Gastón Ledezma Rojas

¿Cultura de la corrupción?

lunes, 26 de abril de 2021 · 05:09

No deja de llamar la atención que se haya acuñado el apelativo de “cultura” para adosar al sustantivo “corrupción” y así configurar la llamativa y curiosa expresión de “cultura de corrupción”. En otros términos, salvo mejores interpretaciones semánticas, su resultado no puede dejar de ser una antinomia o manifestación contradictoria de dos vocablos opuestos.

Por lo someramente expresado, es dable referirse a la significación de esas dos voces. El término “cultura” se refiere al cultivo del espíritu humano. Ortega y Gasset, a decir de sus biógrafos, considera risueñamente que la cultura “es un movimiento natatorio”, un bracear del hombre en el mar sin fondo de su existencia con el fin de no hundirse; una tabla de salvación… y la cultura debe ser, en última instancia, lo que salva al hombre de su hundimiento. La cultura podría definirse así como aquello que el hombre hace, cuando se hunde, para sobrenadar en la vida”. En cambio la “corrupción” el collar de plomo para que se hunda.

En la “cultura” caben expresiones felices del sentir amable y manifestaciones del espíritu de inspiración en las artes, la música, poesía y superaciones del alma, sentimiento y pensamiento humanos.

En lo que corresponde al otro término “corrupción”, está caracterizado por múltiples significados a cual más denigrante, peyorativo y repugnante en el que no está transitada ninguna expresión amable o atrayente. 

El Estado, como la piedra angular de toda sociedad organizada, tiene a su cargo ser el artífice del desarrollo de los valores morales, evitando que la corrupción tuerza las fortalezas espirituales de la comunidad.

La “ausencia” del Estado no significa sino renuncia o abandono de sus deberes comprometidos, dejando a manos de grupos disolventes el derrotero de la sociedad.

Frente al abandono o vacío del Estado, flamean las banderas de la corrupción que cobija a políticos, funcionarios de todo jaez, jueces, fiscales y ciertas autoridades que se regodean como ratones ante la ausencia del despensero y ¿quiénes son éstos?

Cabe responder con el sociólogo y politólogo Elías Neuman: “Los nombres que se mencionan, están suscriptos en los pliegues de la conciencia política, son conocidos pero por más que se hable de ellos ni siquiera están sujetos a investigación. Y, si lo están, es sólo por un tiempo. Los casos se diluyen o se archivan -y prosigue Neuman- no hay leyes específicas o son de una liviandad y lasitud enervantes. Eso se conoce de antemano y también lo saben los corruptos que se solazan con la dificultad existente en sede judicial de comprobar los delitos, aunque éstos se conocen y se sufren”.

Siendo así, no queda duda alguna de que la corrupción es enemiga irreconciliable de la democracia y la quiebra de sus instituciones fundamentales como la justicia, la administración pública, el servicio exterior, las Fuerzas Armadas, la Policía, la educación, el clero y tantas otras.  Otro pilar más vulnerable aún –entre tantos– es la justicia. No la justicia como un valor, sino como su realización a través del Órgano Judicial –antes Poder Judicial-.

No hace mucho tiempo que el país contaba con personal de notorio relieve, como magistrados, jueces y otro personal, naturalmente con excepciones de sus traficantes de siempre, empero, la probidad, la capacidad, preparación y la cultura eran la norma de sus antecedentes.

Ha sido el salto moral circense cuando se ha llegado al voto popular para conformar el Órgano Judicial, voto popular con el que, sirviendo de trampolín, ahora prima la impreparación  y la ignorancia –siempre con las excepciones de rigor– en su generalidad. 

El citado autor Elías Neuman indica los Principios de Bruselas contra la Impunidad, instrumento aprobado el año 2002 que se hace necesario actualizar en el país.

El mismo Neuman dice que “cualquiera sea el motivo por el que no se resuelva una causa penal mediante la sentencia que decrete culpabilidad o absuelva, la impunidad debe ser definida” para que no sea sinónimo de injusticia o “no justicia”.

Así se llega al reflexivo objetivo y patriótico análisis de la situación de la Comisión Episcopal, publicado hace una semana en la prensa nacional.

Con beneficio del respeto que nos merece el máximo órgano rector del Episcopado Boliviano, es de rigor la necesidad de rectificar la equivocada expresión de “la cultura de la corrupción”, que, como “cultura”, lastima el sentimiento de quienes consideramos a este vocablo como expresión muy delicada del sentimiento general y de ninguna manera atribuir a la “corrupción” como factor de un equilibrado sentimiento adverso a este vocablo.

Gastón Ledezma Rojas es abogado y profesor universitario.

 

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