Pablo Mendieta Paz

Mozart, Lady Gaga y lo esencial

viernes, 2 de abril de 2021 · 05:07

          A raíz de la peste que hoy la humanidad sufre, reflexionamos en todo tiempo en la naturaleza de las cosas, en lo que está a nuestro alrededor, en quienes estuvieron con nosotros y se marcharon; en fin, en todo lo natural emplazado en el camino de una vida enlazada por el ser y el pensar. Si comprendemos que el unívoco ser y pensar se halla en lo cotidiano, es innegable que frente a la implacable invasión de la pandemia a todos nos cabe la posibilidad de diseñar vías de escape y anclar en trasfondos que sutilmente se apoderen de nuestras conciencias y nos guíen por senderos de esencia enigmática, inescrutable, que nos deleiten, como es posible hallar en el arte, particularmente en la música.  

          Debo confesar que una sensación de esperanza me invadió cuando la afamada artista Lady Gaga cantó el himno de los Estados Unidos en la posesión presidencial de Joe Biden. De una exquisita tesitura de contralto a mezzosoprano -aunque es notorio que su registro abarca más notas, y ciertamente que cómodas en su emisión-, el colorido y brillantez de su voz, un carácter expresivo que asombró, y el fraseo preciso de un magnífico y emotivo himno como es el norteamericano, Lady Gaga, dando todo de sí puso de manifiesto un nivel superior de canto que deslumbró a todo el mundo en medio de tan singular y atípica ceremonia de posesión presidencial. Una voz altamente técnica y de una sensibilidad abrumadora. Pero ciertamente que aquella sensación de optimismo que experimenté al escucharla no fue propiamente por la sublimación vocal que ella transmitió durante el acontecimiento, sino por el hálito de vida que interiormente la artista se propuso insuflar a la humanidad en épocas de tanta inquietud, sugerente en sí mismo de un trasfondo esencial.    

          A propósito de ello. Emanuel Schikaneder, autor del libreto de la última ópera escrita por Mozart, La flauta mágica, concibió en principio una singspiel (obra musical) con matices de expresión basados en una comicidad muy propia de la época. Sin embargo, ya en la construcción de la ópera, el escrito sufrió una drástica variación, fijando la obra en una dimensión de hondo simbolismo, pues tanto Schikaneder como Mozart eran francmasones y se supone que la trama y los personajes giran en torno a ese carácter; si bien no pocos críticos han preferido dotarla más que de un sentido esotérico, de uno coherentemente humano, tal vez como un simple cuento de planos dramáticos. Pero con arreglo a lo que señala Richard Wagner –fervoroso admirador de esta ópera-, ambos retratos, ciertamente disímiles, confluyen estrechamente, caracterizando a esta obra de Mozart como la quintaesencia del arte.  

          De suprema calidad e intenso magnetismo, la Flauta mágica es insinuante en todos los pasajes que uno pueda analizar, sobre todo en los solemnes, en los que el plano sonoro, lleno de colorido, atraviesa el umbral de lo común para deslizarse sutilmente en el abismal simbolismo adherido al alma del compositor, tal como es posible percibir en la obertura, cuando en los imponentes tres acordes se precisa el número 3, tan profundamente emblemático para la masonería. O luego, en el allegro, cuando la tempestad de notas se transforma en verdaderos fuegos artificiales que van en consonancia con otro símbolo francmasónico, como es el martilleo y los golpes de los albañiles en la piedra sin labrar. Como ellos, siempre connotativos de alegoría y música en todo su esplendor, hay una infinitud a lo la largo de la obra, así como en toda la gigantesca y universal creación del genio de Salzburgo.  

          Sin duda alguna que lo propio se encuentra en músicos de cualquier época y del género que fuere, clásico o ligero (Lady Gaga en su monumental interpretación), popular o autóctono –este ricamente cosmogónico como el quechua y el aimara, y tanto más-, que confieren a su arte una plétora de significados ocultos, de trasfondos esenciales. Ello es, en definitiva, lo que eleva a la música a una cualidad de sublimidad y fascinación plena de un hechizo singular que arrebata, suspende y embelesa nuestros sentidos; pero, lo más trascendente, nos alivia en la fatiga, en el cansancio hasta la extenuación a que nos hallamos sometidos por una malhadada peste que no da tregua ni fecha de vencimiento.    

Pablo Mendieta Paz es músico.

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