Javier Medrano

Ineptocracia: la banalidad de la inmoralidad y la injusticia

viernes, 25 de junio de 2021 · 05:09

Los griegos denominaban filantropía al amor predicado por el hombre y cuya máxima expresión  se fundamentaba en la amistad, por aquella predisposición a compartir el mundo con otros hombres. Lo opuesto es la misantropía, que caracteriza a una persona específica que no encuentra a nadie con quien compartir el mundo, que no considera apto a alguien para regocijarse con él del mundo, de la naturaleza y del cosmos. Es alguien que desprecia al prójimo. Al otro y sólo reconoce su propia naturaleza como superior o única.

Este sería, entre otros factores, el origen de los regímenes totalitarios, donde un sujeto, apañado por un reducido número de adláteres, construye un sistema violatorio de las libertades y derechos humanos. Una concepción de la sociedad mitificada en torno a una persona superflua.

La filósofa judío alemana describió al teniente coronel de las SS nazi Adolf Eichmann –responsable de “atiborrar” los vagones de trenes con judíos de la manera más eficiente posible, rumbo a los campos de concentración-, en su juicio acusado por cometer asesinatos de lesa humanidad, como un hombre banal y superfluo. Alguien que no era un monstruo ni un sádico desalmado, sino un vulgar y corriente funcionario que presentaba un cuadro moral específico.

Esta afirmación le valió a Arendt un  linchamiento en tierra, su cátedra en la universidad en su país natal y, finalmente, solicitar asilo político en Estados Unidos. Su afirmación había puesto en duda toda la legitimidad del Estado de Israel parta condenar al patíbulo a un asesino de judíos. Cuando Arendt se atrevió a afirmar que aquel criminal era un pobre idiota y no una bestia retorcida, la filósofa decepcionó y desilusionó a todos aquellos que ya se habían formado sus propias conclusiones al respecto y querían zanjar aquel asunto con ideas preconcebidas. Simplemente era intolerable -para el stablishment judío-, que millones de inocentes hubiesen muerto por los oficios de un estúpido.

Pero es preciso dejar en claro que, aunque estos asesinos de masas actuaron de acuerdo con una ideología racista, antisemita,  a menudo no creían en esas justificaciones ideológicas; para ellos era suficiente que todo ocurriera de acuerdo con la “voluntad del Führer”, que para ellos era la ley sobre la tierra.

Y es ahí donde radica la famosa “banalidad del mal” que defiende Arendt. El odio a los otros no estriba ni en una deficiencia intelectual ni en una falta de preparación, sino en la incapacidad de relacionarse con uno mismo y con los demás. Eichmann era un incompetente para relacionar su maleva labor burocrática con el sufrimiento de millones de judíos.

He construido todo este viraje, para alertar sobre los riesgos de la burda persecución política, de unos y otros, de la peligrosísima  banalización del respeto a los otros, que orada los cimientos de n uestra democracia como país, y pone en evidencia que los políticos de turno están imbuidos en esta incompetencia e  ineptitud con el bien común – vacunas - y desnuda su nulo respeto por la salud pública y los derechos individuales. Vivimos en tiempos de estigmatización y desinformación. En una ineptocracia cuya banalidad es la inmoralidad y la injusticia.

 

Javier Medrano es periodista, especialista en comunicación estratégica.

 

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