Sonia Montaño Virreira

Mi otro yo

domingo, 25 de abril de 2021 · 05:10

Esto que cuento no me paso a mí. Le ocurrió a mi otro yo, que es una personalidad temporal que surge en el momento menos pensado y que tiene la virtud de reaccionar con una calma que me es ajena, por lo menos en lo que conozco de mí misma, que es harto poco. 

Resulta que esa persona o por lo menos alguien que se cree persona, acudió al centro de salud con su fotocopia de carnet y el recibo de luz perfectamente fotocopiados para recibir la tan esperada vacuna. Dice que esta no fue la primera visita; hizo primero una vuelta de reconocimiento del territorio hace algunas semanas, cuando le informaron  que el día de vacunación sería un martes; dentro de tres martes, le dijeron. 

Para su felicidad, una tarde,  el Presidente ausente, pero no  perdido, llamó a una conferencia de prensa mostrando el portal Bolivia Segura, donde podrían inscribirse todas las personas que no estaban afiliadas a alguna caja, cosa que era el caso de mi otro yo: ¡maravilla pensó ella! Y aunque la página destacaba que eso no significaba reserva alguna para la vacuna -ergo las colas seguían siendo necesarias ya que son parte de nuestra cultura institucional- por lo menos servirían para ahorrarles tiempo de trabajo a las sacrificadas , valerosas y a veces energúmenas enfermeras que deben lidiar con el enojo de gente como yo; eso me  dijo mi otro yo, decidido a volver  el siguiente martes, mientras los medios de comunicación informaban sobre la escasez de vacunas, cosa a la que ella -confiada como es- no daba crédito, igual que la señora que en Cochabamba,  que no se movió de  la cola, convencida de que “algún rato” llegarían las  vacunas. Pero hoy volvió a casa con las cajas destempladas, es decir con la noticia de que las vacunas que son tan pocas no pueden guardarse y sólo pueden vacunar de diez en diez personas, lo que  significa volver por cuarta vez al centro de salud y hacer la debida cola, junto a ancianos más jóvenes que ella, cuya  apariencia juvenil de entrada la hizo sospechosa de estarse colando, así es la vida. 

Esos pacientes, en el doble sentido de la palabra,   se habían pasado largos años  en las filas de la Renta Dignidad (cuando  se llamaba Bonosol, la del  gas, del médico, de la casera de fruta , del cine, cuando éste  existía, para no mencionar las colas para recibir la comunión y la bendición de alasitas, sin  hablar de la hiperinflación).  

Mi otro yo conoce todas las esperas, todas peores que un parto, y quizás por eso se retiró del centro de salud con la esperanza de ser vacunada al día siguiente, siempre que vaya temprano y haga la cola. “ No mamita, le dijo la enfermera, aquí no damos ficha, cubierta ella de un mameluco que además de protegerla del bicho, con certeza funcionaba como baño a vapor, pues se veían gotas chorrear en sus  sienes que eran la única parte descubierta, y donde un mechón enrulado pintado de rojo daba cuenta de su coquetería, a la que destinaba un tiempo cada mañana, cosa que recordó a mi otro yo que hace tiempo no iba a la peluquería, razón por demás suficiente para estar inmunizada y lista para el día en que pueda abrazar a esa joven que  con sinceridad le dijo que Bolivia Segura no regía en su territorio y que en ese lugar, que era como su segundo hogar, era ella la que mandaba, a lo que mi otro yo reaccionó diciendo: cuando sea grande seré como ella, haré lo que me parece bien y tendré siempre a la mano razones sacadas de la experiencia. 

Ella le explicó que la gente “no hace caso”, que de un barrio se van a otro para hacerse vacunar, que aunque “haiga” Bolivia Segura, lo más seguro es  asegurarse que nadie hace trampa y mejor  seguir acumulando fotocopias de carnet, que son otro de los vicios nacionales. Institución que se respeta debe tener por lo menos  una fotocopia de carnet de sus usuarios. Me dice mi otro yo que por esas extrañas cosas de  la mente, recordó el llanto del  exvicepresidente cuando inauguraba el satélite Tupac Katari y ahora con los años,  convencida de que esas lágrimas eran de cocodrilo, creía que él y la ministra de Salud lloraban de compasión por los miles de bolivianos y bolivianas (no olvidaban  el enfoque de género) que se verían condenados a seguir haciendo cola ante cualquier  evento.

 Hoy adoré a mi otro yo, porque la vi serena, confiada y respetuosa con la enfermera, dándole la razón de desconfiar de la propaganda del gobierno  y tener claro que de lo que se trata es de servir haciendo lo que siempre se hacía, aunque claro, mi otro yo, que es igualmente informada que yo, sabe que las vacunas pueden fácilmente convertirse en otra fuente de dolor y desconfianza, porque aunque quizás cuando ella vuelva mañana y la vacunen, quedarán todavía miles de personas en la cola.

P.D. Mi otro yo volvió en sí.  A la cuarta vez de intentar no la vacunaron y ante  el reclamo, otra enfermera le dijo: “Ésta ( refiriéndose a mi yo) debe ser de la Caja , no vuelva por aquí”. Mi otro yo busca vacuna y de paso quiere saber qué parte de su ser la identifica como aprovechadora del Seguro Universal.

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.

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