Juan del Granado

¡Presidente Arce, cuidado con la historia!

martes, 9 de febrero de 2021 · 05:08

La historia no se escribe ni se borra por decreto. El 10 de octubre, cómo fecha histórica, nunca fue el homenaje o recordatorio a ningún gobierno. Fue y es un hito trascendental en nuestra historia contemporánea que marca el momento en que el heroísmo de los mártires y una larga acumulación de lucha democrática culminaba con el desplazamiento definitivo de las dictaduras del terrorismo de estado, marcando el inicio de la democracia moderna, no tanto como forma de gobierno, sino como forma de vida en el ascenso civilizatorio del país.

Era viernes ese 8 de octubre de 1982, cuando, disipada una llovizna tenue, se repletó San Francisco para recibir al presidente Siles Zuazo, electo el 29 de junio de 1980. La enorme alegría de más de cien mil paceños en ese momento luminoso, expresaba a todo el país que había sufrido con los dientes apretados el asesinato de Marcelo, de Carlos Flores, de Gualberto Vega, del padre Espinal, de los líderes del MIR de la calle “Harrington” y, cómo no, el recuerdo de centenares de héroes que habían ofrecido sus vidas en Viloco, Caracoles, Siglo XX y Tazna, cuando los tanques aplacaron la resistencia al golpe sangriento del 17 de julio de 1980.

Es más, ese sentimiento nacional de triunfo que rezumaba la multitud en ese viernes, abarcaba más, llegaba a los héroes de la resistencia democrática de todas las dictaduras que durante 20 años asolaron al país y, por ello, tenía ese enorme impulso que permitió, en las décadas siguientes, sortear y superar las crisis y los retrocesos de los momentos venideros en los que no siempre nuestros gobernantes respondieron a los anhelos colectivos.

El domingo 10 de octubre de 1982, ya en la plaza Murillo y en el Congreso, con la posesión de Hernán Siles y Jaime Paz, estaba cristalizando la institucionalidad de esa larga acumulación política, madurada en las cárceles, en el exilio, en el horror del asesinato y la tortura, acumulación qué gestó una conciencia nacional distinta que, finalmente, abarcaba a todos y a la que tuvieron que plegarse hasta los autoritarios y los violentos de todos los colores. Fue un enorme mojón plantado en nuestra historia que galvanizó ideologías distintas y que alentó la posibilidad de construir un país distante de la intolerancia y la violencia. Otra forma de la vida nacional surgió ese octubre y por eso está vigente hoy después de cuatro décadas.

Sí, es cierto que hubieron errores y extravíos cuando la crisis y la hiperinflación se comieron las propuestas udepistas, o cuando una visión neoliberal tardía generó otra vez elites excluyentes contra las que se sublevaron los excluidos. Sí, hubieron otras masacres y otros muertos, pero una y otra vez se retomó el cauce democrático que superó las crisis con la soberanía popular del voto, para intentar el éxito de otras propuestas y de otros gobernantes. A la distancia de la historia, hoy podemos afirmar que todos los gobiernos de este largo tiempo democrático aportaron a un avance, mayor o menor, en la construcción de un país, cuya viabilidad ha estado siempre en duda por el atavismo de sus herencias y problemas no resueltos.

Y no ha sido ajeno a avances y retrocesos el largo periodo que le tocó gobernar a Evo Morales, aunque hoy sea prematuro un balance exhaustivo de sus errores y sus méritos, sobre todo porque está fresco el recuerdo poco grato del despilfarro, del autoritarismo, del desconocimiento del 21-F y del fraude del año 2019.

Sí, está fresco también el gobierno transitorio con sus ineptitudes, sus corruptelas y sus excesos, pero el 18 de octubre de 2020, como en su momento, en 1985 o en 2005, sólo se viabilizó el voto democrático para reconstituir los poderes públicos.

Por eso hoy es una torpeza y una miopía enormes suponer que la elección de un nuevo gobierno el pasado 18 de octubre haya tenido un contenido fundante, nada menos que de la democracia. Es intolerable que un Decreto, el N° 4459, quiera desconocer la extensa acumulación democrática de estos 40 años. Le hace daño al gobierno de Luis Arce expropiarle al país esa acumulación, porque al hacerlo la está jibarizando, la está reduciendo a un botín transitorio de un gobierno que también será transitorio, así sea ahora en los límites constitucionales. Es inútil tratar de asumir a exclusividad la titularidad de las libertades democráticas, bautizando con eso de “golpe de Estado” y “gobierno de facto” a una crisis lamentable que sufrió el país durante 11 meses y que fue provocada más bien por el capricho de prorrogar la vigencia de un régimen agotado en 14 años por la corrupción y la violación del voto y de la Constitución.

Se podría, incluso, malograr prematuramente la mayoría electoral de este 18 de octubre, si es que se pretende invisibilizar los méritos de anteriores gobernantes, eligiendo, otra vez, el camino del sectarismo, olvidando que los datos electorales son volátiles cuando no se perfilan líneas gubernamentales de mediano plazo, capaces de lograr consensos que incluyan a las minorías políticas también transitorias y, peor, peyorizando a la otra mitad del país que votó distinto, pero que también ahora alienta la posibilidad de tener los próximos años un mejor gobierno, mucho más frente a la pandemia, la caída de la economía y la incertidumbre nacional que está produciendo la dimensión múltiple de la crisis.

No se equivoque tanto Presidente Arce, la democracia, como patrimonio nacional construido en 40 años, tenemos que transmitirla hoy como pedagogía vital a nuestros hijos y a nuestros nietos, para que ellos liguen indisolublemente la reconquista democrática del 10 de octubre con el legado extenso de nuestros mártires, con el dolor de todos los caídos, no sólo en Senkata y Sacaba y, necesariamente, con el aporte centenario de precursores como los katari y los Murillo.

Presidente, no pretenda olvidar nuestra historia, porque entonces la historia podría no tomarlo en cuenta.

  Juan del Granado es abogado, fue parlamentario y alcalde de La Paz.

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