Jorge Patiño Sarcinelli

Un muerto en mil y esto no termina

viernes, 26 de marzo de 2021 · 05:11

Hemos superado hace unos días la barrera de los doce mil muertos en esta pandemia. Hay quien asegure que son muchos más. Para poner esta cifra en otra escala, uno de cada mil bolivianos ha muerto por coronavirus; quizá más.

Todos conocemos a alguien que se ha contagiado o que ha perdido a un amigo o a un familiar con la pandemia. No hay cifras confiables del número de contagiados porque muchos asintomáticos se han curado sin sentir ni decir mu. 

La cifra oficial es de 266.086 contagiados, pero según los expertos, la real quizá esté por el millón. Redondeando, uno de cada diez bolivianos se ha contagiado–la mayoría no lo sabe- y todavía no llegamos a la inmunidad de rebaño.

La pandemia nos enfrenta a la paradoja de las probabilidades. Aunque la de que cualquiera de nosotros muera es muy baja, doce mil han sucumbido sin haberlo previsto. Casi todos estaban lozanos un mes antes.

Doce mil muertos son doce mil tragedias, pero no son las únicas de este año aciago. La pandemia ha descalibrado todas las referencias de la muerte, pero si los indicadores del pasado valen, en este año han muerto unas 85 mil personas por todas las otras causas. Es decir, de acuerdo a las cifras oficiales, uno de cada ocho muertes es atribuible a la pandemia. ¿Es mucho o es poco? ¿Otros países están peor? ¿La peste bubónica y la gripe española mataron más? No importa, cada muerte es una fatalidad y esto no es una carrera.

No creo que haya un solo boliviano cuya vida no haya sido afectada por el virus; en algunos casos de manera dramática: soledades, agonías, entierros, pérdidas de ingresos, negocios quebrados, planes cancelados; reencuentros, bodas, becas, viajes y tratamientos postergados … la lista de daños es larga y la de beneficios muy corta.

Uno de cada mil bolivianos ha muerto, uno de cada diez se ha contagiado y la vida de todos se ha visto afectada, pero hay que seguir aguantando porque la cosa no ha terminado. Hasta dónde va a llegar, no lo sabemos y no quiero especular por temor a acertar.

Al inicio, no imaginábamos que esto iba a durar un año, pero ya lo hemos cumplido en plena segunda ola. No hubiésemos creído que soportaríamos la carga tanto tiempo, y aquí estamos los vivos todavía aguantando, sabiendo que el túnel tiene salida, como todos los de la vida, pero la luz de las vacunas está todavía lejana –según los datos, sólo 0,15%  de la población boliviana está vacunada- y no todos llegaremos a ver esa luz.

Hablo del final del túnel porque soy de los optimistas que creen que saldremos de él gracias a las vacunas. ¡Qué optimismo más pesimista!, dirá mi lector; si no podremos vacunar a toda la población boliviana hasta el 2022.

Cierto. Los países ricos se quieren quedar con casi todas las vacunas disponibles y si no es por el acuerdo Covax y los chinos y rusos que quieren jugar la carta geopolítica que antes jugaban los americanos, aquí solo íbamos a tener muestras gratis hasta no se sabe cuándo.

Quizá mi optimismo le parezca lúgubre al lector crítico, pero las otras opciones son menos halagüeñas.

Por un lado están los negacionistas, para quienes las vacunas son parte de un complot de la industria farmacéutica para acabar con la población del Tercer mundo, y lo que debemos hacer es tomar coctelitos de dióxido de cloro con ivermectina, aunque estos brebajes y el té con té surtan el mismo efecto contra el virus. La singanina al menos ayuda a olvidar.

Por otro flanco atacan los pesimistas racionales, que creen que esta enfermedad es más perversa de lo que la pintan y que mientras nos vacunamos, el virus está mutando más veloz que los pinchazos, y cuando estemos inmunizados contra el virus chino, estaremos en la quinta ola con el virus africano o ruso. Nos guste o no, dicen ellos, es mejor aceptar la idea de que viviremos con el virus para siempre. Mientras vivamos …

El mundo se prepara para el fin de la pandemia, pero no cabe duda de que este año aciago ha desbaratado nuestras vidas y nuestra fe en toda certeza, sobre todo la del mañana.

 
Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.
 

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