Javier Torres Goitia T.

Gil Imaná y la luz

jueves, 4 de febrero de 2021 · 05:08

            Para unos el arte es una forma de evadir la dura realidad y sumergirse en las fantasías de la imaginación. Para otros es desnudar la realidad y mirarla cara a cara.

            Gil Imaná, desde muy niño, casi antes de aprender el manejo del lápiz para escribir, ya miraba cara a cara su entorno vital y lo expresaba en imágenes. A los seis años dibujó el retrato de su madre, su primera obra. Luego fue descubriendo con la mirada los miles de rostros angustiados de nuestro pueblo pobre. Captaba expresiones que llenaba de luz y les daba formas vivas. 

            Empezó pintando los ojos húmedos de niños tristes de enjutos cuerpos y manos grandes ávidas de esperanza, para continuar  con la angustia y la soledad con rostro de mujer enflaquecida y azotada por el viento.  

            Su pasión por el arte se encarna en la propia realidad que le tocó vivir y a la cual él se integra con tanta pasión, que la verdad grita irrebatible cuando el mismo confiesa: ”En mi adolescencia el dolor ajeno se hizo herida en mi pincel y la injusticia se volvió grito en mis dibujos”

            No sólo en su adolescencia, a lo largo de toda su vida entregada al arte, sus dibujos con sobrios colores y rasgos firmes y seguros, revelan ese dolor ajeno hecho propio y el sonoro grito de su pincel rebelde.

            La belleza de las madres con robustos senos fecundos, abrazando a sus hijos con ternuras milenarias, o protegiéndolos del frío y la soledad con sus manos esqueléticas son el grito de su alma solidaria, inundada de amor y de esperanza.

            Cuando encuentra a quien “dar amor y recibe a cambio más amor”, según sus propias palabras, el amor de su vida, Inés Córdova, es también una artista. Juntos recorren pueblos y ciudades, salen del país y del continente y cuanto más bellos y variados son los paisajes que visitan y más gratas las amistades que les rodean, más vuelven los ojos al terruño. La majestuosa soledad del altiplano o los valles tiernos de la infancia son sus fuentes de inspiración y se reafirman en un arte genuinamente propio, nutrido de ancestros, formas y colores vividos por ellos mismos y desarrollan un estilo personal que no necesita imitar a nadie para ser grande.

            Pero el tiempo pasa, cercena  implacable  y desconsiderado hasta lo más noble y poco a poco el Gil Imaná que llenaba de luz lo que veía empieza a perder la vista. La claridad que fue para él, fuente de su vida, desaparece. El amor de su alma también se va. Fallece Inés  y él queda solo. Completamente solo y a obscuras. Tiene que aprender de memoria las distancias de la puerta de su casa a la sala, al comedor a la cocina. Tiene que contar sus pasos para subir al dormitorio. Sus pequeños tesoros artesanales los acaricia con las manos pero no los ve. Reconoce sus cuadros por el lugar donde los colgaron con Inés, y por la serie de recuerdos que los acompañan. Casi más por cariño que por memoria.

            Sin embargo el artista de cuerpo y alma no se rinde. Descubre que no siempre son los ojos los únicos que pueden ver. Tiene tanto gravado en la memoria y todavía más en el caldero de su imaginación, que nuevas luces guían sus delicadas manos para que una vez colocadas sobre el papel deslicen el carboncillo al tacto y reproduzcan figuras que su alma enamorada guarda en algún recodo y otras que se crean dentro sus tinieblas. Emergen como sombras hechas luz, su Cristo lacerado, “con mucho dolor y gran amor”, duele más que el que pintara años atrás, cuando todavía acariciaba con los ojos las imágenes. Las parejas enamoradas que se juntan eróticas como el sol con las montañas. La mujer, la madre, como ánforas de amor con sus mensajes telúricos iluminan su obscura soledad con igual o mayor fuerza, aunque ya no pueda distinguir sus formas.

            Su concepción imaginativa es tanta y sus manos tan fieles intérpretes de su visión interior  que siguen a su alma con la misma fidelidad que cuando eran guiadas por sus ojos. Al contemplar sus nuevos cuadros que él no puede ni podrá verlos nunca, no sabemos si valorar más su potencia imaginativa o su voluntad de seguir creando sueños y esperanza.

            Hace menos de dos meses pudimos conversar con él, con más silencios que palabras. Lo dejamos sentado frente a la ventana de su dormitorio desde donde unas buganvillas alegraban en vano la vista con sus iluminados colores desapercibidos. No sé si me impresionó más su soberana soledad de roca viva, contemplando sin ver el infinito, o la fuerza de su pasión por la belleza que no abandonó nunca, fue su leal compañera y ahora ilumina su recuerdo para siempre. 

Javier Torres Goitia T. fue Ministro de Salud.

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