Jimena Costa Benavides

El todo o nada

domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:10

Esta vez la arremetida será más dura, se lo juegan todo.

Buscan retomar el mando. Sí, el mando del proceso, incluyendo el del gobierno.

La persecución no es sólo un “sacrificio” de gente del anterior gobierno, es la necesidad de redibujar la imagen del golpeado -no sólo por sillas y huevos- Evo Morales, de imponer una narrativa que posibilite el retorno del “jefazo”.

¿Por qué? Porque sólo con él en el poder pueden recuperar los privilegios. Entonces, aprovechan el dolor, el rencor y el resentimiento para arrasar con todo y mostrarse como los únicos capaces de definir el curso del proceso político. Arce está en Ganímedes y Choquehuanca en el Arajpacha.

Es bueno hacer memoria. 

Cuando Evo Morales abandono el país y sus allegados huyeron o se refugiaron, el MAS, mucho más amplio que esa cúpula, participó de la pacificación. No como cualquier actor, sino como el actor principal, porque con el control de los dos tercios de la Asamblea Legislativa participó de los diálogos y las leyes clave, para convocar a nuevas elecciones -después del fraude-, para designar nuevos vocales electorales y para prorrogar a las autoridades electas el 2014 y el 2015, aprobadas por unanimidad.

Ese MAS, a través de múltiples voceros, puso en evidencia que Morales y su entorno habían abusado del poder y abandonado los postulados que los llevaron a donde estaban y apoyaron al binomio del partido a condición de que la cúpula evista -incluyendo Evo- no vuelvan.

Para no partir su “partido”, para no mostrar fragmentación y debilidad en su momento de mayor crisis, aceptaron las imposiciones en las listas de candidatos y hasta dejaron que muchos de los operadores de ese entorno participen de los cargos ministeriales.

Pasaron los 100 días. Libres y dolidos, los miembros de la cúpula autoritaria empezaron a mostrarse, a organizar la orquesta y luego a tomar la batuta, a partir de operadores de justicia que ellos mismos nombraron entre 2015 y 2019.

Este embate autoritario y abusivo, que actúa exactamente como actuó Murillo en su cuarto de hora, es el primer paso para volver al poder.

El fin es uno solo: el retorno de Evo al poder y de ellos a la toma de decisiones mientras él viaja, juega fúbol o se fotografía con quinceañeras.

La estrategia parece tener varios componentes: 1) meter presos a todos los que puedan, culpables o no, y de todos los ámbitos: policías, militares, políticos, ciudadanos y especialmente a los ganadores en las recientes elecciones, y si pueden hasta a los obispos, para 2) meter miedo y que nadie se atreva a reaccionar; 3) movilizar alguna gente para respaldar su acción e intentar legitimarla; 4) darle algún asidero de verosimilitud al cuento del golpe para imponer la narrativa de que no hicieron fraude, sino de que Evo ganó, que sigue teniendo apoyo para reponer algo de su imagen y fortalecerlo. Y si estas acciones desgastan al gobierno, no importa, porque para que Evo vuelva, Arce tendría que irse.

Los adherentes del proceso de cambio siguen siendo la gran mayoría, y hasta están dispuestos a abandonar la sigla del MAS para recuperar la conducción del proceso de cambio de manos de los evistas, pero, sobre todo, quieren librarse de la influencia de ese “entorno palaciego” y de Evo, para que no vuelvan a apropiarse y distorsionar el proyecto.

Entonces la cúpula está desesperada, cada vez se hace más difícil que Evo vuelva porque sistemáticamente pierde apoyo interno. Por eso es el todo o nada, porque están rumbo a tener nada y harán lo que sea necesario para volver a controlar el poder.

Jimena Costa Benavides  es politóloga.

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