Lupe Andrade Salmón

Lo que somos los paceños, o ¿locos somos los paceños?

miércoles, 17 de marzo de 2021 · 05:11

Dicen algunos que los paceños estamos locos.  Que vivir en La Hoyada es una quimera; temen a la altura, desconfían de los múltiples y alborotados ríos; se sienten apocados por las montañas.  Les parece que lo plano y recto es lo ideal, pero los paceños sabemos que plano y cuadrado es aburrido, y que la ciudad de La Paz ofrece, a cambio, una sorpresa tras otra en belleza, historia, estilo, anécdota y desafío.  

Los bolivianos y en especial los paceños tenemos consciencia clara de quiénes somos, de dónde venimos y de cuánto significa la naturaleza para nuestro diario vivir.  Las estaciones están marcadas por el cielo y los sentidos: época de lluvias, época seca, tiempo de heladas, tiempo de tormentas.  Vivimos un poco al revés de los europeos y norteamericanos: aquí en La Paz el sol de invierno es el más bello, brillante y reconfortante.  Las lluvias del verano no traen calor, pero sí logran que los ríos crezcan y corran alocados.  Lo que nos hace únicos no son las estaciones ni el tiempo.  Es la naturaleza misma en su enorme esplendor: el paso difícil, el suelo cambiante y el paisaje espectacular.

En esta ciudad emplazada sobre una base montañosa de más de tres mil metros de altura, rodeada de cien otras montañas que trepan, suben y se yerguen orgullosas hasta llegar los seis mil y más metros, no sabemos lo que significa vivir en lo plano y cuadrado, no sabemos lo que es no tener paisaje.  Aquí en la cordillera, con rocas, árboles, con colores deterrosos que cambian de púrpura a plateado brillante, pasando por rojos que recuerdan nuestra larga e irreductible historia, el paisaje está con nosotros, debajo, arriba y alrededor.  Por eso no describimos nuestras viviendas en términos de calles o avenidas; decimos: más arribita, más abajito, casi en la Ceja, o al ladito del cerro.  

Esta es una ciudad casi escultórica, pero no de monumentos de mármol o cemento.  Está modelada en arcillas de colores, mostrando con desfachatez sus ladrillos desnudos, torciéndose de aquí para allí, invadiendo las cuencas de los ríos, tratando de ignorar lo deleznable de sus laderas empinadas.  La Paz es ciudad de corajudos realistas que no se dan fácilmente por vencidos.  Si una casa se resbala y cae, se la reconstruye “ahí mismito”. 

Algunos dicen que los paceños son locos, otros dicen –con sonrisa burlona- que si queremos que La Paz no se derrumbe debemos trasladarla a un lugar plano.  Están locos ellos, porque los paceños, locos/cuerdos de nacimiento, amamos esta elevada ciudad llena de historia e historias, de leyendas y hombres legendarios que inició la lucha por la independencia de Bolivia, que ha cobijado a grandes hombres y mujeres en su regazo montañoso a través de casi cinco siglos, y que ha sobrevivido revoluciones, cercados y ataques, saliendo de cada lucha con más fuerza y vitalidad de gran altura.

Ahora tenemos un nuevo Alcalde, el popular Negro Arias, de cuya sinceridad y dedicación no dudo.  Las grandes preguntas son si tendrá presupuesto suficiente para trabajar; si podrá luchar para no pelear; si podrá planificar para construir; si podrá convocar a los vecinos de Max Paredes, Centro, Sopocachi, San Pedro, San Jorge, Miraflores, Obrajes, Calacoto, Achumani, Cota Cota y demás barrios paceños (mencionando a todos, se acaba mi columna) a unirse a su plan constructivo, y si podrá, sobre todo, escuchar para ser escuchado.  

Lo más importante será continuar con lo andado, seguir el camino avanzado, crear nuevas fuentes de trabajo y no pretender deshacer y rehacer lo ya hecho.  Como paceña de larga data, le deseo lo mejor.  Amo a La Paz, la tengo en mis venas, la escucho latir en mi corazón.  Si Arias siente lo mismo, pese a todas las dificultades, podrá hacer gestión y ser buen líder.  Me conmueve su franqueza; me convoca su espíritu de trabajo.  Lo felicito, pero aún más, quiero poder felicitar a mi ciudad en el futuro por tenerlo a la cabeza de sus sueños y realidades; eso depende de él y nadie más.

Esta es una ciudad difícil, pero grande, hermosa y generosa.  Arias podrá comprobar que si quiere a los paceños, será querido, y que si trabaja como promete hacerlo, será recordado y durará.  Bienvenido a la historia paceña, don Iván Arias Durán.  Las vivencias de la bella, complicada e inigualable ciudad de La Paz están ahora en sus manos.

Lupe Andrade Salmón es periodista.
 

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