Max Murillo Mendoza

El Perú no aprendió de sus lecciones históricas

jueves, 10 de junio de 2021 · 05:07

Ciertamente tenemos algunos parecidos con la historia del Perú. En estos días se debaten entre dos posiciones antagónicas que se enfrentaron en las elecciones: por un lado unas izquierdas que reivindican a los sectores más pobres; por otro una derecha tradicional, que también reivindica a sectores opuestos a la izquierda. Lo que asombra es que allá en los años 80 del anterior siglo, cuando la explosión del grupo guerrillero sendero luminoso, en un baño de sangre, que sacudió los cimientos de la historia del Perú, no haya servido de mucho. Fue en apariencia el momento donde los fantasmas del Perú, se pondrían de acuerdo en consensos más grandes para por fin hacer algo por las mayorías, para que nunca más se manifiesten violencia de por medio. 
 
Al parecer nadie aprende de la historia, de los errores del pasado, de las tragedias y de la sangre como camino de enfrentamientos, porque los problemas no resueltos: el pasado, simplemente sigue siendo la constante en nuestras historias. El Perú no aprendió de la lección de sendero luminoso. Aquella economía de sangre que sólo enfrentó, al final, a pobres contra otros pobres, en nombre de revoluciones totalmente desconocidas que sabemos a estas alturas ya no significan nada. Que sólo son propuestas de izquierdas coloniales y cupulares, que desean el poder por el poder. Esa es la experiencia de estos siglos en América Latina.  

Pero tampoco la burguesía y la oligarquía peruana tienen agallas para cambiar de rumbo en su país. Estos años de desorden, de corrupción generalizada, de simples políticas coyunturales que no resuelven nada demuestran dicha afirmación. El racismo, el desprecio y la marginalidad son monedas corrientes y cotidianas, como expresiones de ese Perú que arrastra sus traumas desde el siglo XVI. Como en Bolivia, el 70% de la población o más vive del día a día. En la informalidad total de la economía, en la sobrevivencia eterna que por supuesto sólo producirá otros senderos luminosos.  

Ese país del turismo y de la gastronomía mundialmente famosa, no ha encontrado su cauce histórico, donde compartir el país sea también compartir la riqueza que extraen. Donde sus clases medias pueden producir un Vargas Llosa, como exportación mundial de alguna parte de su cultura; pero que la mitad de su población casi está en la hambruna permanente. Extremos que sólo nos damos el lujo de ofrecer en este bello continente. Unos gozan de sus maravillas; las mayorías sólo las sufren en la sobrevivencia y la miseria. Clases medias sin identidad, sin historia, sin raíces en esas realidades, sin liderazgos para responder con valentía a las demandas insatisfechas de millones de seres humanos.  

Lo que sucede en el Perú en estos días, puede ser el escenario de cualquiera de nuestros países. Y que las democracias sólo sirvan para el desahogo de unos días, porque la inutilidad de la política real latina ya no tiene instrumentos para gobernar y resolver los dramas de sus pueblos. Porque las democracias empiezan a ser inercias inútiles, sean de cualquier tinte ideológico no tiene la menor importancia: sus resultados son los mismos. Como en el Perú, entonces, los senderos luminosos están a la vuelta de la esquina. La miseria, la pobreza, el resentimiento, el odio, y la bronca siguen nomás latentes, durmiendo para despertar cualquier momento donde las oportunidades de la venganza y la muerte sean óptimas. O cuando algún salvador sea el oportunista para desatar la ira y la muerte. 

El Perú actual, lleno de incertidumbre y miedo por su presente y futuro. Con traumas recientes no cicatrizadas por el fenómeno sendero luminoso, con deudas históricas profundas, con extremos entre ricos y miserables, no encontraran su destino común si es que no aprenden de su propio pasado. Pasado que sigue siendo arrastrado al presente, durante siglos de agonía y esperanza también. Pero sin encontrar realmente su ajayu colectivo, sobre la posibilidad de esa gran cultura incaica que fue lo más trascendental desde la perspectiva estatal, institucional y de reordenamiento espacial.    

Las clases altas en el Perú, bastante parecidas a las bolivianas, no tienen intereses por sus raíces y culturas propias. Sólo en los discursos y en la literatura histórica; pero no en sus compromisos prácticos por construir algún Estado real, que precisamente refleje su realidad. Porque ese vecino tiene referentes estatales de la cultura incaica, donde se sabe que no hubo hambrientos ni miserables gracias al tipo de organización institucional que tuvieron. Aquellas clases altas prefieren mirar, y perder el tiempo, otras culturas lejanas y totalmente distintas para esas realidades.  

En estos días las clases altas y oligarquías peruanas, tiemblan por la posibilidad de un rumbo de izquierdas por la decisión de las mayorías. Asunto en realidad resuelto en las experiencias latinas: sin resultados óptimos. Pues los fantasmas les siguen persiguiendo desde el siglo XVI, cuando empezaron a partir esos territorios entre mayorías miserables, y muy pocos disfrutando de las riquezas terrenales. 

Max Murillo Mendoza  es ciudadano boliviano.

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