Nelly Balda

Maternidades propias y ajenas

lunes, 24 de mayo de 2021 · 05:09

Uno de los primeros amores de todo ser humano es su madre. De ella aprende su sentido de ser, una forma de actuar con los demás y los valores elementales para vivir en sintonía o no con otros.

De hecho, en la adolescencia y juventud es cuando los hijos se oponen a los razonamientos y argumentos de sus madres. Prima el interés de explorar el mundo a través del ensayo y el error.  Es lógico en ese mundo de variaciones constantes,  actuar en oposición a la autoridad materna. 

En la adultez, las diferencias con las madres se atenúan y se encuentran puntos de coincidencia. Se aprende de ellas, de su gestión de la vida cotidiana, de las tradiciones de que son portadoras y se confía en sus interpretaciones y conocimientos prácticos.

A medida que el tiempo transcurre, se las entiende mejor y hasta es posible que uno se ponga en el lugar de ellas. Es entonces, cuando son percibidas de una manera más justa. Ya no es necesario enfrentar sus posiciones. Sólo es preciso aceptarlas en su belleza nueva. Y siempre tienen poder sobre sus hijos, pues sus palabras son percibidas desde el ejercicio de la autoridad amorosa. 

Un ejercicio que es observado distinto en la línea de tiempo. Al final de la vida de las madres, por lo regular, hay más acogida, empatía y justicia hacia ellas. No pretendo plantear un modelo único de madre. Solamente, esbozar un estilo de madres que se repite con frecuencia.

¿Dónde radica el poder de las madres? En su sentido protector interiorizado a través de la pedagogía de género, en el cuidado inaplazable de sus hijos, en el milenario sentido de protección del que han sido provistas en el ideario femenino y en las cualidades y principios que han cultivado en su visión de sí mismas de ser- para- los- otros. 

Me gustaría preguntarles a muchas mujeres que han dedicado su vida al cuidado de su familia, cómo se sienten. ¿Si percibieron en algún momento de su vida que se estaban postergando? ¿O poner a los otros por sobre una misma es la expresión de un amor sin condiciones? Quizás el amor más generoso que pueda brindarse a alguien, no lo sé.

A veces, la postergación personal trae consigo dificultades de otra índole, más en configuraciones sociales donde las mujeres están llamadas a alternar en multiplicidad de roles con éxito. El escrutinio social es exigente, existe la tendencia generalizada a mirar a las mujeres en perspectiva al éxito profesional y las ausentes de esta vocación son vistas como mujeres inacabadas, casi como hace dos siglos se consideraba a las mujeres que no optaban por el matrimonio.

En muchas ocasiones, así como se sitúa en un plano estelar a las mujeres profesionales que alternan sus roles con espíritu de competencia, se observa con distancia a las madres que deciden ser sólo tales. ¿No es ésta una mirada poco empática? Ciertamente, las mujeres en nuestras aspiraciones, sentidos y perspectivas somos distintas y eso hay que celebrarlo. La apuesta de las mujeres en sus vidas no tiene por qué ser igual. Lo que sí es pertinente es conciliar las diferentes visiones de madres que coexisten y entender que no es necesario pensarlas desde una determinación unilineal.

Hay muchas razones desde la ideología patriarcal, para que la sororidad se disuelva en el aire y nosotras no nos sintamos auto- referenciadas en otras, distintas, con opciones que desde nuestra mirada postmoderna, viven ajenas a la autonomía y a la independencia.  Estamos en un momento de prácticas de tolerancia recreadas y la tolerancia feminista, el buen juicio y diferencia de miradas sobre el sentido de la vida, tiene que ser el norte de una nueva sororidad que entienda la hermandad desde las inevitables diferencias.

Tengo la sensación que al vivir en un tiempo histórico determinado, somos influidos por esa circunstancia. Y esto, afecta por igual a hombres y mujeres. Las mujeres del siglo anterior nos hemos preguntado con frecuencia, sobre nuestros roles multidiversos, la feminidad y el empoderamiento. En la vorágine de nuestras vidas, no podíamos dejar de lado ninguno de nuestros roles, aún a costa del agotamiento personal. Aun siendo válido, no hay que perder de vista que hay que seguir sumando fuerzas para que el tratamiento desigual de las mujeres llegue a su fin. Para esto, hay que trabajar con todas, las mujeres madres y las que no lo son. Los feminismos no pueden perder su esencia incluyente.

Los estilos de madres son infinitos, más allá a veces del parentesco real. De una cosa, estoy segura, las madres expresan en sus voces propias que sus hijos  no son lo que ellas querrían para sí, sino que son la esperanza con que ellas aportan a la humanidad. 

 

Nelly Balda  es internacionalista de la Universidad Mayor de San Andrés y profesora titular.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

11
4

Otras Noticias