Sonia Montaño Virreira

Hay mujeres

domingo, 9 de mayo de 2021 · 05:10

El 2012 encontraron el cuerpo de la concejala de Ancoraimes Juana Quispe, a quien mataron para arrebatarle el puesto de concejal,  luego de someterla a todo tipo de agresiones y crueldades. El entonces alcalde de  Ancoraimes, Felix Huanca, obligó a la mujer a firmar una carta en blanco para sacarla del juego político, y aunque la justicia determinó que  el cargo le sea devuelto, ella nunca más pudo hacerlo. Viene al caso recordar este hecho porque él llevó a aprobar la ley contra el acoso político en un contexto de crecientes denuncias e impunidad. Importa recordar, sobre todo porque, aunque extremo, no es aislado y forma parte de un cuadro más generalizado deaversión a las mujeres.

Las recientes elecciones subnacionales, además de haber provocado un debate sobre el alcance de la derrota del MAS en las principales ciudades, han suscitado también, especialmente en las redes sociales, un debate sobre la presencia de las mujeres en la toma de decisiones. Tuvo que correr mucha agua bajo el puente para eliminar obstáculos y persuadir a la llamada clase política sobre la necesidad de adoptar, primero  leyes de acción positiva, como la de cuotas, y luego obtener la paridad y la alternancia, que colocan a Bolivia en la vidriera de los  deseos en el mundo de las mujeres.  

Por otro lado, los poderes locales dotados de ingresos  hace tiempo que se han vuelto objeto de deseo para los partidos políticos, que en muchos casos buscan construir mejores ciudades y territorios, pero que en otros necesitan controlar los municipios para evitar el control social y la transparencia. En ese contexto, se evidencia el miedo al liderazgo de las mujeres, que va en un sentido contrario a la  expansión de una cultura de desacato y desconfianza hacia las instituciones. La presencia de mujeres en la  política parece provocar incomodidad en algunos dirigentes políticos, que responden con el ninguneo y  la invisibilización, que  muy rápido pueden pasar al acoso y otras formas de violencia. 

Todo en un ambiente social de enorme tolerancia a la violencia. La característica  brecha entre lo que se dice y lo que se hace refleja en que las envidiables  leyes sirven para echar un manto de humo sobre la verdadera desigualdad entre mujeres y hombres. Esto no quiere alentar la idea de darle la espalda al Estado, más bien  se inclina a sumar esfuerzos porque se garanticen derechos.

A pesar de la paridad de 1.733 candidaturas,  sólo 249 fueron mujeres (14%) y las candidatas a gobernadoras apenas llegaron al 8%. De las principales ciudades, resultaron electas Ana Lucía Reis  en Cobija y Eva Copa  en El Alto.  Ambas exmilitantes del MAS que lograron brillar con luz propia. En  el departamento de Cochabamba sólo hay dos mujeres de 47 alcaldes, mientras en Santa Cruz apenas llegan a cinco de 54.

Uno de los argumentos más usados es “que no hay mujeres”, cuando ellas predominan en las campañas y sin su voto no habría ni un hombre electo. Las mujeres son la única mayoría que es tratada como minoría. Ocurre que la experiencia de una presencia minoritaria en los  espacios de toma de decisión desalienta a muchas mujeres que no consiguen construir redes ni una masa crítica indispensable para avanzar propuestas; de hecho, en general son más las mujeres que abandonan la política que los hombres. Con frecuencia, la presencia de mujeres subordinadas a la jefatura de los partidos, donde no existe democracia interna,  convierte en irrelevante su presencia.

Por eso es que cuando se reclama por la ausencia de mujeres en las  secretarías municipales o en las gobernaciones no se está preguntando dónde está el “negrito de Harvard” o el botón de muestra y, por tanto, no se espera que pongan en la primera fila de la foto a las pocas mujeres que tendrán que lidiar con un entorno frente al cual son minoría. 

Tampoco se espera que contraataquen con el argumento de que lo importante es que se trabaje  o de que hay muchas “mujeres con bigotes”, como ocurrió en la legislatura pasada, y cuyo lamentable desempeño favoreció el autoritarismo. Se trata de esforzarse por ver y aprovechar lo evidente: hay mujeres capaces,  sobre todo con ideas propias, que aunque puedan incomodar el sentido común machista, pueden contribuir a crear  un tejido social más respetuoso y una mejor gestión, como lo evidencian  numerosos estudios. 

Pasar del ninguneo a la violencia puede ser rápido, sobre todo en una sociedad tan dañada como la nuestra, donde la cercanía de la política con la ilegalidad es una amenaza. Pero eso ya es otro tema.

 

Sonia Montaño Virreira es socióloga feminista.
 

 

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