Samuel Doria Medina

Vacunas igual a empleos

jueves, 4 de marzo de 2021 · 05:08

Desde hace semanas que vengo insistiendo en la necesidad de que Bolivia actúe en la recuperación del empleo. La pérdida de empleos es probablemente la consecuencia más grave de la crisis económica que ha provocado la pandemia. Las actividades económicas se van a ir recuperando conforme el tiempo pase, pero es difícil que lo haga la tasa de ocupación. En otras palabras, en un tiempo volveremos a producir lo mismo pero lo haremos con menos personal, con trabajos más precarios y con salarios más bajos. La pandemia habrá cambiado la estructura laboral del país de manera perdurable. Seremos más pobres y más desiguales.

Otra forma de expresar esto es decir que uno de los mecanismos que la crisis ha averiado es el incremento constante de capital invertido en la economía. Por eso, se teme que luego del estirón coyuntural que se dará en los indicadores económicos cuando se supere la pandemia, venga un periodo prolongado de estancamiento y desempleo crónico.

Esto es particularmente pernicioso en un país como Bolivia, en el que el 40% de la población depende de la dinámica laboral (de la demanda de empleos básicos, como servicio doméstico y construcción) para ubicarse fuera o dentro de la pobreza. Si el desempleo se hace intermitente y crónico, esto puede terminar revirtiendo los avances en la erradicación de la pobreza que se dieron en el pasado inmediato como resultado de los beneficios que trajo el súper ciclo de los precios de las materias primas. 

Mientras más se prolongue la crisis sanitaria, los efectos sobre el empleo serán peores y, por tanto, la recuperación del nivel anterior de este será más difícil de lograr.

De ahí la enorme importancia del proceso de salida de la pandemia a través de la vacunación. Como saben quienes siguen mis mensajes en Twitter, también he estado exigiendo al gobierno la aprobación y publicación de un plan de vacunación que guíe este proceso. Ambas inquietudes están relacionadas. Sin un plan, las arbitrariedades y disputas serán peores y más frecuentes, lo que entorpecerá la vacunación y la hará más lenta e ineficaz. Con ello, también tardaremos más en salir de la pandemia, perdiendo más empleos, los cuales será más difícil recuperar posteriormente. Se trata de un círculo vicioso que tenemos que esforzarnos en romper.

En estos días estamos presenciando las graves consecuencias de no contar con un plan de vacunación serio, consensuado, público y transparente. Los departamentos y las unidades médicas se quejan de que las cantidades de vacunas que les están tocando han sido decididas de forma arbitraria. Estas quejas probablemente se multiplicarán en el futuro. También es previsible que haya aún más discrecionalidad y por tanto un intenso desorden. Si esto ocurre, y si sumamos a ello la escasez de vacunas que hasta ahora ha logrado comprar el país, entonces podemos temer que se cumplan las previsiones de la prensa internacional y los organismos multilaterales, según las cuales Bolivia recién vacunará a toda su población en 2022. Esto sería realmente deplorable, no sólo por lo obvio, esto es, por los fallecidos que podrían evitarse si se actuara con más rapidez, sino también por sus efectos económicos, que, como digo, pueden ser más perdurables de lo que se piensa.

El mal del Estado boliviano es la concepción estrechamente político-partidista de sus autoridades. Este fenómeno, que siempre existió, se ha hecho más grave con los sucesivos gobiernos del Movimiento al Socialismo. El gobierno no colabora con los demás ni siquiera en un área tan delicada y vital como la salud.  Intenta monopolizar y marcar con sus colores un proceso humanitario y sanitario tan importante como la vacunación. Al hacerlo, limita la capacidad de este proceso de prevenir muertes y enfermedades graves, y al mismo tiempo, como he desarrollado aquí, debilita la recuperación del empleo. El sectarismo, en suma, tiene un altísimo costo para el país.

  
Samuel Doria Medina
es presidente de Unidad Nacional.
 

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