Max Murillo Mendoza

Gloria al compañero Huracán Ramírez

miércoles, 3 de febrero de 2021 · 05:07

La pandemia se lleva a otro compañero con quien no pudieron ni las dictaduras más brutales o los neoliberalismos más hipócritas. Realmente me conmovió la noticia de su muerte. Trabajé junto a él en la Comisión de la Verdad, como archivista investigador. Tiempo dónde la historia me dio la oportunidad de conocer a ese gran archivista y dirigente sindical minero, que como mi padre, su vida fue también de aquellas novelas jamás escritas. Todavía después de la Comisión me invitó a trabajar por un tiempo en los archivos de la Comibol. También aproveché de conversar otras varias horas, porque conversar era aprender e intercambiar ideas de gran valor en el tiempo y espacio. 

Un día me sorprendió, cuando dejamos de lado las discusiones sobre política, y me propuso hablar de literatura. Le propuse Borges. Me dijo algo que nunca olvidaré, pues me recordó en ese momento a otro gran amigo mío: Marcial Armella. “Max, Borges era mucha cosa para este mundo”. Increíblemente también lo decía Marcial, hace tantos años atrás. Y hablamos a propósito de un cuento de ese autor que ambos habíamos leído, pero con nuestras interpretaciones. Pues eso era don Edgar, una biblioteca andante que apenas había cursado hasta quinto básico de escuela. 

Ni qué decir de los archivos de la minería; ni qué decir de la historia de la minería. Don Edgar sabía más que nadie sobre las leyes y las normativas de la historia de la minería nacionalizada. Era un catedrático, un doctorado en esos temas. Se reía de la burocracia y la ignorancia de tantos “profesionales” de escritorio que no sabían nada. Se mofaba y se preguntaba de los por qués de tanta ignorancia de licenciados y doctorados. 

Se murió uno de los más importantes intelectuales del movimiento obrero minero. De aquel que cubrió decenios de rebeldía contra las injusticias más terribles, sean militares o civiles es igual en Bolivia. Militante del partido comunista hasta su expulsión en los años ochenta. “Me expulsaron por comunista”, se reía recordando esos episodios. Pero nunca mostraba resentimientos, ni mucho menos, sino posturas maduras, incluso en favor de los comunistas que lo expulsaron. Se murió uno de los más grandes pensadores del movimiento minero, y es como tenemos que recordarle: un pensador con grandes letras. 

Su vida era la de un monje comprometido con los postulados de los más pobres, de los más marginados de esta vida. Llevados al extremo de la coherencia, quizás haciendo pasar hambre a sus propios hijos. Aquella coherencia ya olvidada por los políticos actuales. Coherencia con la que exigía a quiénes estaban alrededor suyo. Era un hombre de su tiempo. 

En momentos y épocas penosas respecto de los movimientos obreros, que ya no reflejan sus realidades, sino del pragmatismo político que está destruyendo todos los movimientos obreros del mundo. Personas y personajes como don Edgar señalan a la historia: se puede ser coherente hasta las últimas consecuencias con las bases, con quiénes les eligieron para que representen sus intereses y no se cubran los bolsillos primero, ante cualquier postor del poder y la política.

Don Edgar reflexionaba, con asombro y decepción, que muchos de los dirigentes obreros actuales no tengan las cualidades anteriores. De compromiso, de consciencia de clase obrera, de consciencia de clase revolucionaria. 

Era harina de otro costal, de otro momento histórico en el que la consecuencia era una cualidad intrínseca con las bases. No importaba el sacrificio hacia la familia, el pasar hambre, penurias y después destierros y otras penurias. Momentos históricos en los que jugarse la vida y la muerte tenía mucho que ver con la cualidad de la coherencia y la consecuencia política e ideológica. Era harina de otro costal. 

Si, hay que llorar la partida de don Edgar. Él mismo decía eso cuando la muerte de varios de sus compañeros de lucha de aquellos años. Lo vi llorar y lagrimear algunas veces cuando la noticia sobre la muerte de sus conocidos de esos años. Un hombre muy fuerte, precisamente mostrando calidad humana al llorar por los compañeros. Quiénes se llevaban a la tumba tantos secretos, tantas cosas que la vida les había pedido en aquellos años de guerra y sacrificios extremos.

 Pues sí, hay que llorar por don Edgar y mediante él por tantos compañeros que mueren en la clandestinidad, sin ser reconocidos por la historia de este país, por el cuál pelearon y dieron su dignidad sin pedir nada a cambio. Muchos de ellos quedaron destruidos económica y físicamente, incluso sin familias. La historia tradicional sólo escribe de los triunfadores y los asesinos: costumbre muy tradicional por cierto. 

Gloria al compañero Ramírez; al Huracán de tantas batallas, de tantas guerras. Al huracán que será un ejemplo, a pesar de estas épocas, para las nuevas generaciones de obreros y mineros porque la explotación y el saqueo siguen siendo noticia moderna y muy actual. 

Max Murillo Mendoza  es ciudadano boliviano.

 

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