Beatriz Muriel H.

Empleo, producción y Covid-19

jueves, 4 de marzo de 2021 · 05:11

La crisis sanitaria provocó una serie de problemas laborales en Bolivia, dada la drástica caída de la producción. De acuerdo a datos oficiales, el desempleo urbano subió del 5,1% en febrero de 2020 al 11,6% en julio; pero luego cayó hasta llegar, en diciembre, al 8,2%. A esto se añade el aumento del subempleo urbano ¿i.e. personas que trabajan menos de una jornada completa y desean y pueden trabajar más? que pasó del 4,6% en febrero al 17,4% en agosto, para luego caer levemente hasta el 12,6%. A pesar de que todavía no se cuenta con información pública oficial sobre los ingresos laborales, cabe esperar que hayan seguido una trayectoria parecida a los indicadores anteriores; empeorando al inicio de la cuarentena y recuperándose parcialmente en los meses posteriores.

Con todo, cabe notar que, si bien los problemas laborales se exacerbaron entre abril y agosto de 2020, la situación de los trabajadores ya se venía deteriorando desde alrededor del año 2014. De acuerdo a información oficial, Encuestas de Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE), las tasas de desempleo y de empleo informal –medido por la afiliación al sistema de pensiones– aumentaron, y la cobertura de la norma laboral disminuyó –por ejemplo, los porcentajes de trabajadores que cuentan con aguinaldo o con ítem cayeron. 

En este escenario, cabe resaltar el desempeño de los ingresos laborales reales –i.e. medidos por el poder de compra–. Entre 2006 y 2014, estos incrementaron a una tasa del 3,7% anual; siguiendo el crecimiento positivo (5,1% anual) del Producto Interno Bruto (PIB) real del país. Sin embargo, durante 2014-2019, los ingresos cayeron a una tasa anual de -2,0%; mientras que la económica, pese a que se desaceleró, continuó con tasas positivas (3,9% anual).

¿Por qué la situación laboral se ha deteriorado en los últimos años? El análisis de los datos muestra que, lastimosamente, la bonanza económica no se tradujo en un desarrollo productivo, donde sea posible generar mejores empleos. Las unidades productivas se mantuvieron, en su mayoría, muy pequeñas en escala ¿de uno a cuatro trabajadores?, y muchas continuaron con bajos niveles de productividad y estuvieron al margen de cualquier formalidad.

 Un ejemplo de esto son las ventas de alimentos. Cabe imaginar que todos los lectores han comido, alguna vez, una hamburguesa, hot dog o algo parecido, de algún puesto ambulante cerca de casa. La mayoría de ustedes ha percibido un aumento en las ventas de los caseritos o caseritas en el periodo de bonanza, pero muy pocos mejoraron sus puestos; es decir, consiguieron abrir un pequeño restaurante, se trasladaron a un patio de comidas o realizaron otro cambio que implique un desarrollo productivo.

Durante 2014-2019, la apuesta del gobierno fue promover la inversión pública vía mayor endeudamiento, lo que aumentó la demanda interna e infló el crecimiento del PIB en el corto plazo; pero con poca incidencia sobre la situación laboral y el desarrollo productivo. De hecho, esta inversión es poco intensiva en el uso de trabajo e incluso las empresas estatales absorbieron apenas el 1% del empleo en el país (dato obtenido de la Encuesta Continua de Empleo).

Volviendo al ejemplo del caserito o la caserita, durante 2014-2019 es muy posible que sus ventas hayan bajado, dado el menor dinero en circulación de la economía, lo que explica la caída de los ingresos laborales.

Así, en un contexto de alta informalidad, baja productividad, escaso desarrollo productivo y caída de los ingresos laborales, el Covid-19 solamente aceleró el deterioro de los indicadores laborales. Esto quiere decir que, si bien se espera cierta mejora con la vacunación y la disminución del contagio, es poco probable revertir los problemas laborales; a no ser que se promueva el desarrollo productivo de manera efectiva y con mayor empuje en los sectores intensivos en trabajo. Mientras tanto, el gobierno sigue apostando en la inversión pública.

 

Beatriz Muriel H. es Ph.D., directora ejecutiva de Inesad.

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