Diego Ayo

Tu fracaso (inventado) es mi bendición

miércoles, 7 de abril de 2021 · 05:10

Hemos convertido el fracaso en nuestra usual carta de presentación política. Amamos el fracaso. El fracaso ajeno, claro. “Te convengo yo como tu amor, pues si bien me he aplazado ya diez y ocho veces en la universidad, al menos no me drogo como el chico que te gusta”. ¿Qué tal? Siempre sale bien atribuir al otro los males más malosos y, de refilón, aprovechar la quejumbrosa situación de ese vecino para pintarte como el capo. Sirve. Claro que sirve y, sepámoslo, en política sirve abrumadoramente. ¿Tiene el Presidente Arce un plan de gobierno? ¿sabemos los bolivianos a qué apunta Bolivia los siguientes 10 años? Y en la salud que estábamos para la lágrima como herencia masista, ¿no estamos incrementando los gastos al doble, triple o qué se yo, pero mejorando como anhela nuestro país? 

Las preguntas son muchas, pero se habrán dado cuenta que nadie las hace, a no ser que sea en algún ensayo académico. O sea: dudo que tengan respuestas a esos males. ¿Cómo? A ver: el papá de tu vecino que te cae mal se está muriendo en la cama del hospital, vos entras a la habitación después de tu reunión partidaria en el Ministerio de Gobierno y gritas frente a toda la familia, “se está quemando la Plaza Avaroa ¡enterita!”. ¿Qué hacemos? Uno, nos despedimos de papá que está en la cama; dos, vamos a comprar baldes para llenarlos de agua; tres, cargamos los baldes; cuatro, echamos agua a las llamas mientras Avaroa arde; cinco, llama mamá y nos dice que papá ha muerto; seis, no lloramos, no hay tiempo y encima hay Covid; siete, nos fijamos a lo lejos a dos funcionarios del mentado ministerio escapando con dos bidones de gasolina.

¿Qué significa esto? Ellos prendieron el fuego, nosotros caímos en la trampa, papá es tan sólo un recuerdo, la Plaza Avaroa aún arde y, no hay tiempo de hacer nada. Si alguien grita “mañana seguimos”, la multitud lo empuja por flojonazo: “no hay mañana, ahorita es”. He ahí el propósito de mentir a mansalva con el cuentito del “golpe”. ¡Nos mantienen ocupados! 

Culpan al gobierno de menos de un año de las desgracias de 14 años de ineptitud, metiendo presos a sus principales dirigentes y ¡nos alarman! Crean una discusión artificial sobre si fue golpe o fraude para victimizarse, justificar los apresamientos y ¡alarmarnos! Enervan a los opositores con la intención de identificar rostros críticos ¡los enemigos del proceso de cambio!, en su mayor parte periodistas de altísimo nivel: fueron fotografiados, señalados como empleados de la “dictadora” Áñez y eso ¡nos debe alarmar! Y, lo que es peor, persisten en su vulgar mentira para encubrir su ineptitud. 

¿Qué significa esta última tesis? Que nuestro horizonte de tiempo como país es como mi traje de tirolés de la infancia: pequeño. Muy pequeño. “Señor Presidente, queremos que nos ayude con nuestro plan de empleos”, pregunta un trabajador. “Sí, claro hermano, pero los malditos neoliberales han dejado el país destrozado. Tienen que esperar. “¿Cuánto tiempo, don Luis?”. “El que sea necesario hermano, es mucha desgracia que ha ocurrido con el golpe”. “Es cierto, vamos a esperar, hermano Lucho”. ¡Alarma total!

Este es el nuevo tipo de gobiernos que inunda el planeta: los cortoplacistas. Bolivia no existe siquiera en 2022. Es hoy la cosa. Ahorita. Ahoritita. Un cortoplacismo delirante que se vale de la tesis del golpe para consolidar este modelo. Insisto: no es la excepción en el planeta. Comienza a convertirse en la regla. Siempre es más difícil proponer cosas para el futuro y apuntar a un liderazgo distinto. ¿Se puede? Claro que no. ¡La Plaza Avaroa sigue incendiándose! ¿Resultado? Los gobiernos ya no se dividen en autoritarios y democráticos. Se dividen en cortoplacistas y largoplacistas. Ese es el nuevo tenor de la política. 

Los largoplacistas te hablan de Europa, los cortoplacistas te hablan del Brexit “¡mejor apurarnos, saldremos ya de acá y que no nos sigan robando!”. Los largo-placistas te hablan de España, los cortoplacistas te hablan del “saqueo al pueblo de Cataluña, ¡mejor apurarnos y salir de acá!”. Los largoplacistas te hablan de construir Bolivia para todos, los cortoplacistas te hablan de “proceso de cambio” y la necesidad de “respetarlo” inmaculadamente.

He ahí la semilla del verdadero fracaso.

 

Diego Ayo es politólogo.
 

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