Jorge Patiño Sarcinelli

Que no nos tomen el pelo

viernes, 2 de abril de 2021 · 05:09

Cuando se trata de palabras, todos tienen sus sensibilidades particulares. A unos ofende que les digan huachafos y a otros que se ponga en duda su hombría, a nadie le gusta que digan que su padre es murciglero o su madre una mozcorra. Negrito era palabra afectuosa, pero en Inglaterra castigaron a un futbolista por usarla, no obstante la buena intención.

Las verdades duelen, como dice la sabiduría popular, pero más ofenden las mentiras. Sin duda, en esas reacciones afloran arraigados prejuicios y valores –algunos muy chuecos- pero no voy a criticar ni defender las reacciones ante las palabras de unos y otros. Cada uno sabe por qué le duele lo que le duele.

Yo también tengo mis sensibilidades y no me parece que tenga mayor interés listarlas para el público lector, pero creo que nos irrita a todos por igual que quieran tomarnos el pelo. No me refiero a las chanzas de los amigos o a las inocentadas de la fecha consabida, sino a que nos tomen por idiotas diciendo cosas que obviamente no podemos creer estando sobrios.

Tomemos por ejemplo las recientes declaraciones del vocero presidencial Richter cuando dijo  que “existe una campaña para desprestigiar y acallar todas las voces que denunciaron el golpe de Estado”, como si esas voces tuviesen todavía prestigio que perder o como si alguien tuviese el poder de callar a un vocero tan oportunista como locuaz.

Similar reacción ha provocado el ministro Lima cuando dijo que “el decreto presidencial de amnistía e indulto humanitario no fue aplicado con fines políticos para beneficiar a Evo Morales, sino para ‘bajar el hacinamiento’ en las cárceles por razones humanitarias en la pandemia”. 

Que el Ministro de Justicia de un gobierno, que mete a la cárcel a diestra y siniestra sin investigar, diga que Evo Morales fue indultado para reducir el hacinamiento en las cárceles, podría haber sido chistoso dada la ocasión, pero viniendo del ministro que ofreció reformar la Justicia, es un insulto a la inteligencia general.

Tal es el divorcio de declaraciones como estas con la realidad, que es tentador preguntarse a quién quieren tomar el pelo, ¿quiénes creen ellos que les van a creer? 

Lo trágico es que es posible que una buena mitad del país les crea, la mitad que votó por Luis Arce; ese que primero sostuvo que el gobierno de Añez era constitucional hasta que se dio cuenta de que no le convenía decirlo y desde México sacó ese absurdo desdicho: Todólogo no soy, sólo economista soy; me hicieron creer y creí. 

Los que no creemos que ya no crea somos nosotros, ni sabemos ya qué es lo que realmente cree ni con cuánta convicción cree en lo que cree, si cree. 

Las declaraciones de Arce y otras similares nos recuerdan ese viejo chiste de que un político es alguien que descubre lo que piensa cuando le explican lo que ha dicho, a lo que se podría añadir, parodiando a Jesús, perdónalos porque no saben lo que dicen. 

Sin embargo, no hay que rasgarse las vestiduras por las declaraciones de Richter, Lima, Arce, Quintana, Choquehuanca y otros que nos han venido obsequiando falsedades y promesas ambiguas estos meses. El mal es ancestral y universal. Hace muchos años que en boca de políticos la palabra y la verdad han dejado de ser lo que eran para convertirse en meros instrumentos en pos de un fin. 

Y cuando digo “muchos años” no quiero decir sólo catorce, sino cientos. Ni los políticos han comenzado a decir lo que el pueblo quiere oír desde que el MAS es gobierno, ni los fake news los ha inventado Trump. Cuando en la Edad Media, alguien propagaba el rumor de que los judíos estaban envenenando los pozos; esos era fake news tan terribles como cualquiera de los de hoy, excepto que la mentira iba de boca en boca y no de pantalla en pantalla.

Nada de esto exime ni pone a nuestros actuales gobernantes entre los más inocentes. Todo lo contrario. Como mero lector de periódicos, tengo la impresión de que los decibeles de cinismo van en aumento y los indicadores de credibilidad política ya están por los suelos.

 

Jorge Patiño es matemático y escritor.
 

 

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