Antonio Soruco Villanueva

Dar y recibir

lunes, 24 de mayo de 2021 · 05:10

Dar, causa más placer y felicidad que recibir. Recibir también causa felicidad, pero de manera circunstancial y su efecto es de corta duración. Dar, además de generar un placer inmediato, como lo es una conversación amena o una gratificación, perdura y proporciona una profunda satisfacción que gratifica y ennoblece.

Los griegos que estudiaron el placer en todas sus formas para alcanzar la felicidad advirtieron, que no solamente hay placeres del cuerpo y de la mente, sino que también hay que evitar el sufrimiento, que es la causa de la infelicidad y que por ello el placer está supeditado  o condicionado a todo aquello que produce dolor y sufrimiento. En otras palabras, hay placeres que acaban originando más molestias y arrepentimientos y al revés, dolores que traen en consecuencia un mayor placer y que, por tanto, no todo placer debe ser elegido ni tampoco todo dolor debe ser evitado, puesto que muchas veces el mal se disfraza de bien y el bien o el placer intenso e inmediato encierra el mal. 

Los epicúreos que heredaron la filosofía de los hedonistas, dividieron los placeres en dos categorías: los placeres cinéticos que involucran acción o cambio repentino, como los alimentos deliciosos, alcohol, drogas, sexo  y los placeres catastemáticos que son placeres no tan intensos ni efímeros como los cinéticos, pero que a cambio permanecen por largos periodos y que además, pueden eliminar o atenuar los dolores del cuerpo, por lo que se los llaman también placeres del alma.

El mejor ejemplo del placer catastemático lo representan los padres, cuya vida por lo general, está dedicada al cuidado y educación de los hijos, lo que implica privaciones y sacrificios que son recompensados cuando éstos alcanzan sus metas y objetivos o simplemente llegan a ser personas de bien y especialmente agradecidos con sus progenitores. Otro ejemplo es culminar una carrera universitaria, luego de años de esfuerzo y dedicación, o destacarse en una actividad física o deportiva, habiéndose exigido años de disciplina y  renunciado a una vida placentera cortoplacista. Por el contrario, los placeres cinéticos, que en apariencia generan felicidad, encierran males y sufrimientos,  como es el caso de los drogadictos o de aquellos padres que priorizan su propio confort en desmedro del futuro de sus hijos, lo que les ocasionará tardías penas y arrepentimientos.

Dar, es sin duda un placer del alma que encierra no solamente un valor ético o moral, sino que también proporciona una enorme satisfacción y felicidad de poder ayudar, cuando nace o se origina especialmente del esfuerzo o sacrifico permanente, reprimiendo pasiones o deseos sin presión alguna, espontáneamente, impulsados por un sentimiento de solidaridad,  compañerismo, responsabilidad y humanidad. Todos los padres conocen ese tipo de placer, profundo y verdadero que se siente cuando lo sembrado en tierra fértil, da frutos que  enorgullecen y pagan con demasía, las privaciones que causaron para llegar a ser lo que son.

Solo existe una condición sine qua non para el que recibe, responsabilidad  y consecuencia. Hacer buen uso de la ayuda recibida, administrarla eficientemente y ser consecuente  con lo prometido, con los ideales o principios que dicen tener y poner en práctica sus propios valores y creencias y, especialmente, devolver o imitar el placer de dar o compartir con los demás.

Los bendecidos de los dioses son por consiguiente, los que pueden dar, cuando dan, los solidarios, las personas que sin importar el nivel de sus ingresos o su tiempo están siempre dispuestas a compartir, virtud cada vez más escaza en un mundo  cruel y egoísta que busca incesantemente,  la felicidad efímera o pasajera, hipnotizados por la espiral consumista que crea necesidades superfluas o artificiales que les proporcionan placeres efímeros que se vaporizan con el tiempo, dejando un sentimiento de culpa y desazón.

Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

 

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