Ronald MacLean Abaroa

La muerte de la esperanza

martes, 30 de marzo de 2021 · 05:08

Qué más se puede decir. Tras el secuestro de la expresidenta Jeanine Añez quedé paralizado por el asombro, anonadado por la magnitud del abuso torpe y vulgar, además de lo profundamente excesivo en la forma y el fondo de este vergonzoso hecho. Esta señora a la que le cayó la presidencia de rebote, a quien la fueron a buscar a su pueblo en el Beni para que acuda en auxilio de la continuidad democrática, como dicta la Constitución boliviana, es ahora acusada y tratada cual delincuente de hechos imperdonables como el terrorismo y la sedición.

Jeanine Añez y un puñado de patriotas acudieron a salvar la democracia de las fauces del terrorismo al que nos quiso entregar precisamente el autor del mayor fraude electoral de nuestra historia. Ése, ese mismo, Evo Morales, intentó sumir a Bolivia en el caos tras su humillante derrota, su renuncia y su cobarde huida de Bolivia. Sí, él es el que debiera ya estar sentado en el banquillo del acusado por terrorista y sedicioso. Existe amplia evidencia de ello, a la luz de la opinión pública.

Sí, salvaron la democracia, antes de que Jeanine fuera traída a escena, patriotas y valientes como Luis Fernando Camacho, los cooperativistas mineros, la Central Obrera Boliviana, los movimientos sociales, la Policía y las Fuerzas Armadas, entre otros. Por otro lado, acudió también al llamado del patriotismo Adriana Salvatierra, del MAS, quien había presentado su renuncia por órdenes de sus superiores, pero que fue lo suficientemente responsable para no ser parte de la conspiración de Morales de sumir al país en la anarquía, y sin huir ni asilarse concurrió al llamado de la Iglesia e instituciones democráticas y líderes políticos como los expresidentes Jorge Quiroga y Carlos Mesa. Allí también se pusieron a la altura Eva Copa y otros dirigentes masistas. Sí, ellos también actuaron como patriotas justo en el momento en que el país más los necesitaba. 

Todo ello nos dio la esperanza de un nuevo amanecer ya sin el tirano. Nos dio la ilusión de que en el mismo MAS había gente responsable, patriota, de principios, que no estaba dispuesta a incendiar Bolivia por la ambición de un cleptócrata. Y ante la posibilidad de descubrir de entre las cenizas del fraude y la corrupción un hálito de esperanza, Bolivia le dio una segunda oportunidad al MAS y votó por ese partido en forma masiva y contundente. Le dio un mandato claro para doblar la hoja y darnos una oportunidad de reencauzar Bolivia atendiendo a la doble crisis de la pandemia y la economía. Principalmente, quedamos ilusionados por la posibilidad de enderezar la justicia, aquella justicia pisoteada y envilecida por Morales, utilizada para perseguir y hasta matar a los adversarios políticos, criminalizando a la oposición y destruyendo a los partidos.

Pero las desilusiones fueron sucediendo y sumando: la evidente falta de liderazgo y vuelo de un presidente anodino, la falta de consecuencia entre el discurso y la acción del Vicepresidente y finalmente la disolución de la comisión para la reforma de la justicia, que debió empezar con la reforma constitucional a aprobarse a través de un referéndum coincidente con la elección del 7 de marzo pasado.

Peor aún, el secuestro ominoso de la expresidenta Añez por agentes que actuaron como gánsteres, torturando a familiares o secuestrándolos para dar con el paradero de exdignatarios de Estado fue la gota que colmó el vaso. El sello final lo puso el ministro de la “Injusticia”, Iván Lima, cuando desnudó en entrevista pública su estrategia para convalidar la gran mentira del golpe de Estado, acusando a la ciudadana Añez para obviar el juicio de responsabilidades por la Asamblea, que le corresponde como expresidenta, violando todos sus derechos; y escuchar al vocero presidencial justificar todo aquello, pretendiendo borrar con el codo de la obsecuencia lo que había dicho y escrito antes como analista cuando condenó al monstruo cocalero de múltiples cabezas y reconoció que el gobierno de transición había sido constitucional.

 

Ronald MacLean Abaroa fue alcalde de La Paz y ministro de Estado.
 

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