Alfredo Suvelza

Una vuelta más al IGF de Bolivia

martes, 23 de marzo de 2021 · 05:09

La discusión sobre el nuevo Impuesto a las Grandes Fortunas (IGF) es aún intensa. El gobierno justificó el impuesto con las necesidades financieras causadas por la pandemia, la falta de progresividad en el sistema tributario y la concentración de la medida en un centenar y medio de personas.

Claro que el gobierno necesita fondos adicionales para la pandemia; todos los gobiernos la están pasando igual. Esto reavivó la discusión sobre Impuestos a la Riqueza en varios países, pero esta idea es anterior a la pandemia, ya que estudiosos, instituciones como la OECD, el Banco Mundial, think tanks, políticos, gente rica y muchos otros vienen hace tiempo ocupándose del tema. Hay, por tanto, abundante investigación reciente y herramientas para analizar pros y contras de un impuesto a la riqueza en sus diferentes variantes y diseños, y en el marco del sistema tributario del país. 

No obstante, tras mucho buscar, no fue posible encontrar un análisis que haya servido de base para el diseño del flamante IGF de Bolivia. A primera vista, las alícuotas se ven algo altas frente a la mayoría de los otros casos. Y éste es un impuesto anual. Habrá que ver cuántos no lo podrán pagar por falta de liquidez; tener activos valiosos no implica tener el efectivo para pagar, más aún cada año. Esto ya se ve en Argentina, donde, por cierto, se pagará una sola vez y no anualmente. En Bolivia, el IGF aportará muy poco a la recaudación tributaria y probablemente sufrirá las mismas dificultades y problemas que en otros países. Y ni hablar del tema de la informalidad.

Más allá de la pandemia, es tarea del gobierno buscar la forma de reducir la desigualdad. Y claro, es también interés del sector privado reducirla: sistemas donde la desigualdad es acentuada y creciente tienden a desestabilizarse más pronto que tarde. Pero el IGF no parece ser el mejor instrumento. Quizá aún es tiempo de afinarlo, aprendiendo de lo que pasó en otros países. 

Como en el resto del mundo, en Bolivia la desigualdad de la riqueza es mucho mayor que la del ingreso. Esto es preocupante porque la concentración de la riqueza sigue un patrón que se auto-refuerza, pues las familias que tienen más pueden ahorrar más, lo que les permite invertir más. A una mayor riqueza a menudo le acompaña una mejor educación, también en cuestiones de finanzas. A esto se suma el conocimiento acumulado, las buenas prácticas que se hacen rutina y el uso de servicios especializados. 

Además, el rédito de las inversiones tiende a ser más alto cuando la riqueza ya se ha acumulado porque se puede diversificar el portafolio y hacer alguna que otra inversión más riesgosa —de esas que suelen premiar con mayor retorno—. Y así se va profundizando la desigualdad. Por eso se voltean las miradas hacia los impuestos y a su  progresividad, para redistribuir la riqueza y combatir la desigualdad.

Este impuesto ya fue empleado antes para redistribuir y también en momentos de gran necesidad, como por ejemplo por Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial, o Islandia y España, tras la crisis financiera que detonó entre 2008 y 2009. En Gran Bretaña, tras riguroso análisis, la comisión encargada recomendó recientemente la aplicación de un impuesto a la riqueza por una sola vez. Suiza demuestra que un impuesto a la riqueza no hiere de muerte a la acumulación de riqueza en sí —su riqueza per cápita es de las más altas—. En 2016 representó 3,7% de la recaudación tributaria y cerca al 1% del PIB. Pero Suiza es Suiza y una excepción a la tendencia general; en general, muchos países quitaron o reemplazaron ese impuesto. ¿Por qué?

En la mayoría de los casos, la recaudación fue baja y resultó muy complicado de implementar y controlar; la valuación de ciertos activos —por ejemplo, intangibles— es difícil y la confidencialidad dificulta la valoración los activos en otros países. Además, muchos eludían el impuesto hasta cambiando de país. Alemania, que derogó su impuesto en 1997, vio a muchos de sus ricos partir. En 2018 Francia sustituyó su impuesto a la riqueza neta por uno que grava sólo la riqueza en inmuebles. Estudios muestran también efectos sobre la conducta de ahorro e inversión y un potencial efecto negativo en la propensión a emprender y a tomar riesgos.

En todo caso hablando de riqueza, el desafío es generar más de ella en el país.

Alfredo Suvelza es MBA boliviano en Alemania y consultor internacional en temas de desarrollo.

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