Juan Pablo Guzmán

¡Mierda!

lunes, 12 de abril de 2021 · 05:10

Tiene 85 años de edad, es mujer, y camina con dificultad, siempre apoyada en un bastón, el que la acompaña un lustro como el amigo más fiel, ya que sus dos hijos se marcharon a España y apenas dan señales de afecto, con una o dos llamadas telefónicas al mes y un envío simbólico de dinero, al que su pobre economía suma pocos billetes de la renta de viudez.

El lunes 5 de abril decidió hacer algo que siempre la pone incómoda y malhumorada: madrugar, enfrentar el frío de La Paz y buscar un minibús. Pero esta vez un sentido de supervivencia la alentó a cumplir esas tareas con un ánimo diferente, mezcla de  esperanza y ansiedad. Ella, tras enterarse de las noticias el fin de semana, emprendió camino a recibir la vacuna contra  el coronavirus en el centro de salud más próximo a su cuarto, un espacio de seis por cinco metros que ocupa en un desvencijado caserón.

Esta vez soportó inmutable la espera del minibús y el trato siempre indiferente y desatento del chofer. Pero no todo fue malo en el temprano inicio de la semana: un joven la ayudó a bajar del vehículo y hasta se ofreció a pagar el pasaje, gesto que ella rechazó con gentileza, y un transeúnte le tendió su brazo para cruzar una calle.

La  disimulada sonrisa que hicieron germinar en ella esas manifestaciones de interés y solidaridad se desvaneció en un segundo cuando llegó a la larga fila que, al borde de las seis de la mañana, ya estaba desordenadamente formada para recibir la vacuna. De ahí en adelante todo fue de mal en peor.

A los empujones que recibía cada vez que alguien intentaba comprimir la fila se sumó luego la indiferencia de los funcionarios de salud, que decían desconocer si ese día se vacunaría, y después los malhumorados gritos de los ancianos que exigían atención inmediata, hasta que, tras horas, cuando ya todos estaban agotados por el dolor de músculos y huesos, una enfermera dijo en seco: “No atendemos, no hay vacunas”. Lapidaria frase que obligaba a todos a sufrir el camino de vuelta a casa, con el sinsabor del esfuerzo inútil, del desengaño y la frustración enmohecida.

La historia de esta adulta mayor de La Paz, con iguales o peores matices, es la misma de cientos de mujeres y hombres que, alentados por la machacante propaganda gubernamental, acudieron la semana pasada a buscar la vacuna prometida, para encontrar únicamente un trato indigno, resultado de la crítica ineficiencia del Ministerio de Salud y los Servicios Departamentales de Salud en la administración de las dosis.

¿Existe algo más indolente que convocar a ancianos a recibir una vacuna que no estaba disponible? ¿Hay algo peor que poner en mayor riesgo su ya deteriorada salud para tratarlos como un rebaño al que se lleva de un lado a otro? ¿Tienen algo de sensibilidad los funcionarios estatales que hasta hoy son incapaces de organizar una campaña de vacunación decente? ¿De todo esto tienen también la culpa los fabricantes de vacunas, los “países ricos” y el gobierno anterior?

Al conocer el caso de la señora de 85 años que tuvo que volver a su hogar sin la primera dosis de la vacuna y medio día de vida perdida por nada, es inevitable rememorar la historia del coronel descrito magistralmente por Gabriel García Márquez: aquel exmilitar de la guerra de los mil días que combatió bajo  las órdenes de Aureliano Buendía y, en el tiempo posterior de paz y miseria, espera durante 15 años una pensión que el Estado no se digna en otorgarle.

El corazón del drama es el mismo: un Estado indiferente e incapaz de proporcionar mínimas condiciones, ya no diremos de bienestar, sino de sobrevivencia.

Incluso da ganas de amplificar por mil el sonoro texto de la última palabra de la novela “El coronel no tiene quién le escriba”, aquella que pone fin a  la discusión del coronel con su esposa respecto a si en los 45 días siguientes deciden gastar sus pocos centavos en alimentar a su gallo para una pelea con apuestas o alimentarse a ellos mismos.

El coronel, iracundo por su condición de abandono, tiene una sola expresión para expresar toda la ira acumulada por la indolencia del Estado y la angustia de evitar el naufragio de la vida: ¡mierda!

 

Juan Pablo Guzmán es periodista.
 

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