Juan Pablo Guzmán

La estética del adefesio

lunes, 1 de marzo de 2021 · 05:10

Poco después de la llegada de Evo Morales al Gobierno, los aires de la “revolución” soplaban por los cuatro costados del edificio del Banco Central de Bolivia (BCB), y quizás fruto de ese poder eólico “de cambio” se puso en la mira a un personaje de la mitología griega: el dios Hermes.

Es muy probable que, entusiasmadas por ese momento “refundacional” de Bolivia, algunas autoridades de la institución, devotas del masismo,  recordaran el Manifiesto Comunista, un texto sagrado en sus bibliotecas, donde desde luego habían relocalizado a Adam Smith y a Milton Friedman, “¡malditos liberales!”.

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales de Francia y los polizontes de Alemania”, repasaron seguramente en su memoria, repitiendo el texto de Marx y Engels, para, luego, agregar a la lista de enemigos nada menos que a Hermes.

¿Por qué Hermes pasó a ser aborrecido? Porque ese dios era la “cara” del BCB. El imagotipo (imagen y texto) que simbolizaba la identidad del BCB estaba compuesto por el perfil de Hermes, al que acompañaba el texto “Banco Central de Bolivia”. Así, el apuesto dios griego estaba en toda la papelería institucional y, desde luego, en el frontis de su edificio, en un imponente aro de bronce.

Como funcionario público en ese entonces, fui testigo de la indignación que provocó en algunas de las autoridades del BCB tener como símbolo a un personaje que reunía todas las características de un hereje: era un dios, pertenecía a la mitología griega, era de piel blanca, tenía un cabello enrulado y representaba universalmente al comercio, una “abominable” actividad.

¡Tenía que ponerse fin a semejante aberración! La institución convocó entonces a un grupo multidisciplinario de profesionales con una misión: encontrar un símbolo “plurinacional” que mande a la basura a Hermes.

El reto al que se enfrentaban los notables era monumental, ya que el símbolo de reemplazo debía cumplir  tres requisitos: representar el carácter “plurinacional” del país, generar identificación en todos  bolivianos, y asociarse al propósito con el que fue creado el BCB.

Algunos sugirieron como nuevo símbolo al quipus, pero al no representar al oriente quedó descartado. Otros alquimistas de la imaginación plantearon ideas aún más disparatadas, y uno que otro sensato concluyó que el nuevo símbolo debía ser alguna forma geométrica abstracta, que específicamente no significa nada, pero constituye una alternativa moderna que propondría cualquier publicista.

Al final, la guerra contra el odiado Hermes concluyó con sus enemigos izando la bandera blanca, y el combate quedó archivado en el olvido, quizás porque las autoridades del BCB se dieron cuenta que debían dedicar  más horas a su verdadera misión, mantener el poder adquisitivo de la moneda nacional, antes que a relocalizar al dios griego.

Y así, mientras en otras instituciones el “proceso de cambio” mandó al tacho de desperdicios a sus anteriores símbolos neoliberales, en el BCB el apuesto dios griego se mantuvo impoluto en todo este tiempo “revolucionario”, y hasta el presente tiene el privilegio de representar a la máxima entidad económica del país.

¿A qué viene este relato? La nueva identidad del Estado, una pegatina de símbolos ininteligibles llevada a una cruz chacana, me devolvió a la memoria la inútil búsqueda del BCB hace años y la lid que concluyó juiciosamente con Hermes en su lugar, antes que con algún esperpento de sustituto. 

Cualquier estudiante de diseño gráfico sabe que un logotipo o un imagotipo debe  cumplir con 3 requisitos: tener 3 colores como máximo, incluir un significado específico y ser simple, con el fin de ser fácilmente recordado. El diseño de la cruz chacana aplazaría con cero al despistado alumno que osara presentarlo en cualquier universidad.

Pero además del recuerdo de BCB, evoqué otro: mi abuela utilizaba una maravillosa palabra de la lengua castellana cuando veía a alguien del barrio con una apariencia indecorosa: “Está hecho un adefesio”, decía, y meneaba la cabeza con reprobación. Estoy seguro que hoy ella se codea en el cielo con Hermes y le comenta: “Mira lo que hacen allí abajo: crean símbolos que son un verdadero adefesio”.

 


Juan Pablo Guzmán es periodista.
 

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