Hernán Cabrera M.

«Mi niñez ha sido encapsulada»

lunes, 15 de marzo de 2021 · 05:10

Me atreví a ser niño por algunas horas y me salieron estas reflexiones, que fueron alimentadas por las miradas y las expresiones de sobrinitos, amiguitos, que le están dando batalla a vivir su infancia y su formación escolar en tiempos pandémicos:

Mi niñez ha sido bloqueada hace más de un año. Está encapsulada.

Mi alegría y travesuras han sido encerradas hace varios meses. Les cuento que expreso el sentir de miles de niños y niñas que están prisioneros en sus propios hogares y sin poder extender sus infancias.

Si bien tengo el cariño y el apoyo de mis padres, y me hacen todos mis gustos, siento un enorme vacío en mis alegrías y fechorías. Imagínense para nosotros que somos inquietos, traviesos, dinámicos estar encerrados día y noche en nuestros cuartos o casitas, teniendo al frente las 24 horas a la mamá, al papá, a Boby o las bulliciosas hermanas. No se lo deseamos a nadie lo que estamos viviendo ahora.

¿Qué es ser un niño en estos tiempos¡? Es vivir sin el tiempo a cuestas, ni controles ni castigos, con gozo y de vez en cuando haciendo alguna malcriadez, que con seguridad obtendré algún castigo o un tirón de orejas. Me parece bien recibirlos.

Pero este virus nos está quitando los años de ser niños y niñas. Nos ha encerrado, nos ha enclaustrado y nos tiene viviendo con miedo y en la soledad inquietante. Nos está haciendo ermitaño y que cada vez nos cobijemos en nuestras tenebrosas cavernas.

Ser niño es jugar con los niños. Reírnos entre nosotros, hacernos bromas y mentirnos sanamente. Hacernos  travesuras, pelearnos y abuenarnos a los minutos. No somos como los mayores, que se carajean y no se hablan meses y años, e incluso van a los puños.

Ser niño  y niña es ir a la escuela y darnos un abrazo entre los compañeritos y que el profesor te mire, te grite, te rete o te salude, además de que el regente esté siempre pendiente de cada uno de nosotros en las horas del recreo, o a la entrada o salida al cole. La escuela es nuestro segundo hogar y los profes nuestros parientes más cercanos, porque estamos con ello cuatro o más horas de lunes a viernes. Qué lindo había sido asistir cada día a las aulas, donde podríamos respirar amistad  y hasta algunas miradas coquetas con la niñita de pelos rubios y ojos celestes. O qué lindo era cuando jugábamos en el parque del cole y nos manchamos la camisa blanca. Esto no tenía precio para nosotros, pero ahora sí le han puesto precio.

Esta escuela de estar presente, para la cual teníamos que despertarnos muy temprano, desayunar y con la mochila a cuestas, tratar de llegar antes que cierren el portón de entrada, ha sido cambiada por la pandemia, con eso de las clases virtuales o a distancia.

Con esto de las clases virtuales no podemos ni reír ni gritar ni molestar al que está a nuestro lado. Ni levantar la mano para ir al baño, a hacer pipí.

Sin ir a la escuela, sin los recreos, sin nuestras compras en los quioscos de dulces, papitas fritas, hamburguesas, sin el profe que nos esté mirando, sin que el papá o el radiotaxi que te espere a la salida del colegio, no hay educación que valga, o sea, que al cohete se están esmerando con obligarnos a que estemos horas aburridas frente a la tablet, al celular o a la computadora, dizque, pasando clases virtuales, escuchando al profe y detrás nuestro la mamá o la hermana mayor con la mirada fija en nosotros.

Nuestras mentes y preocupaciones están en otra cosa. No le entendemos ni jota lo que hablan en esa cajita maravillosa. Hasta las tareas que nos dan no nos llevan a esforzarnos mucho, porque no nos están exigiendo mucho. ¿Qué niñez están formando ahora?

Qué virus más malditango que nos ha arrinconado y vaya tu a saber qué tiempo más estaremos así.

Mi niñez y la de millones de mi edad, estamos siendo empujados a que no vivamos a plenitud, ni saborear a nuestro gusto estos años infantiles, que están pasando muy rápido.

Siento que mi infancia va pasando sin que mis padres ni yo mismo me dé cuenta de ello y todo por culpa no sólo de este virus, sino también de las autoridades en general que no han tenido la capacidad ni han estado a la altura de dar mejores respuestas a la pandemia actual. 

Ni le están haciendo caso al papa Francisco que cuando vino a Bolivia, nos dijo algo importante, que los medios destacaron su discurso: “Dejen y hagan todo lo posible para que los niños y niñas vivan a plenitud su infancia”. 

Bonita la frase, pero la realidad es terrible.

 

Hernán Cabrera M. es licenciado en filosofía y periodista 

 

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