Jorge Patiño Sarcinelli

No se reina impunemente

viernes, 7 de mayo de 2021 · 05:09

Hace unas semanas, Salvador Romero renunció a la presidencia del Supremo Tribunal Electoral. Dada la trascendencia del papel que tuvo ese órgano en las elecciones, pieza clave de la democracia cuando funciona y cuando no, las reacciones a esa renuncia no se hicieron esperar. No sorprende que estas hayan sido diversas, desde los elogios desmedidos hasta las críticas sesgadas. La complejidad del cargo y de la situación admiten múltiples lecturas válidas.

La renuncia misma tampoco se puede decir que haya sorprendido. Por un lado, para cualquiera que lea periódicos estaba claro que la silla de Romero estaba al rojo vivo, bajo todo tipo de presiones y críticas, como no puede dejar de ser un puesto que está en el ojo de la tormenta. Por otro lado, sus actuaciones y su carácter, hasta donde se lo puede aquilatar desde la noticia, no transmiten la firmeza ante la adversidad que lo habrían hecho mantenerse ante la presente. Como dice el adagio, si no puedes aguantar el calor, sal de la cocina. Romero evidentemente prefiere la comodidad de los salones de las consultorías y no se lo puede condenar por eso. 

Nada de lo dicho me hace dejar de creer que Romero es uno de los profesionales mejor calificados para el puesto que deja y que es una bella persona, inteligente e íntegra. No me cabe la menor duda de que su partida es una pérdida para el país. Ojalá soportara mejor el calor del fogón.

En un texto de despedida y resumen de gestión que publica en Página Siete, dice Romero en su párrafo de cierre: “Parto como llegué, libre de ataduras, independiente de fuerzas políticas o intereses de grupo, comprometido exclusivamente con la elección limpia como piedra angular de la democracia (…) Parto como llegué, indiferente a los pasajeros oropeles de la función, desconfiado de su supuesto poder, convencido [más bien de que] ella requiere una dignidad sobria. Parto como llegué, con los mismos valores, intactos (si no) reforzados en las pruebas ásperas que soportaron. Parto como llegué, con tranquilidad de ánimo, consciencia y espíritu”.

Es evidente que a Romero le ha gustado su hallazgo “parto como llegué” porque así titula su texto y la repite cuatro veces sólo en este párrafo. Es bonita, hay que reconocerlo, pero más allá de un pequeño exceso de reconocimientos que se hace a sí mismo en ese cierre y que debió dejar para que se los hagan otros, la frase tiene un ángulo anti heraclitiano que amerita un reflexión.

En su famosa frase, Heráclito de Efeso dice que “Ningún hombre se puede bañar en el mismo río dos veces, porque ni el agua ni el hombre serán los mismos”. Normalmente, se da más atención a la primera parte de la reflexión: el mundo, como el agua del río, está en constante flujo, y cuando volvemos a cualquier lugar este ha cambiado. Pero la segunda dice que nosotros tampoco somos nunca los mismos cuando volvemos a un mismo lugar.

Romero quiere creer que sale de la Presidencia del OEP como llegó, pero eso es un sentimiento reñido con la realidad no sólo heraclitiana del mundo, sino con la realidad mundana de la política. Nadie vuelve a ser lo que era después de haber pasado por un puesto de responsabilidad, después de haber sido responsable por acciones de trascendencia nacional, nadie es el mismo después de un divorcio, de un viaje accidentado o de alcanzar una cima; para bien o para mal. De toda experiencia significativa salimos cambiados, enriquecidos y, lo queramos o no, sale cambiada nuestra imagen ante los demás, a quienes no convenceremos diciéndoles que seguimos siendo lo que éramos. Heráclito afirma que eso no es posible.

El revolucionario Saint-Just dijo que “nadie puede reinar inocentemente”. Eso que para él contenía una acusación, vale para todo el que pasa por el poder; ejerciéndolo se pierde la inocencia irreversiblemente, y no porque el poder corrompa, sino porque revela, suma y resta; enseña, templa y bruñe. Lo quiera reconocer o no, Romero es otro y esperemos que sea otro mejor. A ese nuevo Romero deseo la mejor suerte. Ya veremos cómo nos arreglamos sin él.

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.
 

 

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