Sonia Montaño Virreira

Pandillas: El futuro te come vivo

domingo, 23 de mayo de 2021 · 05:10

Un expresidente dijo  en un encuentro con jóvenes que en el oriente boliviano “son pandilleros” y añadió : “Si tenemos línea definida es cuestión de entendernos, siempre tiene que haber alguien que conduzca, no pelearse entre compañeros. Hay muchos grupos, aparecen Guevaristas, Marcelo Quiroga, hay que fortalecer esos grupos, deben ser todos unidos. Si no apoyamos a estos grupos van a ser pandilleros”, dijo. 

Muchos se han dado por aludidos, como un diputado masista por Santa Cruz,  que pidió que aclare a qué se refiere; otras  voces pidieron que se disculpe, y algunas hasta  piden que se procese al personaje; para no mencionar a los dueños de esos nombres que se habrán revolcado en el más allá.

El revuelo causado ha sido grande pues, aunque mucha gente formó parte alguna vez de una pandilla, lo cierto es que la palabrita en boca del ex denota algo indeseable,  una especie de estigma social muy arraigado. Las pandillas han evolucionado con la sociedad y suelen absorber muy rápido los peores vicios de su entorno. Las que antes eran, y en algunos casos aún son  -tal como dice la RAE- grupos de amigos que se reúnen para divertirse, han ido adquiriendo características criminales, que en esa condición obtienen la atención que nunca tuvieron por parte del Estado y de políticos como el que nos ocupa. 

Desde los gamines colombianos del siglo pasado hasta las maras salvadoreñas, las pandillas han recorrido múltiples senderos marcados por la desigualdad que excluye a los hijos de la pobreza. Los pandilleros no nacen, se hacen. Son, en general, resultado del abandono familiar y social, pero sobre todo estatal.

Hay en la literatura entrañables niños abandonados, como El Pibe, de Chaplin, que tras múltiples aventuras se reencuentra con la madre, regalándonos un final feliz.  El escritor Roberto Saviano, en su novela Cero cero cero relata con crudeza las vidas de niños en el mundo de la mafia, donde casi, inevitablemente, caen en sus garras  para sobrevivir. No necesitamos ir a Nápoles, basta con ver a nuestro alrededor para comprender que la solución no está en controlar las disputas dentro de un partido harto contaminado, sino en llevar a cabo políticas que generen empleos, educación y salud de calidad; en prevenir y  sancionar la violencia, especialmente contra las mujeres; en predicar con el ejemplo para que las pandillas no sean un sustituto de las familias. Y de eso, el personaje no hizo nada en los 14 años de su gobierno. De hecho, su delfín tampoco parece inquietarse por el tema.

Las pandillas forman parte de la memoria histórica de ciudades,  barrios periféricos, asentamientos de migrantes y a muchos de ellos sus comunidades les deben la construcción de precarias viviendas, la seguridad para sus familias y la generación de ingresos; a estas alturas, las pandillas del pasado ya  parecen angelitos en comparación con las que hoy circulan, de temible prontuario e impunidad asegurada por sus protectores. Algunas pandillas forman parte del poder paraestatal y para eso tuvieron que perpetrar más que travesuras, maldades. 

Habrá que recordarle al personaje de marras  que la única política para adolescentes durante su gobierno ha sido la de rebajar la edad para trabajar desde los 14 años, sin que pueda exhibir ningún resultado positivo. Ni hablar de cómo aumentó el embarazo adolescente, la violencia sexual y la trata. De eso “el ex” ni sabe ni responde. El  “vivir bien” es para muchos jóvenes un modelo de consumo irrefrenable promovido desde el Estado, donde la gente vale más por lo que ostenta que por lo que  es. Ni siquiera el vicepresidente propone  algo  como parte de  su “new age pachamámico”.

Es que no sólo no hay políticas públicas, “el ex” no muestra ninguna sensibilidad ante el dolor, el abandono, los peligros que acechan a muchos jóvenes - hombres y mujeres- que prefieren la calle a los albergues. Entre los jóvenes que participan en pandillas hay historias, dolores, abandono de padres, madres y gobiernos. Entre ellos y ellas  el miedo es un estado de ánimo permanente, la muerte tiene una cercanía brutal y la indiferencia los hiere, inclusive cuando el Estado los encierra para  dizque protegerlos en centros de rehabilitación. 

El “ex”, que  se cree insustituible, parece más preocupado por reparar las grietas de su partido convocando a la juventud; lo más probable es que algunos asciendan de pandilleros de poca monta a jefes,  mientras gobierne la indolencia. Mientras no se acabe  la trenza  entre crimen organizado y política, la juventud será presa de muchos cantos de sirena en un mundo donde -y aquí me presto una frase del crítico Nicolás Amelio-Ortiza, a propósito de la película Pandillas de Nueva York-: “El futuro te come vivo”.

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.

 

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