado de la universidad. Lo que sigue, es la ilustración del padecimiento por la reprobación de su propia comunidad, que no se interesa en las intenciones y se contenta solo con activar su espíritu perseguidor.

Supongo que Roth habrá brindado unos cuantos tips a algunos. Sobre todo a aquellos que esbozaron una sonrisa cuando el profesor -que había dejado “devastado” al muchacho- era sentenciado. Y es que aquel infeliz catedrático quedaba obligado a medir mejor sus palabras a la próxima. Igual que deberá hacerlo Edinson Cavani, el futbolista uruguayo. Quien además deberá medir sus afectos. Que ahora son regulados por una sociedad aséptica y utilitaria que desconfía de los nobles apegos y se rige por mandatos irreflexivos que no miran las motivaciones de las que habla Savater.

Y en este curso de reeducación conductual al que ha decidido matricularnos el sistema de la nueva moral (parecido, en sus características psicológicas, al implementado por Mao en su revolución cultural), se nos obliga a adoptar otro lenguaje, a ejercer una errada condescendencia, y a condenar incluso muestras de cariño, si estas no respetan las formas de la corrección.

Cuando Philip Roth escribió sobre la tozudez de aquella junta universitaria ficticia, que se deshace de su culto decano (y de la que uno de sus miembros, de raza negra, se avergüenza luego), Instagram no existía y Cavani no podía postear mensajes inofensivos de agradecimiento. De haberse narrado esa novela en estos tiempos, su texto no supondría una atemorizante distopía. Sería solo la reproducción de una noticia de algún periódico de esos que ya nadie lee.  

Daniela Murialdo es abogada.

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