Antonio Soruco Villanueva

Y la vida continúa….

martes, 20 de abril de 2021 · 05:09

Mueren por causa del coronavirus 2,8 millones de personas a las cuales se suman diariamente 15.000 víctimas, cifras que hoy apenas nos conmueven, una vez pasado el pánico en marzo del año pasado.

Mientras escribo estas líneas, veo a través de Google en la página worldometers.info/es/ cómo, segundo a segundo, varían las estadísticas de la población mundial, mostrando, por ejemplo, que nacen cada día 37.000 personas y mueren 155.000, y otros datos alarmantes como ser: la desforestación  que alcanza a dos millones de hectáreas año, tierra perdida por erosión otro millón de has/año, 24.000 personas morirán hoy de hambre, dos millones de toneladas de químicos tóxicos serán liberados este año, el petróleo restante, las especies extinguidas  por el hombre, etcétera. Sólo un masoquista se atreve a averiguar, como si no fuera suficiente, la tragedia que hoy vivimos. 

Y lo peor es que nos vamos acostumbrando a las muertes diarias,  a vivir enmascarados, sin bosques y animales silvestres, a la sobreexplotación de los recursos no renovables, al calentamiento global, a la contaminación de ríos, lagos y océanos, como si ello afectaría a los habitantes de otro planeta.

Desesperados por sobrevivir, competir, acumular e hipnotizados por la espiral consumista, apenas tenemos tiempo para pensar en temas trascendentales que afectarán la vida de nuestros hijos y nietos. Lo urgente mata a lo importante o, como el avestruz, ocultamos la cabeza para no enterarnos del peligro que nos acecha, única manera de vivir para sí mismo haciendo abstracción del mundo que nos rodea.

Y la vida continúa como si no pasara nada, abocados a las tareas cotidianas  a una vida amorfa, híbrida, incolora, tratando de prolongarla a costa de su intensidad. La pandemia que nos afecta ha puesto en evidencia la apatía e indiferencia de los personajes robóticos, aquellos que no se apasionan o no tienen pasatiempos, vicios o amores,  olor ni sabor, que se pasan la vida repitiendo incansablemente lo que ya hicieron. El futuro es una repetición del pasado y el confinamiento sólo acentuó su carácter estoico e individualista.

Son las crisis, los desengaños, el peligro y también el éxito o la fortuna las que desvisten al personaje que vive camuflado en nuestro interior. La vida nos va esculpiendo y descubre nuestro verdadero carácter, voluntad, cobardía, ineptitud o nobleza. Es por ello que a veces el más tímido y asustadizo se convierte en héroe ante una situación extrema, y, al revés, el brabucón o abusivo es el primero que huye o traiciona. 

La simulación como el arte de sobrevivir y progresar es la mejor arma que tiene el ser humano para alcanzar sus fines y objetivos, puesto que al revés de las diversas especies vivas que nacen con distintos disfraces que los ayudan a camuflarse, cazar y sobrevivir, en el ser humano se presenta bajo múltiples aspectos, donde priman las aptitudes mentales sobre las físicas.

 Por ello, como bien afirmaba Unamuno, el filósofo español, “una cosa es hacer el bien o parecer ejemplar y otra muy distinta ser bueno, distinción que la gente sencilla e inculta lo percibe enamorándose de sujetos temidos por grandes pícaros y mira con ojeriza a otros que pasan por irreprochables”.

Sin duda alguna, la crisis de salud que vivimos ha cambiado la vida y las expectativas futuras. Para algunos poco o nada, acostumbrados a vivir en un horizonte limitado por su paciencia y austeridad; para otros es traumática, puesto que a mutilado su energía y creatividad, peor aún, si son mayores y les queda poco tiempo para hacer realidad sus sueños y proyectos, y están obligados a terminar su existencia amarrados de pies y manos. 

Así es la vida, a veces premia el carácter estoico o sufrido versus aquellas almas chúcaras que se resisten al freno y a la montura.

 
Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.
 

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