Javier Medrano

La miseria de nuestros políticos: su narcisismo vulgar

miércoles, 26 de mayo de 2021 · 05:09

Somos esclavos del relato. De hecho, como seres humanos construimos nuestra identidad y comportamiento social, sobre una narrativa en la que buscamos una explicación propia y que, al final, termina definiendo nuestra propia biografía como una persona poderosa o débil, valiosa o despreciable o, finalmente, buena o mala.

El relato es, quizás, una de las principales fuerzas que dan coherencia a la vida humana; de hecho, la sociedad está compuesta por gente fraccionada en diferentes personalidades, metas y agendas y, por ello, el relato es la contrafuerza del desorden social. Es tan potente -el relato-, que interpretamos el mundo, lo que nos rodea y nos ha sucedido sobre la interpretación de una historia propia que luego la proyectamos en el futuro y nos da sentido de vida, porque interpretamos el mundo y a nosotros mismo en forma de narrativa.

¿Dónde está el riesgo? Cuando asumimos que nuestro relato está por encima de los demás, moral, ética y, hasta, legalmente. Construimos una postura rígida, intolerante y agresiva porque creemos, ciegamente, que nuestro relato no sólo es el más legítimo, sino, además, es verdadero y, por lo tanto, justifica todas nuestras acciones, incluso ilegales y violentas.

Ejemplos de esta clase de extremos sobran: Hitler y su relato de supremacía racial, Trump y su visión americanista, racista y su odio artificial y calculado a China; Chávez y su populismo barato que hundió a Venezuela en la extrema pobreza; el régimen castrista y su visión torcida y corrupta que tiene a Cuba en un ostracismo medieval. Kim Jon-Un y su narrativa de ser hijo de una dinastía divina, aplastando bajo su bota a todo un pueblo; los asesinos comunistas en masa: Lenin, Stalin, Mao Tsetung y su ideología criminal maoista. Los jihadistas y su propio relato salafista que sostiene que ellos son los verdaderos musulmanes y nadie más.

Localmente, también tenemos relatos, unos más acomodaticios y otros manipulados por conveniencia: por ejemplo, el relato falso de que la hoja de coca es sagrada (imagino que para los narcotraficantes y sus proveedores de materia prima, efectivamente, debe ser una deidad, pero para el grueso de la población, por lo menos para los que tiene sentido común, de sagrada no tiene un ápice). El relato antiimperialista, antineoliberal que sirve de victimización para todas las falencias populistas y postureos del Socialismo del SXXI. 

Todos estos ejemplos perversos y distorsionados tienen un factor en común: El narcisismo político. Los líderes de hoy no tienen respeto por el adversario político. No hay empatía por la ciudadanía. Perseveran en sus errores. Responden de forma agresiva y despiadada frente a las críticas (especialmente de los medios de comunicación). Intentan convencer a los ciudadanos de que ellos son la única solución. Polarizan la política, ningunean al adversario y presumen de sus “posturas”. Y, claro, exhiben escasos o nulos principios éticos.

Sin duda alguna, estamos frente a una clase política de narcisos. Las elecciones presidenciales y, sobre todo, las subnacionales, desnudaron estas miasmas y estulticias. Los narcisos se hicieron del micrófono y vendieron relatos  de ciencia ficción. Y, como a la gente le encanta que le mientan, muchos se “tragaron” el relato. Triste panorama el nuestro.

 

Javier Medrano es director y fundador de Medrano y Asociados.

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