Pablo Solón

Pensar desde el agua

lunes, 22 de marzo de 2021 · 05:10

En el Día Mundial del Agua enfatizamos la importancia del agua para los seres humanos. Remarcamos que el derecho humano al agua no fue reconocido durante 62 años desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Recordamos que la guerra del agua de Cochabamba y los bolivianos tuvimos algo que ver con el reconocimiento de este derecho humano en las Naciones Unidas el año 2010. Denunciamos que el agua será el oro azul del futuro, y reafirmamos que este elemento vital para la vida no puede ser privatizado ni mercantilizado. Todas son expresiones ciertas y nobles, pero realmente ¿estamos pensando desde el punto de vista del agua?

¿Qué hay de los derechos del agua, de los ríos, los glaciares, los lagos, los océanos y las vertientes? ¿Acaso recordamos que los ríos tienen derecho a fluir libremente sin ser obstruidos por megarrepresas, ni contaminados por actividades mineras que envenenan la biodiversidad que corre por sus venas?  ¿Acaso nos acordamos que el fuego que arrasa los bosques también derrite los glaciares por el hollín que se deposita en sus mantos blancos? ¿Cuánto nos conmovemos por la muerte de un glaciar que es una de las más grande fuentes de memoria del planeta Tierra? ¿Será que nos acordamos que los glaciares son libros de historia que almacenan información de millones de años?

La humanidad se ha vuelto extremadamente antropocéntrica. El calendario está marcado de cientos de días internacionales para recordar a la naturaleza. Los humedales, la nieve, la vida silvestre, los bosques, los océanos, las aves, las abejas, los cóndores, el clima… todos tienen su día mundial. Sin embargo, cuando los recordatorios aparecen en una página perdida de un periódico, casi siempre el principal argumento es mostrar cómo nos sirven a los humanos. Muy pocos son los discursos que ponen énfasis en la expectativa de los otros seres de la naturaleza. 

Casi a ninguna autoridad se le ocurre proponer un minuto de silencio por el que en vida fue el nevado de Chacaltaya o por el mar de Aral que en el Asia central desapareció por la irracionalidad del productivismo y los trasvases de la ex Unión Soviética.  El polo norte está siendo descuartizado por los caballos del calentamiento global y casi nadie se pone a pensar desde el punto de vista de este Tupaj Katari de la naturaleza.

La Tierra es el planeta azul. Casi el 71% de su superficie está cubierta de Agua. Sin embargo, menos del 3% del agua del planeta es agua dulce mientras el 97% es agua salada. Y de esta pequeñísima porción de agua dulce más de dos terceras partes se encuentran en los polos y los glaciares de los nevados. A medida que el polo norte se derrite el agua dulce se vierte en los océanos afectando la composición y las corrientes marinas. El cambio climático, del cual tanto se habla y poco se hace, también provoca la acidificación de las aguas dulces. El ciclo vital del agua está siendo afectado por las actividades humanas con consecuencias impredecibles para el sistema de la Tierra. La búsqueda de agua en Marte y otros planetas gana más titulares que la tragedia creciente del agua en la Tierra.

El último informe del Secretario General de las Naciones Unidas sobre Armonía con Naturaleza -que es un ítem de agenda creado a propuesta de Bolivia– plantea la realización de una Asamblea de la Tierra para pensar el mundo y la vida desde una perspectiva no antropocéntrica o mejor dicho eco céntrica. La propuesta es clave. Por ejemplo, se han construido 17 objetivos de desarrollo sostenible en la ONU desde la perspectiva de los seres humanos. Todos se preocupan del “uso sostenible” de los recursos naturales, ninguno habla de la sostenibilidad desde la perspectiva de la naturaleza, del agua, los bosques, los pangolines o los cóndores. ¿Cómo se puede lograr la “sostenibilidad” si lo que prima es la perspectiva humana y peor aún la de una élite política y económica?

Avanzamos hacia la sexta extinción de la vida en la Tierra y debemos dejar de ver el mundo desde nuestros ombligos humanos. Es tiempo de empezar a pensar la vida desde el agua, desde la naturaleza, desde la comunidad de la Tierra en su conjunto.

Pablo Solón es ambientalista.

Este artículo fue tomado de la  página web de la Fundación Solón.

 

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