Fernando Patiño Sarcinelli

Felicidad entre la salud y la enfermedad

martes, 20 de abril de 2021 · 05:12

Desde los tiempos más antiguos de la humanidad, la salud y la enfermedad son reconocidas como elementos inseparables de la vida. Más salud o menos enfermedad es el resultado de la combinación aleatoria de factores naturales como el medioambiente, infecciones, el tipo racial, los genes y, principalmente, el estilo de vida de cada individuo. El único factor sobre el cual tenemos control, a veces inconscientemente, es nuestro propio estilo de vida. 

No existe salud absoluta o perfecta. Cada día que pasa, desde el nacimiento, significa un inexorable envejecimiento y todos somos atacados de la misma manera. Cada día vivido significa un día menos de vida y un día más cerca de la muerte, con la certeza de que ella no se olvida de nadie. Siendo así, la salud es relativa de cierta forma, pero es la única manera de existir. La juventud eterna es un sueño que todos queremos soñar, pero está fuera de la realidad. Lo que más deseamos de esta vida es llevarla bien vivida. Cada año, nuestros familiares y amigos nos desean felicidades y muchos años de vida en el día del cumpleaños. Ojalá fuera siempre así, pero llega un día en que la enfermedad se lleva la felicidad.

Para muchos, las creencias religiosas son una garantía para la salud y, quién sabe, para una vida eterna celestial. Hay quienes creen que algunas enfermedades son castigo divino por pecados no arrepentidos y que la salud es cuestión de fe y es el camino para la felicidad. Todos damos gracias a Dios por estar sanos o simplemente vivos.

En los tiempos antiguos la locura era considerada posesión diabólica y era un sufrimiento inagotable. Solía tratarse con exorcismo o hasta trepanación (perforación del cráneo) para que “salgan los malos espíritus”. Hoy, las enfermedades mentales está mejor definida y tiene características mucho más amplias, desde los trastornos de personalidad (psicosis), paranoia, obsesiones, adicciones, anorexia, depresión, ataques de pánico y muchas otras situaciones desconectadas de la realidad y con permanente sufrimiento, para el paciente y la familia. 

Estamos viviendo una pandemia que nos hace pensar que es el peor castigo recibido por la humanidad, aunque no sea tan grave como fue la peste negra, a mediados del siglo XIV, que mató casi un tercio de la población en Europa y Asia en menos de cinco años. El pánico en el que vive gran parte de la población es comparable a lo que sucedía en la edad media. Muchos tienen la salud mental destrozada. 

Paradójicamente, la tecnología ha generado una pandemia paralela de contagio más acelerado que cualquier variante del coronavirus. La pandemia de la desinformación y el pánico. Un acto intencional inventado por seres humanos. El mal ha penetrado y destrozado relaciones, familias, amistades, conversaciones, celebraciones y todo lo que antes era motivo de felicidad. Ha causado encierro, tristeza, aislamiento y temor por un enemigo invisible que puede ser grave para unos, pero mucho menos para la mayoría. El terror y el aislamiento que sufrimos todos por igual. Muchos se han olvidado de que uno se lleva de la vida la vida que lleva. Todos queremos estar vivos para ser felices, porque al fin, nadie sale vivo de la aventura de vivir. Todos morimos en el intento. 

Estoy agradecido a mi esposa y a tantos amigos con quienes hemos compartido, en estos tiempos difíciles, momentos de tertulia, recetas culinarias elaboradas en casa, la cancha de tenis y los paseos por las montañas, el Lago y el Salar. Somos afortunados de festejar la amistad y la vida en la nueva normalidad con las precauciones que nos impone la pandemia que nadie sabe cuándo va a terminar. 

El abuelo que quiere ir a pescar sigue esperando una oportunidad, sin saber hasta cuándo. Ojalá que con las vacunas pueda obtener la libreta de libertad para disfrutar lo que le queda de vida.

 

Fernando Patiño Sarcinelli es médico internista, oncólogo y fotógrafo.
 

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