Gabriela Camacho

Integrar o morir

jueves, 8 de abril de 2021 · 05:11

Desde que la OMS declarara el brote de la Covid-19 como pandemia se ha repetido constantemente que es un problema global, cuya solución tendría que ser también global y coordinada. Desgraciadamente, la respuesta no ha estado a la altura del problema, y del cierre de fronteras para evitar la expansión del virus, se pasó al cierre de fronteras para impedir el tránsito de vacunas y de los insumos que se requieren para su producción, en una muestra de nacionalismo de vacunas que no parece entender que el virus no necesita visa. 

La ausencia de estrategias coordinadas más allá de Covax, que tampoco ha logrado acceso a suficientes dosis, ha acentuado, además, la desigualdad global. Mientras los países ricos han asegurado su acceso a dosis de vacunas con las que inocularían varias veces a sus poblaciones enteras, los países del denominado “Sur Global” tienen dificultades para acceder a las dosis suficientes para vacunar siquiera a la mitad de sus habitantes en este 2021. Sin embargo, han existido respuestas más coordinadas que resaltan la importancia de la integración internacional y las consecuencias positivas que tiene para los países que participan de ella. 

Dejando fuera comparaciones con la Unión Europea, cuya larga y particular historia de integración, el nivel de desarrollo de los países que la integran, sus mecanismos legales vinculantes y el tamaño de su presupuesto, que la hacen un fenómeno excepcional, se han producido otras respuestas coordinadas exitosas. En ese sentido, resalta la Unión Africana (UA), que agrupa a todos los países de dicho continente, y que estableció temprano en la pandemia una fuerza especial para el coronavirus, encargada de desarrollar una estrategia continental unificada. El brote de otras enfermedades altamente contagiosas, como el ébola,  ya había dotado a la UA de experiencia conteniendo epidemias, y la pandemia de la Covid-19 sólo ha fortalecido su coordinación. 

No sólo aseguraron la donación de siete millones de dosis, que se encargarán de distribuir, sino que han establecido un equipo de trabajo para procurar 670 millones de dosis de vacunas que el Banco Africano de Importación y Exportación ayudará a garantizar. Estas negociaciones han permitido que el continente acceda a vacunas a menor precio. Por ejemplo, Pfizer brindará 50 millones de dosis a 6,75 dólares, mientras que la Unión Europea y Estados Unidos pagan alrededor de 19 dólares por dosis.  En esa misma línea, el año pasado lanzaron una plataforma africana de suministros médicos, que les permitirá conseguir suministros más rápido y a precios más competitivos. 

La experiencia africana muestra la importancia que la integración regional puede tener para hacer de países sin tanto peso individual en la arena internacional, un bloque de negociación capaz de conseguir beneficios concretos para sus miembros. 

Desgraciadamente para Latinoamérica, la región más afectada por la pandemia, la integración ha dejado de ser un objetivo común regional y se ha convertido en un juego sectario que depende de las afinidades ideológicas y personales de los gobernantes de turno, y no de una visión común de más largo aliento. 

Recientemente, un artículo en Nueva Sociedad nombraba “vaciamiento latinoamericano”  a la actual situación de falta de acción colectiva y apuntaba, acertadamente, a la polarización en torno a Venezuela como una de las causas de esta crisis de integración, llamando a aprovechar esta coyuntura extraordinaria para cambiar de rumbo. Nuestros líderes harían bien en escuchar el llamado. La integración de América Latina, o por lo menos de América del Sur, no sólo será crucial para enfrentar problemas cada vez más globales, sino también para poner a la región en la agenda mundial. 

Durante mucho tiempo hemos visto a la UE como el objetivo de integración a seguir en la región, quizás deberíamos voltear la vista a la  Unión Africana, donde 55 Estados, con gobiernos de lo más diversos, han logrado crear un organismo de integración capaz de enfrentar la crisis global más grande de los últimos tiempos.

 
Gabriela Camacho
es politóloga.
 

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