Franz Xavier Barrios  Suvelza

Mis pocos pero grandes recuerdos

lunes, 22 de marzo de 2021 · 05:11

El martes 16 fue para mí un día de emociones cruzadas. Para comenzar vi de mucho tiempo  por zoom al inmenso Toño Aranibar y lo vi como él acostumbra, incrementado su estatura. Y, como siempre, quedé compungido al verlo, porque desde niño lo vi bregando honestamente por la liberación de este país y ahora parece como parado hace miles de horas a un paso de  la frontera de su país, con una maleta repleta de nudos en la garganta, sin poder entrar porque merodean las almas toscas del proceso de cambio.

Ese mismo martes me contenté con la noticia de una jueza chuquisaqueña con los ovarios bien puestos que puso en ridículo al monstruo que está dando zarpazos vengativos, como corresponde a todo bicho moralmente degradado. Me divertí cuando el ministro Lima, desde algún orifico de este monstruo espumante, sacó su cabecilla de marioneta engominada para amenazar a esta jueza de antología y, hecha la arenga, se volvió a meter a las entrañas del monstruo para maquinar sabe Dios qué sandeces más. 

No me hubiera sorprendido que Rubén Ardaya le mandara en este día un saludo al Toño Aranibar, a quien lo unía mucha lucha, o que lanzara un dardo al engominado ministro, dice que de Justicia. Pero no, Rubén Ardaya, que aguantó el exilio del régimen de Morales (sí, aunque se olvide, Murillo no fue más que la penosa contracara de los Murillos del Evismo), ha fallecido en Tarija en la madrugada del pasado miércoles. Al saberlo me desmoroné sin remedio, pues con Rubén compartí aventuras de vida. Gracias a Rubén me percaté del municipio en Bolivia, pues fue uno de sus primeros teorizadores. Fue un convencido profundo de defender la soberanía boliviana, sin caer en las imposturas de los Maytas ridículos de hoy. 

Rubén era la prueba de que se puede ser anti-imperialista a la Allende: sin perder don de gente. Recuerdo que en las elecciones de 1993 me delegaron a un debate televisivo para enfrentar a los candidatos de la democracia pactada y criticar la capitalizacion gonista. Me fue mal. De poco sirvió que horas antes Rubén me preparara intensamente para no perder el hilo durante el debate. Al salir, me esperó en alguna calle mal alumbrada de Miraflores con los brazos abiertos para consolarme. Rubén era un tipo cariñoso, noble y furibundamente consecuente. Para mí, Rubén fue, además, el único contacto que tuve en mi vida con el Chaco o - como él siempre me precisaba - con Lagunillas. 

De una enorme vocación política y de una practicidad arrolladora, salvo excepciones; en una ocasión dejó plantados a los representantes de la “cooperación international”, cuando estos últimos creían que podían ser ellos lo que definirían la política de los bolivianos. “Perdimos financiamiento pero no la dignidad”, dijo con los cachetes rojos después del portazo. 

Fue un político para hacerle bien a la gente, aunque con un orgullo a veces agobiante. Hace muchos años que no lo vi más. Supe que era secretario departamental en Tarija y a veces seguía sus signos vitales por las redes, siempre lanzando dardos al monstruo. Rubén se emocionaba tanto con Gramsci, como con la canción Son tus perjumenes mujer de los de Palacagüina. Era un travieso empedernido. Cuando nos veíamos de tiempo, lo primero que hacía era un repaso de la vigencia de los apodos que él solía confeccionar con placer mordaz sobre amigos comunes y reíamos despojados de todo control. 

Para algunos apodos él respetaba los derechos de autor, como el de la “zorra plateada”, que me dijo correspondía a un egregio político chapaco. Recuerdo que lo visité hace muchos años, en alguna oficina de la Mariscal Santa Cruz. Ejercía algún cargo en el MBL y me hizo pasar a su cubículo. Se sentó y me comenzó a charlar de la coyuntura, pero sus palabras no me llegaban pues quedé abducido por un cuadro que alguien colgó para la inspiración. No, no era el Che o Sandino, era un cuadro de Mónica Palenque, en una toma fotográfica que la mostraba como flor suculenta. Al ver mi extravío, Rubén se interrumpió y festejó la vida. 

Más de una vez lo encontré en aprestos de viaje y le decía: “Clodomiro, Clodomiro, ¿para dónde vas tan serio?”, pues sabía que él gozaba con ese verso de Carlos Mejía Godoy. Rubén siempre estaba en camino a Centro América, al Perú, a Suiza. Quiso una Bolivia libre e igual acabó en el exilio del Paraguay por efecto de “estado de hecho” masista. Volvió, trabajó para abrir vías asfaltadas en el sur y ahora se fue “a ver un partidito allá por el cementerio”, como decía Clodomiro, El Ñajo. No te canses Rubén, mándale un dardo irónico al monstruo de vez en vez. 

Franz Xavier Barrios  Suvelza es economista.

 

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