Lupe Andrade

Mi plateada realidad

miércoles, 12 de mayo de 2021 · 05:11

Ninguna mujer quiere verse vieja.  Ninguna.  Ninguna mujer quiere ser mayorcita, ninguna.  Estos son axiomas absolutos aquí, en Nigeria, Oahu, Torotoro o París.  Las empresas cosméticas ganan miles de millones en tintes, cremas faciales, maquillajes, estiradas y otras ilusiones.  Casi todas las mujeres caen en la costosa red de adoptar defensas contra el tiempo, aunque al final la realidad se impone, y un día los años acumulados hacen una auténtica fiesta rebelde, mostrándose gozosos en toda su plateada amplitud.

 Por la pandemia, fui dejando de lado una y otra cosa... tintes y pinturas.  El perfume, no.  Eso persiste. Llegué a tal punto en el cambio que hasta el espejo se transformó.  Se puso rebelde, y solamente mostraba una imagen ajena... porque me parecía que esa mujer al frente mío no era yo.  Para nada.  Tenía un vago parecido a mi madre...o quizás a mi tía, o a la Bruja de Blancanieves.  No era ni siquiera mi pariente lejana.  Dejé de contemplarla, conformándome con la vida de estar libre y alegremente vestida de jeans.

Luego, lo natural se impuso, y me gustó.  Era y es liberador.  La pandemia me hizo ese favor.  El largo encierro valió para una reevaluación de costumbres, razones y decisiones. ¿Para qué teñirse el pelo? ¿A quién le importaría?  Los hombres no se tiñen y sus canas son hermosas.  ¿Por qué? Porque las aceptan como galardón de vida, sobrevivencia y sabiduría.  Sí, y eso debería aplicar a todos.  

Este tiempo tan duro, nos hizo algunos favores.  Por ejemplo, mi imaginación se activó, y sin pensarlo, empecé a soñar con un mundo alegre, de música y risas  Por la mañana, al despertar, pensaba en describir ese sueño, pero al instante las imágenes se difuminaban, dejando sólo la sensación de felicidad. La vida auténticamente disfrutada, no debería tener límites. Buena cosa, pero en esta época, insuficiente.  Extraño la libertad de cafecitos con amigas y bulliciosos desayunos familiares en el Alexander. Las idas al cine murieron. En pandemia todo quedó parqueado, limitado, fuera de alcance.  En su lugar, pululan canes y canas.  Es decir, los siete perros de mis hijos y mi cabello ahora blanco como las cumbres del Illimani.  Entretenido y lindo pero insuficiente.

Mi vestidos de fiestas nocturnas están relegados a un rincón.  ¿Dónde podría ponerme traje de seda o tacos altos?  Un buen jean, un pantalón negro, unas bonitas blusas y listo, mi guardarropa se redujo a la mínima expresión.  Para Yungas, tengo la ropa “de camuflaje” que utilizo para observar pajaritos.  Comodidad y funcionalidad antes que vanidad.  Pero de sólo escribirlo refuerzo algo que la pandemia nos hizo a todos, que fue abrir los ojos a la realidad imperante, obligando que reconozcamos que la funcionalidad es lo esencial.

¿Qué hacer?  Seguimos con limitaciones, aunque estemos vacunados.  Los barbijos imperan, los alcoholes no son los vinos o cocteles del pasado: ahora vienen en aspersores para desinfectarlo que tocamos. Y eso de la desinfección, lamentablemente no aplica a cerebros ni corazones. Pero no todo es gris.  Las canas no necesariamente implican decaimiento.  Miren a la reina Isabel de 94 años, ¡montando a caballo!   No.  Ahora, más bien, todo es mucho más claro, incluyendo la politiquería del momento, que sí muestra resquebrajamientos.

Como verán en la fotografía que viene con esta columna, hice un viraje del falso negro al auténtico blanco nevado.  Listo.  Soy mayorcita ¿y qué?  La foto es la realidad de esta época.  Me encanta, y no pienso dar pie o pelo atrás. No volveré a los tintes. Reconozco mi terquedad, y al que no le guste lo que digo, que no se moleste en leer esta columna que habla de canas, canes, cunas, años y demás palabras emparentadas.  

Los saludo, queridos lectores... y les digo, como reflexión: estar plateada de mañanita y acostarse con cabello color luna, es una revelación. Es liberación y alegría de estar liberada.   Si no lo han probado todavía, les aseguro que es un paso arriesgado, pero brillante y cómodo, además de auténtico y veraz.  Pruébenlo. Eso les dice esta columnista de ideas y rulos rebeldes.

 

Lupe Andrade es periodista.
 

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